CAPÍTULO 21Un día verdadero
Un día verdadero
A las ocho menos cinco estaba frente a la puerta de Rafa con la llave en la mano.
Podía entrar. No lo hice.
Llamé.
—Tienes llave —gritó desde dentro.
—No quiero abusar.
—Ya has empezado.
Abrí.
El apartamento A tenía la misma distribución que el de mi padre y parecía otro edificio. Las paredes estaban pintadas de blanco. Había plantas en el salón, fotografías de Lucía, libros apilados bajo una ventana y una bicicleta estática convertida en perchero. La cocina olía a café y pan tostado.
Rafa estaba junto a la encimera con una camiseta vieja, pantalones de pijama y gafas de leer.
—Las gafas —dije.
—Fuera.
—Transmiten solvencia intelectual.
—Tengo una llave inglesa.
—Disponibilidad emocional, menos.
Me besó para callarme. Fue un beso de mañana, sin urgencia, con sabor a café. Después me entregó una taza.
—Sin azúcar —dijo.
—Te has acordado.
—Estaba en la carta.
—También te lo he dicho unas doce veces.
—La carta tenía mejor caligrafía.
Desayunamos en el balcón. Desde allí se veía el mío al otro lado de la celosía. El tabique parecía más bajo de lo que recordaba.
—¿Qué se hace en un día verdadero? —preguntó Rafa.
—Supongo que cosas aburridas.
—Tengo que ir a comprar filtros.
—Perfecto.
—Y pasar por la gestoría.
—Excitante.
—Después debo revisar una piscina infantil.
—No sé si podré soportarlo.
Rafa sonrió.
—Puedes quedarte trabajando.
—No. Hoy quiero ver tu imperio.
Fuimos a una nave de suministros, a la gestoría y a dos comunidades. En la primera, Rafa discutió con un presidente que quería ahorrar cloro durante una ola de calor. En la segunda, una niña le regaló una piedra pintada de amarillo porque había encontrado su pulsera en el filtro.
—La fama local —dije al volver a la furgoneta.
—También me han llamado dictador del gorro de baño.
—Un líder complejo.
Al mediodía comimos bocadillos bajo una sombra junto al puerto. Rafa recibió tres llamadas. Yo respondí correos desde el teléfono. No hubo música, ni puesta de sol, ni una frase capaz de justificar quince mil euros.
Fue perfecto.
—Esto es lo que querías —dije.
Rafa apartó una rodaja de tomate que se había caído sobre el papel.
—¿Comer de pie junto a una papelera?
—Un martes. Aunque sea jueves.
—El concepto era flexible.
—Café, trabajo, comida mala.
—El bocadillo está bien.
—Has pedido lomo con mayonesa en agosto.
—No vuelvas a cuestionar mis decisiones.
Le limpié una mancha de salsa de la barba. Rafa se quedó quieto. El gesto era doméstico y ridículo. Precisamente por eso me emocionó.
—No sé qué somos —dijo.
—Dos hombres junto a una papelera.
—Daniel.
—Lo sé.
Me apoyé en la furgoneta.
—No quiero llamar aventura a esto. Tampoco quiero prometerte una vida entera para que dejes de tener miedo.
—No dejaría de tenerlo.
—Bien. Porque yo tampoco.
Rafa dobló el papel del bocadillo con demasiada atención.
—¿Estás con alguien más?
—No.
—¿Quieres estarlo?
—No.
—Yo tampoco.
—Eso parece una conversación bastante clara para dos hombres que no saben qué son.
—Podríamos ser exclusivos.
—Podríamos llamarnos pareja.
Rafa levantó la cabeza.
—¿Te parece pronto?
—Sí.
—A mí también.
—Entonces encaja con todas nuestras demás decisiones.
Soltó una risa breve. Después me cogió la mano, allí, a plena luz, con proveedores entrando y saliendo de la nave y dos pescadores desenredando una red al otro lado de la calle.
—Pareja —dijo, probando la palabra.
—Pareja.
—Suena a que deberíamos tener una cuenta conjunta.
—Retiro la oferta.
Por la tarde revisamos la piscina infantil. Rafa me enseñó a medir el pH sin convertir la tira reactiva en pulpa. Yo le mostré la versión final de la web. En la página de equipo había añadido una fotografía suya junto a Nadir y una frase: Cuidamos el agua para que otros puedan descansar.
—Eso es demasiado bonito —dijo.
—Eres demasiado difícil de vender.
—No estoy en venta.
—Exactamente.
Nadir leyó la página desde su teléfono.
—¿Pone que trabajamos todo el año? —preguntó.
Rafa me miró.
—Pone que ofrecemos mantenimiento anual —dije—. No que tengas contrato anual.
—Todavía —añadió Rafa.
Nadir dejó de sonreír por un instante.
—¿En serio?
—Si entran dos comunidades nuevas. Quizá antes.
El muchacho asintió, se volvió hacia el cuadro y fingió que necesitaba revisar algo. Rafa hizo lo mismo. La emoción masculina, cuando no sabe dónde ir, suele acabar inspeccionando maquinaria.
