EL VELO ROTO CAPÍTULO 5 EL REFUGIO ILUMINADO
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CAPÍTULO 5 EL REFUGIO ILUMINADO

La luz fluorescente de la estación hería los ojos: una blancura estéril que volvía el hormigón aún más vacío. Fuera, la ciudad se pudría bajo la niebla. Dentro, las lámparas moribundas zumbaban como insectos eléctricos atrapados en un cristal.

Tandy se dejó resbalar por la pared hasta el suelo. La adrenalina del baño estaba bajando, dejando en su lugar un cansancio que pesaba en los huesos como el plomo.

—Di clase por aquí cerca durante un año —murmuró, con la voz quebrada—. Un año de ruido, de niños corriendo... y ahora esto.

Rio, un sonido seco. El frío húmedo subía del hormigón y se colaba por su ropa. Un temblor incontrolable le sacudió los hombros.

Lucas se desató la chaqueta y se la echó por encima, sin pedir permiso.

—Estás blanco como el papel. Prefiero cargar con un congelado que con dos.

Se sentó en el suelo, se llevó las rodillas al pecho y se quedó en silencio, con la mirada perdida en las vías oscuras. El zumbido de las lámparas era el único sonido.

El tiempo pasó; Tandy no sabría decir cuánto. Llevaba varios minutos con los ojos cerrados, tal vez horas, cuando Lucas habló:

—Aquella cosa... en la sábana.

La voz sonaba extraña. Demasiado contenida.

Tandy abrió los ojos y esperó.

—Su piel —continuó Lucas, clavando la vista en la oscuridad de las vías—. Parecía... cristal. Como si se hubiera derretido y vuelto a endurecer. Y los ojos... parpadeó, Tandy. Lo viste. Sé que lo viste.

Tandy lo había visto. No necesitaba responder.

—No quiero convertirme en eso. —Esta vez, la voz de Lucas tembló. No era la confesión de un trauma antiguo. Era el miedo desnudo, inmediato, presente—. Prefiero... cualquier cosa antes que eso.

Tandy pensó en decir: «No va a pasar». Pensó en mentir. Pero se ciñó la chaqueta de Lucas más al cuerpo, como si el gesto pudiera protegerlos a ambos.

—Vamos a bajar por los túneles —dijo, cambiando de tema con esfuerzo—. Es la única forma de llegar a mi casa sin volver a la niebla.

Se levantó con un gemido. Le rugió el estómago: alto, puntual, casi cómico.

Lucas soltó una risa corta, el primer sonido parecido a una risa desde que todo había empezado.

—Ese lo conozco —dijo, aún riendo por lo bajo—. Y ese, al menos, no muerde.

—¿Queda algo en la mochila? —preguntó Tandy.

Lucas abrió la cremallera y rebuscó. Su mano regresó sosteniendo un paquete aplastado de Doritos.

—El salvador de la patria. Todo tuyo.

Tandy miró el paquete, y luego a Lucas. Era el último.

—Compártelo conmigo.

No fue una petición. Fue una afirmación.

Se sentó de nuevo, rasgó el plástico con los dientes, se comió un puñado y le pasó el paquete. Lucas dudó un segundo. Luego, aceptó.

Comieron en silencio. El sonido crujiente resonaba de forma ridícula en las paredes de hormigón, y la pálida luz de emergencia bañaba sus rostros sucios, marcados por el cansancio.

Cuando el paquete quedó vacío, Tandy lo arrugó con una mano.

—Listo. Combustible para el apocalipsis.

Lucas guardó el plástico vacío en el bolsillo de la mochila, como un talismán.

—Vamos —dijo Tandy, levantándose.

Caminaron hasta el borde del andén. Allí abajo, las vías oscuras, silenciosas, engullidas por un túnel que se perdía en la nada. El olor a óxido y humedad subía desde el interior, mezclado con algo más antiguo, dulce y podrido.

—Esto es una locura —murmuró Lucas.

—Lo sé.

Tandy bajó primero. Sus botas tocaron los adoquines húmedos. Se dio la vuelta y tendió la mano.

Lucas dudó. Miró hacia el andén iluminado: el último refugio de luz. Luego, a la mano de Tandy.

La agarró. Y bajó.

Codo con codo, empezaron a caminar hacia el interior del túnel. La oscuridad engulló sus pies, luego sus piernas, y después todo lo demás.

Caminaron durante minutos que parecían horas. El aire era húmedo, pesado. Cada pocos metros, Tandy pisaba algo que crujía: cristal, tal vez, o hueso. La niebla también estaba allí, arrastrándose por el lecho de la vía como un líquido vivo, enroscándose en sus tobillos.

—También ha entrado aquí —murmuró Lucas.

Tandy no respondió. Siguió andando, con la mano de Lucas aún aferrada a la suya.

Fue entonces cuando vieron la luz. No era natural. No provenía del andén del que habían partido. Era de color ámbar, palpitante, y proyectaba sombras danzantes en la pared del túnel.

—No es una salida —dijo Lucas—. Pero va hacia arriba.

Una escalera de emergencia. La puerta de metal, oxidada, estaba entreabierta, doblada hacia fuera como si algo hubiera salido... o entrado. La luz ámbar se filtraba por las rendijas.

Tandy empujó el resto de la puerta. La niebla del exterior era más espesa, más viva. Le envolvió el rostro como una membrana húmeda.

Estaban de vuelta en la Plaza Central.