El vecino que llegaba mojado CAPÍTULO 18La tormenta
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CAPÍTULO 18La tormenta

La tormenta

La lluvia empezó a las dos y cuarenta y tres de la madrugada.

Lo sé porque estaba despierto, sentado a la mesa con el contrato de venta delante, cuando la primera gota golpeó el toldo del balcón. Después llegó otra. En menos de un minuto, el cielo se abrió sobre el edificio.

No era una lluvia amable. El agua cayó con violencia, rebotando contra las baldosas y borrando la piscina bajo una superficie blanca. El viento empujó las sillas del jardín. Un trueno hizo vibrar los cristales.

La luz parpadeó.

Pensé en el apagón, en el pescado de Amparo y en Rafa apareciendo en calzoncillos con una linterna. Esta vez su puerta permaneció cerrada.

El teléfono sonó.

—Baja —dijo Rafa cuando respondí—. Está entrando agua en los trasteros.

No hubo saludo ni rastro de la discusión.

Me puse zapatillas y corrí por las escaleras. En el portal había seis vecinos con cubos, escobas y ropa de dormir. El agua se colaba por la rampa del garaje formando una corriente marrón. Rafa y Nadir intentaban colocar una barrera de sacos junto a la puerta del sótano.

—El desagüe no traga —gritó Rafa por encima de la lluvia—. El pasillo del fondo ya tiene cinco centímetros.

—Mis cajas.

—Por eso te he llamado.

Cogí un saco. Pesaba más de lo que esperaba. Rafa lo levantó conmigo y lo colocamos junto a otros. Estaba empapado, con la camiseta pegada al cuerpo y agua corriéndole por la cara. En cualquier otra noche, verlo así habría despertado deseo. Aquella solo vi cansancio y urgencia.

—Ve al 47 —dijo—. Saca lo que puedas. Nadir te ayuda.

El agua me cubría las suelas cuando llegamos al pasillo. Abrí el trastero. Solo quedaban dos cajas vacías y algunos muebles que todavía no había subido. La estantería inferior estaba mojada. El agua avanzaba.

—Arriba —dije.

Nadir y yo cargamos una mesa plegable, dos sillas y un baúl de herramientas de mi padre.

En el segundo viaje, el agua había subido un centímetro.

Otros vecinos formaron una cadena para sacar objetos de los trasteros: maletas, ventiladores, cajas de Navidad, fotografías, un cochecito de bebé que nadie usaba desde hacía quince años.

Rafa corría entre el garaje y el cuarto de máquinas. La piscina rebosaba y el sistema de drenaje estaba saturado. Cada vez que pasaba cerca de mí, comprobaba con una mirada que seguía allí.

—La corriente —le dije al verlo manipular una tapa metálica—. Ten cuidado.

—Está cortada.

—Compruébalo otra vez.

—Lo he hecho.

—Rafa.

Se volvió.

—No soy una avería, Daniel.

—Precisamente.

Algo se suavizó en su cara. Luego otro trueno lo borró.

Durante dos horas trabajamos sin hablar de nada que no fuera agua.

Amparo dirigía la distribución de toallas desde el portal.

Marta e Inés llegaron con termos de café y bolsas de plástico.

Lucía llamó a su padre tres veces después de ver una alerta meteorológica; él respondió a la tercera mientras cargaba un cubo.

A las cinco, la lluvia empezó a disminuir.

La barrera había funcionado a medias. El garaje estaba inundado, pero el agua no alcanzó los cuadros eléctricos. Los trasteros del fondo quedaron mojados hasta la altura del tobillo. La piscina parecía haberse mezclado con el cielo.

Rafa se sentó en el primer escalón del portal. Tenía una mano envuelta en un trapo.

—¿Qué te ha pasado? —pregunté.

—Nada.

—Enséñamela.

—Un borde de chapa.

Me arrodillé y retiré el trapo. Un corte largo atravesaba la base del pulgar. No parecía profundo, pero seguía sangrando.

—Necesita limpiarse.

—Luego.

—Ahora.

—Daniel, hay...

—Nadir está con la bomba. Inés controla a Amparo. El edificio sobrevivirá diez minutos sin ti.

Rafa miró alrededor. Nadie parecía dispuesto a apoyarlo.

