CAPÍTULO 2 EL ENCUENTRO EN LA ASOCIACIÓN
La oscuridad del callejón tenía textura: una materia densa que Tandy sentía en la piel y en los pulmones. Golpeaba el suelo con los pies para cerciorarse de que el asfalto aún existía. El arrastre continuaba frente a él, muy cerca.
No veía las figuras. Solo formas más oscuras que la noche, moviéndose con una rigidez en las articulaciones que no se doblaban como debieran. Una de ellas giró la cabeza. Tandy distinguió dos puntos pálidos, de un ámbar sucio, en el lugar donde debían estar los ojos.
El olor le llegó enseguida: carne en un estado indefinido, ni viva ni en descomposición. Algo a medio camino entre un hospital y una carnicería.
Tandy se pegó a la pared del callejón. La piedra estaba húmeda, fría, cubierta de musgo. Pasó tan cerca de la figura que el tejido áspero del manto le rozó el brazo. La criatura no lo agarró. Solo lo observó. O tal vez esperaba.
No miró hacia atrás.
Solo se detuvo tras cruzar los portones de hierro de la Asociación Vecinal, cuyo enrejado oxidado gimió al empujarlo.
El patio olía a polvo y abandono. Taquillas reventadas, balones de fútbol esparcidos como los órganos de un animal muerto.
Tandy avanzó por el pasillo oscuro, con las manos extendidas, sin saber si buscaba refugio o a alguien.
Un grito corto y ahogado provino del aula de apoyo.
Empujó la puerta.
Allí dentro, encogido contra la pared del fondo, estaba Lucas.
Alto, de hombros anchos, con la musculatura definida bajo la camiseta sudada; pero toda aquella corpulencia física se desmoronaba ante el terror que le dominaba el rostro.
Los ojos castaños, desorbitados, miraban a un punto fijo en el vacío.
—Tranquilo. —Tandy alzó las manos, manteniéndolas a la vista. La voz le salió más frágil de lo que le habría gustado, pero forzó la firmeza—. Soy yo, Tandy. El de las clases de apoyo. ¿Estás herido?
Lucas parpadeó. Su respiración, corta y jadeante, pareció encontrar un ritmo. Sus ojos se enfocaron en Tandy como si el profesor fuera la primera cosa sólida en horas.
—¿Dónde... dónde está todo el mundo? He llegado muy temprano y no había nadie. ¡Está todo muerto, Tandy!
—Lo sé. —Tandy no endulzó la verdad. Sintió que Lucas no necesitaba eso—. El centro también. La plaza, vacía. El autobús, vacío. He venido corriendo. Crucé un callejón... y había cosas allí. Cosas que no eran personas.
Lucas se pasó las manos por la cara, en un gesto de quien intenta sentirse real. Después, en un impulso que rozaba lo absurdo, se metió la mano en el bolsillo y sacó dos chicles aplastados.
—Las últimas existencias del mundo. ¿Compartimos?
La sonrisa que intentó esbozar era una fractura mal soldada. Aun así, era una sonrisa.
Tandy aceptó. El sabor artificial a tutifruti en la lengua fue el único dulzor posible en aquella pesadilla. Masticó despacio, dejando que aquel gesto idiota le sirviera de ancla.
—No podemos quedarnos aquí —dijo, y no era una sugerencia—. ¿Tu casa está cerca? Necesitamos una radio, internet... cualquier señal de que aún queda alguien.
Lucas dudó. Miró hacia la oscuridad del pasillo, y luego a Tandy. Cualquier otra persona habría mirado al profesor delgado y enclenque y no habría visto demasiada esperanza. Pero Lucas pareció encontrar allí un punto de equilibrio.
—Está justo ahí delante.