CAPÍTULO 19Las llaves
Las llaves
Seguía quedándome. Más ajustada en los hombros, más corta en las mangas, pero quedaba. La quemadura de cigarrillo continuaba en el puño izquierdo, una pequeña luna oscura.
No lo hice por simbolismo. Todas mis otras camisas limpias estaban dentro de una caja.
A las nueve y cuarto salí del apartamento. La puerta de Rafa estaba abierta. Nadir entraba y salía con herramientas. Rafa no estaba.
—Ha ido a una comunidad de la avenida —dijo Nadir—. La tormenta rompió otro cuadro.
—Dile que voy a la notaría.
—Lo sabe.
—Claro.
Bajé por las escaleras. El ascensor tenía un cartel de FUERA DE SERVICIO escrito por Amparo con rotulador rojo y dos signos de exclamación que parecían amenazas.
La ciudad después de la lluvia olía a tierra mojada y mar. Había ramas en las aceras, charcos marrones y vecinos barriendo entradas. El cielo volvía a ser azul con una rapidez ofensiva.
La notaría ocupaba un primer piso sobre una óptica. Llegué diez minutos antes. Vicente esperaba en la sala con su carpeta azul y una corbata que parecía elegida para tranquilizar bancos.
—Menuda noche —dijo—. He llamado dos veces.
—Estábamos inundados.
—¿Daños?
—No importantes.
—Bien. La representante de Costa Serena está dentro. Solo necesitamos revisar el inventario de llaves y firmar.
—Vicente, te dije que podía no hacerlo.
—Y yo te expliqué las consecuencias.
—Las he entendido.
Su sonrisa profesional perdió brillo.
—No es habitual retirarse en este punto.
—Tampoco es ilegal.
—No. Pero la penalización se ejecutará hoy. Además de devolver la señal duplicada, hay gastos de gestoría.
—Traigo la transferencia preparada.
Vicente me observó como si intentara decidir si yo era idiota o rico.
No era ninguna de las dos cosas. La herencia de mi padre incluía ahorros que él había acumulado durante décadas de no viajar, no reformar y no comprar casi nada.
Quince mil euros eran una parte importante.
También eran dinero que nunca esperaba tener.
Entramos.
La representante de la empresa se llamaba Beatriz. Tendría unos cuarenta años, llevaba una tableta y hablaba con una amabilidad precisa. Me mostró los planos de la reforma proyectada.
—Se eliminaría el dormitorio pequeño para ampliar la zona de estar —dijo—. La tendencia es crear espacios más flexibles.
Miré la pared marcada en rojo. La cama que mi padre había comprado desaparecería. No era una razón para impedir una venta. Las paredes no sienten. Yo sí.
—También retiraríamos la carpintería antigua y unificaríamos acabados —continuó—. El objetivo es neutralizar las huellas personales para que cualquier huésped pueda apropiarse del espacio.
Neutralizar las huellas personales.
Pensé en las cajas, la gorra, la taza rota y la voz de mi madre atrapada en una cinta.
Pensé en la lista de cosas pequeñas de Rafa.
Pensé en enero, como él me había pedido, pero no en un enero romántico.
Imaginé el piso frío, el trabajo incierto, la ciudad fuera de temporada y yo preguntándome qué demonios había hecho.
La imagen no me dio miedo suficiente.
—No voy a vender —dije.
Beatriz dejó de deslizar el dedo por la tableta.
—¿Perdón?
—Siento las molestias y asumiré lo acordado. Pero no firmo.
Vicente cerró los ojos un segundo.
—Daniel, podemos salir y hablar.
—Ya he hablado demasiado fuera de las habitaciones importantes.
Ninguno entendió la frase. No importaba.
El notario entró. Se le explicó la situación. Los siguientes cuarenta minutos consistieron en documentos, cifras y firmas distintas: renuncia a la compraventa, reconocimiento de penalización, devolución de cantidades. El dinero salió de mi cuenta con una eficacia que el amor nunca había tenido.
Al terminar, Beatriz me dio la mano.
—Espero que disfrutes del apartamento —dijo.
—Eso intento.
Vicente guardó la carpeta.
—Podríamos volver a ponerlo en el mercado más adelante.
—No por ahora.
—¿Cuánto es por ahora?
—Tres meses.
Era la primera vez que decía un plazo nuevo.
—Me quedaré hasta finales de octubre. Después decidiré otra vez.
Vicente asintió, quizá aliviado de que mi locura tuviera fecha administrativa.
Salí a la calle con todas las llaves en el bolsillo.
No sentí euforia. Sentí miedo, pérdida y un alivio tan quieto que casi no parecía alegría. Había comprado tiempo a un precio absurdo. Por primera vez, el tiempo era mío.
Caminé hasta el paseo marítimo. Me senté frente al agua y llamé a Sergio.
—He recibido tu correo —dijo.
—No aceptaré el trabajo.
—Ya lo sé.
—Tampoco quiero cenar para hablar de volver.
Hubo un silencio largo.
—¿Por él? —preguntó.
—No solo. Y eso es lo importante.
—¿Te quedas allí?
—Tres meses.
—Daniel, tu vida está en Madrid.
Miré el mar. Un barco pequeño dejaba una línea blanca cerca del puerto.
—Una parte —dije—. Voy a averiguar dónde está el resto.
Sergio soltó aire.
—Espero que no te equivoques.
—Me equivocaré en algo. Pero será una equivocación nueva.
—Eso suena a frase de campaña.
—Las escribo bien.
Nos despedimos sin crueldad. Al colgar, sentí el final verdadero de nuestra relación. No fue una puerta cerrándose. Fue una habitación que dejaba de pedir que regresara.
Llamé a Rafa.
No respondió.
Le envié un mensaje:
No he vendido. Me quedo tres meses. No por ti. También contigo, si todavía quieres.
Los indicadores no aparecieron.
Volví andando al edificio. En la entrada había cubos, escobas y vecinos discutiendo sobre el seguro. Amparo me esperaba en una silla plegable.
—¿Has vendido? —preguntó.
—No.
—Bien.
—He perdido quince mil euros.
—Entonces más te vale aprovechar el balcón.
—Gracias por la compasión.
—La compasión no devuelve transferencias.
Subí. La puerta de Rafa seguía abierta, pero el piso estaba vacío. Entré en el mío y dejé las llaves sobre la mesa.
Había cinco: portal, apartamento, trastero, buzón y piscina. Esta última me la había prestado Rafa la noche de nuestra primera inspección y nunca se la devolví.
El teléfono vibró.
Rafa: Sigo queriendo. Pero necesito terminar un trabajo. Esta noche hablamos.
Leí el mensaje dos veces.
Después guardé la llave de la piscina en mi llavero.
No era suya.
Pertenecía a la comunidad.
Aun así, al oírla chocar con las demás, sentí que acababa de aceptar una invitación.