—Ve —ordenó Amparo desde una silla—. Estás manchando mi toalla buena.

Lo llevé al apartamento. La casa estaba llena de cajas, pero encontré el botiquín de mi padre en el baño. Rafa se sentó en la tapa del inodoro mientras yo lavaba la herida.

—Va a escocer —dije.

—He tenido cortes peores.

—La cicatriz heroica, sí.

—No era heroica. Era idiota.

Apliqué antiséptico. Rafa apretó los dientes.

—Mentiroso —dije.

—No he dicho que no escociera.

Le vendé la mano. Nuestros rostros quedaron cerca. El agua goteaba de su pelo sobre el suelo.

—Gracias por llamar —dije.

—Las cajas eran tuyas.

—Podrías haber supuesto que ya estaban arriba.

—No supuse.

—No.

Terminé el vendaje. Rafa no retiró la mano. La dejó entre las mías.

—Lo de anoche —empecé.

—No ahora.

—Siempre dices eso.

—Llevamos dos horas sacando agua de un sótano.

—Precisamente. Estoy cansado de esperar escenarios perfectos.

Rafa bajó la mirada a nuestras manos.

—No quiero que te vayas.

—Ya lo sé.

—No, no lo sabes. Sabes que quiero que te quedes. No es lo mismo.

Esperé.

—No quiero volver a pasar por el cuarto piso y ver la puerta cerrada con otras personas entrando cada semana —continuó—. No quiero hacer café solo mañana. No quiero que la cama que compró Ernesto se quede vacía otra vez.

—Entonces ¿por qué me empujas hacia la salida?

—Porque querer algo no me da derecho a pedirte que reorganices tu vida.

—Podrías confiar en que sé escuchar una petición sin convertirla en una orden.

Rafa levantó los ojos.

—No he sido bueno confiando.

—Yo tampoco.

El trueno se alejó hacia el mar.

—He llamado a Vicente —dije—. Si no firmo, pierdo la señal y pago quince mil euros de penalización.

Rafa silbó bajo.

—Es mucho dinero.

—Sí.

—No lo hagas por mí.

Solté su mano.

—Otra vez.

—No puedo fingir que no importa.

—Tampoco yo. Pero voy a decidir qué compro con esos quince mil euros. No si te compro a ti.

—No he dicho...

—Lo sé. Escucha. Si no vendo, no me quedo contigo. Me quedo en el piso. Con la carta. Con mis clientes o con otros. Con la posibilidad de descubrir si esta ciudad es casa o solo un archivo. Tú puedes formar parte o no.

Rafa respiró lentamente.

—Eso suena distinto.

—Porque lo es.

—¿Ya has decidido?

Miré el reloj. Eran las cinco y veintiocho. La notaría abría en cinco horas.

—Todavía no.

Rafa asintió.

—Bien.

—¿Bien?

—Decidirás despierto.

—Llevo despierto toda la noche.

—Entonces decidirás con café.

Se levantó. Antes de salir del baño, tocó mi cara con la mano sana.

—Siento lo que te dije sobre ser un turista.

—No lo dijiste exactamente.

—Lo pensé con suficiente fuerza.

—Yo siento haberte comparado con mi padre.

—Eso sí lo dijiste exactamente.

—No abuses.

Rafa sonrió.

—Voy a bajar.

—Tu mano.

—Puedo dar órdenes con la otra.

—Eso se te da bien con ambas.

Se inclinó y apoyó la frente contra la mía. No me besó. El gesto ya no era una promesa suspendida, sino una forma de estar cerca sin utilizar el deseo para resolverlo todo.

—A las diez y media —dijo.

—Sí.

—Sea lo que sea, llámame después.

—¿Vendrás si vendo?

—Sí.

—¿Y si no?

Rafa cerró los ojos.

—También.

Bajó.

Yo regresé al salón. La carta de mi padre seguía sobre la mesa. Afuera, la lluvia se había convertido en un murmullo. Las primeras luces del amanecer revelaban hojas, barro y objetos desplazados.

Abrí el cuaderno en blanco y escribí dos columnas.

Lo que pierdo si vendo.

Lo que pierdo si no vendo.

Llené ambas.

Después taché el nombre de Rafa de las dos listas.

No porque no importara.

Porque no era una pérdida que pudiera calcularse allí.