El vecino que llegaba mojado CAPÍTULO 20El último turno
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CAPÍTULO 20El último turno

El último turno

Rafa no vino aquella noche.

A las once escribió que seguía trabajando en una comunidad donde la tormenta había quemado dos motores. A la una dijo que llegaría tarde. A las tres dejó de responder.

Yo no llamé otra vez.

A las seis y media oí su furgoneta. Salí al balcón. Rafa bajó, cerró la puerta con el hombro y permaneció un momento apoyado en la carrocería. Parecía agotado. Levantó la vista hacia el cuarto piso, me vio y alzó la mano vendada.

No subió.

Yo tampoco bajé.

No era un castigo. Había noches en que el cansancio ocupaba todo el espacio disponible. Empezar algo serio a las seis y media, con el edificio oliendo a barro y el día calentándose, habría sido otra forma de exigir un escenario perfecto al revés.

Dormí hasta las once.

Cuando desperté, encontré una bolsa colgada del pomo exterior. Dentro había pan, dos cafés fríos y una nota.

Me alegro de que sigas. Tengo miedo de alegrarme. Dame un día.

Le di cuatro.

No porque fuera generoso. Porque yo también necesitaba comprobar que mi decisión seguía pareciendo mía cuando el deseo no estaba en la habitación.

Desembalé el escritorio de mi padre y lo coloqué junto a la ventana. Contraté internet, llamé a tres clientes y envié cinco propuestas. Dos respondieron. Una era una empresa de rutas de kayak. Otra, una cooperativa agrícola que quería vender conservas sin sonar a anuncio de televisión de 1997.

Preparé la web de Rafa y Nadir. Eliminé el pez animado. Conservé una versión mínima en el error 404, donde nadaba en círculos junto a la frase: Esta página necesita mantenimiento.

Rafa la descubrió y me envió un único mensaje:

Traidor.

Respondí:

Patrimonio digital.

Él puso un corazón. Luego lo borró. Después envió una llave inglesa.

Las cosas pequeñas regresaron de forma cautelosa.

Un plato de arroz junto a mi puerta. Una bombilla cambiada sin conversación. Mi mano sobre su hombro cuando nos cruzamos en el portal. Su café en mi encimera a las siete, aunque él no se quedara a beberlo.

El treinta de julio, el día en que debía regresar a Madrid, amaneció limpio y feroz.

No hice la maleta.

A mediodía, Inés organizó una comida de “no despedida”. Estábamos Marta, Amparo, Nadir y yo. Lucía apareció por videollamada desde Granada. Rafa llegó tarde, con la mano ya sin venda y una bandeja de pasteles.

—Pensaba que las no despedidas no llevaban dulces —dijo.

—Las despedidas llevan lágrimas —respondió Inés—. Las no despedidas llevan azúcar y confusión.

Rafa se sentó frente a mí. Llevaba la camisa azul que transmitía solvencia y disponibilidad emocional. Lucía lo señaló desde la pantalla.

—Otra vez esa camisa. Papá, eres un folleto.

—Voy a colgar.

—No puedes. El teléfono es de Inés.

Comimos. Nadie hizo un brindis, pero Amparo levantó su vaso y dijo:

—Por la gente que tarda en volver y luego no sabe irse.

—Eso es un brindis —dije.

—No he dicho salud.

Rafa miró su plato. Yo vi una sonrisa breve bajo la barba.

Después, cuando los demás recogían, me acerqué a él y dejé una llave sobre la mesa.

—La de la piscina —dije—. Me la prestaste y nunca te la devolví.

Rafa la miró.

—Quédatela.

—Ya tengo derecho a usarla como propietario.

—Precisamente.

La empujó de vuelta con un dedo.

—Esta noche hago el último turno completo antes de que Nadir se encargue durante una semana. Necesito descansar la mano.

—Bien.

—Podrías venir.

—¿Otra inspección?

—La última.

—Eso suena a despedida.

—No lo es.

—Entonces iré.

A medianoche, la piscina estaba vacía. Rafa revisó los niveles, limpió una cesta y anotó cifras en una libreta. Yo lo seguí sin bromear demasiado. Al terminar, se sentó en el borde con los pies en el agua.

—Hoy deberías estar haciendo la maleta —dijo.

—La he hecho muchas veces. No requiere ceremonia.

—¿No te arrepientes?

—A ratos.

—Gracias por la sinceridad.

—No arrepentirme nunca sería sospechoso. He perdido dinero, un trabajo estable y la posibilidad de volver a una vida que al menos conocía.

—Eso no ayuda con mi miedo.

—No intento ayudarte. Intento decirte la verdad.

Me senté a su lado.

—También estoy aliviado. He trabajado mejor estos días. La casa empieza a parecer mía. He escuchado a mi madre sin romper nada. Y cuando pienso en octubre, no solo veo un problema.

—¿Qué ves?

—No lo sé todavía. Esa es la diferencia.

Rafa movió los pies en el agua.

—Yo llevo cuatro días esperando que cambies de opinión.

—Podría hacerlo.

—Daniel.

—Tú también podrías. Podrías cansarte de mí, enamorarte de otro, mudarte, decidir que mi café es insoportable.

—Tu café es bueno.

—Entonces queda una amenaza menos.

Rafa me miró.

—No sé hacer esto sin pensar en el final.

—Podemos pensar en finales. Solo no vivir dentro de ellos.

—Eso suena a uno de tus textos.

—Es gratis. No te acostumbres.

Sacó algo del bolsillo. Era una llave con una etiqueta azul.

—Mi casa —dijo.

La dejó sobre mi palma.

—No quiero una llave si es una prueba.

—No lo es.

—¿Qué es?

—Una manera de que puedas entrar aunque yo tenga miedo.

Cerré los dedos alrededor del metal.

—No necesito una llave para cruzar tres metros.

—Yo sí necesito saber que puedes hacerlo.

El gesto era pequeño. Pesaba más que la taza rota, las cajas y la penalización.

—Rafa.

—No he terminado.

Respiró hondo.

—Quiero un día contigo que no sea prestado. No uno que exista porque te vas mañana. No una noche que tenga que recordar como la última. Un día normal. Desayuno, trabajo, cena, lo que sea. Sin despedida al final.

—Mañana.

—¿Mañana qué?

—Un día verdadero.

Rafa apoyó el hombro contra el mío.

—Eso parece poco.

—Tú querías cosas pequeñas.

—Empiezo a sospechar que mentía.

—Fatal.

Nos quedamos mirando el agua. No nos besamos. No era abstinencia ni castigo. Era la primera vez que podíamos esperar sin que el tiempo nos persiguiera.

Cuando subimos, Rafa abrió la puerta de su apartamento.

—Mañana a las ocho —dijo.

—Tengo llave.

—No abuses.

—No prometo nada.

Entró y dejó la puerta abierta unos segundos.

Yo crucé a mi casa.

Por primera vez, las dos puertas no parecían opciones contrarias.