Regresamos al edificio al caer la tarde. Amparo nos detuvo en el portal para informar de una mancha de humedad que podía ser estructural, decorativa o una venganza del tercero B. Rafa prometió mirarla al día siguiente.
—Hoy está de descanso —dije.
—¿Desde cuándo tiene representante sindical? —preguntó ella.
—Desde que se hizo pareja de un redactor.
Rafa me miró. Amparo también.
—Ya era hora —dijo, y siguió regando una maceta que no necesitaba más agua.
Subimos riendo.
En su cocina preparamos una cena sencilla. Yo corté tomates. Rafa quemó el pescado mientras intentaba responder una llamada. Abrimos las ventanas y terminamos comiendo tortilla francesa con el humo todavía pegado al techo.
—Un día verdadero —dije.
—No esperaba que incluyera una evacuación.
—Hay verdad en la alarma del extractor.
Después fregamos. Rafa lavaba y yo secaba. En un momento nuestras caderas se tocaron. Ninguno se apartó.
La tensión llegó sin ruido. No era la de los primeros días, afilada por la cuenta atrás. Era más lenta, más cálida, alimentada por haberlo visto discutir facturas, limpiar filtros y quitar tomate de un bocadillo.
Dejé el paño sobre la encimera.
—¿Quieres que me quede? —pregunté.
Rafa cerró el grifo.
—Sí.
—¿En el sofá?
—No.
Me condujo al dormitorio.
La habitación tenía una cama grande, una mesilla con tres novelas históricas y una fotografía de Lucía cuando era niña. Rafa se detuvo en la puerta. Aquella era la habitación a la que no había llevado a nadie desde el divorcio.
—Podemos volver a mi casa —dije.
—No quiero.
—¿Seguro?
—Quiero que estés aquí.
Entramos.
Rafa me desabrochó la camisa con la concentración que reservaba para las válvulas delicadas. Yo le quité la camiseta y besé la cicatriz de su costado. Sus manos recorrieron mi espalda, pero había una cautela nueva en ellas.
—¿Qué necesitas? —pregunté.
Él tardó en contestar.
—No mandar todo el tiempo.
La respuesta me encendió y me enterneció a la vez.
—Entonces déjame.
Lo besé y lo empujé suavemente hasta sentarlo en la cama. Me arrodillé entre sus piernas. Rafa me miró mientras le bajaba los pantalones, expuesto en su propia habitación de una forma que no tenía que ver con la desnudez.
Lo acaricié con la boca y las manos hasta que dejó de vigilar cada gesto. Cuando su respiración se volvió irregular, me hizo subir.
—Quiero más —dijo.
—Dímelo.
—Quiero sentirte dentro.
La petición quedó entre nosotros, clara, sin disfraz.
—Sí —respondí—. Pero tú marcas el ritmo.
Buscó preservativos y lubricante en un cajón. Lo preparé despacio, preguntando con los dedos y esperando cada respuesta. Rafa mantuvo los ojos abiertos. No hizo bromas. Cuando estuvo listo, se tumbó de lado y me guio hacia él.
Entré con cuidado.
Su cuerpo se tensó. Me detuve.
—No te vayas —dijo.
—No me muevo.
Esperé abrazado a su espalda, besándole el hombro, hasta sentir que respiraba otra vez. Entonces Rafa empujó hacia mí.
—Ahora.
Me moví despacio. Su mano buscó la mía y entrelazó los dedos. Cada avance me llevaba más dentro de una habitación que había permanecido cerrada durante años. No era conquista. Era permiso.
Rafa empezó a responder con las caderas. El ritmo creció. Su voz, normalmente contenida, llenó el dormitorio con sonidos graves que me hicieron perder la última prudencia. Lo acaricié al mismo tiempo, siguiendo las indicaciones que decía sin palabras.
—Daniel —jadeó.
—Estoy aquí.
—Más.
Le di más.
Llegó primero, contrayéndose alrededor de mí, con la cara hundida en la almohada y mi nombre roto en la boca. El placer me alcanzó segundos después. Me quedé inmóvil contra él, respirando en su nuca, mientras nuestros dedos seguían unidos.
Cuando me retiré, me ocupé del preservativo y volví a la cama. Rafa estaba boca arriba, con el pecho brillante y los ojos cerrados.
—¿Bien? —pregunté.
—No hagas una encuesta.
—Necesito datos para mejorar el servicio.
Abrió un ojo.
—Ven aquí.
Me tumbé sobre su pecho. Él me rodeó con ambos brazos. Su cuerpo grande ya no parecía una pared ni un refugio. Era un hombre que podía sostener y ser sostenido.
—Mañana tengo que levantarme a las seis —dijo.
—Yo a las nueve.
—Te odio.
—Eso llegará en octubre.
Rafa se puso serio.
—No uses el calendario.
—Tienes razón.
Besé el centro de su pecho.
—Mañana a las seis —corregí—, haré café.
—No tienes que hacerlo.
—Quiero.
Esta vez, cuando nos dormimos, no había una puerta entre nosotros.
Solo una llave sobre la mesilla y un día siguiente que ya no necesitaba prometer nada para existir.