CAPÍTULO 17No te quedes por mí
No te quedes por mí
Rafa entró sin preguntar dónde podía pisar.
El salón estaba cubierto de cajas abiertas, papeles y objetos. Se movió entre ellos con cuidado, apartando una fotografía con la punta de la bota. Cuando llegó hasta mí, levantó una mano y me limpió con el pulgar una marca seca en la mejilla.
—Has llorado —dijo.
—Diagnóstico impresionante.
—No bromees.
La preocupación en su voz deshizo mi resistencia. Le tendí la carta.
Rafa se sentó a la mesa y leyó. Yo permanecí junto a la ventana, mirando la piscina. Varias personas nadaban sin saber que en el cuarto piso un muerto estaba intentando terminar una conversación.
Rafa tardó mucho.
Al llegar al final, dejó las páginas sobre el cuaderno y se quitó las gafas de leer que yo no sabía que llevaba en el bolsillo.
—No te rías —dijo.
—No pensaba hacerlo.
—Es la edad.
—Tienes cuarenta y nueve, no noventa.
—Las letras de Ernesto tenían ocho puntos.
Se limpió los ojos con el dorso de la mano. No eran las gafas.
—¿Sabías que iba a escribirla? —pregunté.
—Sabía que quería hacerlo. Le dije que una carta podía ser una forma de empezar.
—También le dijiste lo de “hola”.
—Sí.
—Te escuchaba más que a mí.
—No. A mí me escuchaba porque yo no podía herirlo como tú.
Me senté frente a él.
—No sé si esto cambia algo.
—No tiene que cambiarlo hoy.
—Mañana entrego las llaves.
Rafa miró las cajas.
—Puedes pedir más tiempo.
—Hay contrato.
—Puedes romperlo.
—Perdería la señal y pagaría una penalización.
—Puedes permitírtelo con la oferta de Sergio.
—No quiero aceptar ese trabajo.
—¿Lo has decidido?
—Sí.
La palabra salió firme. Había escrito un correo antes de que él llegara. Agradecía la oportunidad y la rechazaba. No mencionaba a Rafa, ni el piso, ni el verano. Solo decía que no quería regresar a una estructura profesional que ya no se parecía a la vida que necesitaba.
—Bien —dijo Rafa.
—No pareces sorprendido.
—Nunca hablas de tu trabajo con alegría.
—Tú tampoco.
—Yo hablo de bombas con pasión.
—Eso es un trastorno distinto.
Rafa sonrió débilmente. Alargó la mano sobre la mesa. Yo puse la mía encima.
—No quiero vender —dije.
Sus dedos se cerraron.
—Entonces no vendas.
—Podría quedarme.
La mano de Rafa dejó de moverse.
—¿Cuánto?
—No lo sé. Unos meses. Puedo trabajar desde aquí. Buscar otros clientes. Ver qué pasa.
—¿Por la carta?
—Por muchas cosas.
—¿Por mí?
No respondí enseguida. Mentir habría sido más fácil.
—También.
Rafa retiró la mano.
—No.
—¿No qué?
—No te quedes por mí.
—He dicho también.
—Llevas dos semanas aquí, Daniel.
—Ya lo sé.
—Tu padre ha muerto. Has abierto veinte años de recuerdos de golpe. Has rechazado un trabajo, estás a punto de romper una venta y ahora quieres mudarte por un hombre al que conociste en un ascensor.
—No estoy mudándome. Estoy quedándome en una casa que es mía.
—No sabes si la quieres.
—Precisamente necesito tiempo para saberlo.
—Puedes quedarte sin convertirme en el argumento.
—No eres un argumento. Eres parte de mi vida ahora.
Rafa se levantó.
—No me hagas responsable de eso.
La frase encendió la rabia que llevaba todo el día buscando salida.
—¿Responsable de qué? ