EL VELO ROTO CAPÍTULO 4 LA HUIDA POR LA NIEBLA
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CAPÍTULO 4 LA HUIDA POR LA NIEBLA

La niebla se adhería al rostro como una gasa húmeda.

Tandy sentía cómo penetraba por sus fosas nasales, dejando un regusto químico y dulzón.

Cada paso hacia la estación de metro era una inmersión más profunda en aquel algodón grisáceo.

Las casas familiares del vecindario se habían convertido en siluetas agresivas, angulosas, irreconocibles.

Al final de la calle, una luz tenue se filtraba por las rendijas de una puerta. Un faro en la bruma.

Tandy se detuvo. Lucas chocó levemente contra su espalda.

Dos figuras emergieron de la niebla. Se movían con espasmos erráticos —marionetas manejadas por hilos enmarañados— y arrastraban algo por el asfalto. El sonido era una fricción húmeda, shhh-thump, shhh-thump, como los latidos de un corazón enfermo.

Tandy contuvo la respiración. El objeto arrastrado era un bulto alargado, envuelto en una sábana mugrienta que se pegaba al suelo. Una extremidad asomó por la tela: una mano humana, más pálida que la muerte, con los dedos curvados en un espasmo final. No era un cadáver común. Era un cascarón.

Las figuras alcanzaron la puerta iluminada. Una llave chirrió en la cerradura. Con un tirón sordo, arrastraron el fardo hacia dentro. La puerta dio un portazo y la luz desapareció, devolviendo la calle a la oscuridad.

—Dios mío... —La voz de Lucas salió en un hilo.

La casa estaba exactamente en la ruta hacia la estación. La única ruta.

—Tenemos que pasar —susurró Tandy, con los dedos temblorosos aferrados al asa de la mochila de Lucas—. Despacio. Sin hacer ruido.

Se deslizaron pegados a la fachada, agachándose bajo la ventana. Del interior provenían ruidos húmedos: succión, masticación. Un sabor metálico, a cobre, impregnaba el aire.

Pasaron la ventana. El corazón de Tandy martilleaba con tanta fuerza que temía que lo oyeran.

Fue entonces cuando la bota de Lucas se hundió en algo blando.

Tropezó y soltó un gruñido ahogado. Había un segundo fardo: más pequeño, descartado en la acera como los desperdicios de una carnicería a la espera de ser recogidos. La sábana inmunda cedió bajo el peso de la bota y se escurrió hacia un lado.

Lucas retrocedió violentamente, cubriéndose la boca con el antebrazo. Su rostro, incluso en la penumbra, se tornó ceniciento.

—¿Qué? —siseó Tandy—. ¿Qué pasa?

Lucas no respondió. Se limitó a señalar el suelo.

Tandy dudó. Cada célula de su cuerpo le gritaba que no mirara. Pero la mano de Lucas seguía señalando, temblorosa. Con un esfuerzo que le dolió físicamente, bajó la mirada.

La sábana revelaba un rostro. La piel era translúcida, como vidrio derretido enfriado a toda prisa.

Bajo la superficie no había músculo ni hueso; solo una penumbra hueca, como si algo hubiera succionado todo el interior dejando únicamente el envoltorio.

Los ojos seguían allí, flotando desalineados dentro de aquel cascarón vítreo. Uno de ellos parpadeó.

Tandy se atragantó con su propia respiración.

—Tenemos que saber qué es lo que nos está cazando. —La voz de Lucas sonó ronca, quebrada, pero firme. Agarró a Tandy del brazo—. Vamos. Ahora.

Doblaron la esquina y abandonaron cualquier pretensión de sigilo.

—¡Corre! —gruñó Lucas.

Salieron disparados por la calle resbaladiza. La niebla les rasgaba el rostro como telarañas frías. La estación surgió más adelante: un monstruo de hormigón engullido por la bruma, con su oscura boca abierta de par en par.

El vestíbulo estaba desierto. Los tornos, inmóviles. Los paneles, apagados. El eco cavernoso amplificaba la solitaria gota de agua que caía en algún lugar —ploc... ploc...—, el reloj de un mundo roto.

—¡Salta! —ordenó Lucas, saltando sobre los tornos con un movimiento fluido.

Tandy lo intentó, pero las rodillas le flaquearon. Se golpeó el muslo contra la barra de metal, cayó de lado y sintió cómo se rasgaba la tela del pantalón. Lucas ya estaba a su lado, tirando de él por el brazo.

—¡Ven!

Corrieron hacia los andenes. Vacíos. Ningún tren, ninguna señal de vida. Solo túneles que se sumergían en la oscuridad absoluta.

La sensación de acorralamiento los aplastó a ambos. Y entonces, llegaron los sonidos. Pasos. Múltiples, pesados, resonando en el vestíbulo por encima de ellos. Descendían en su dirección.

—¡A los baños! —siseó Tandy.

Entraron en los aseos masculinos. La luz de emergencia parpadeaba en espasmos, creando sombras que bailaban sobre los azulejos roñosos. Las cabinas eran escondites patéticos, pero era lo que tenían. Eligieron la última.

Lucas entró primero. Tandy se coló tras él y cerró la puerta. El clic del pestillo sonó como un disparo.

El espacio era claustrofóbico. Quedaron apretujados, pecho contra pecho, con el calor de sus cuerpos contrastando con el frío del azulejo. La respiración de Lucas chocaba caliente contra el cuello de Tandy, que sentía el corazón del atleta martilleándole contra las costillas.

En un gesto instintivo, Tandy envolvió a Lucas en un abrazo desesperado, hundiendo el rostro en su hombro sudado; no exactamente en busca de consuelo, sino de algo más profundo, aún sin nombre.

Lucas respondió con la misma fuerza bruta, rodeando con los brazos la espalda del profesor. Dos náufragos en la tormenta.

Las puertas principales del baño se abrieron de par en par.

Pasos tranquilos. Deliberados. Toc... toc... toc. Se detenían frente a cada cabina. Una manilla chirriaba. Luego otra. La cabina de al lado recibió una patada, abriéndose con un golpe sordo.

Tandy apretó los ojos, concentrándose en el olor a sudor y a miedo que los envolvía.

Toc... toc. La siguiente cabina. La manilla chirrió.

Entonces, una voz cortó el aire: distorsionada, como si hablara a través de una tubería de desagüe. Plana, fría, burocrática:

—Dejad las cabinas. El Ámbar ya ha cosechado lo que servía aquí arriba. Bajad.

Una pausa. Un gruñido húmedo en señal de asentimiento. Luego los pasos retrocedieron. La puerta del baño dio un portazo.

El silencio que se instaló después fue casi peor.

Se quedaron inmóviles. La presión de los brazos se fue aflojando lentamente. Tandy despegó el rostro del hombro de Lucas. Los ojos castaños del chico seguían dilatados, pero algo había cambiado: el pánico absoluto había dado paso a la perplejidad de la supervivencia.

—Pensé que íbamos a morir —susurró Tandy.

Lucas tragó saliva.

—Yo también. —Miró a Tandy a los ojos—. Profesor... si no conseguimos salir de esta, no dejes que me convierta en uno de esos cascarones. Promételo.

Tandy sintió el peso de la petición. Asintió despacio.

—Solo si tú prometes lo mismo.

Cuando salieron de la cabina, les hormigueaban las extremidades. La estación permanecía desierta bajo la luz estroboscópica. Fuera, la niebla empezaba a infiltrarse por el vestíbulo, tanteando el suelo con dedos grises.

—No podemos salir ahora —dijo Lucas. La voz aún le temblaba, pero el instinto práctico retomaba el control—. Esperemos aquí. Al menos hasta que aclare. Si es que el sol aún existe.

Tandy apoyó la cabeza en la fría pared y cerró los ojos. La estación, con su olor a moho y su luz enfermiza, era todo lo que quedaba del mundo. Por el momento, bastaba.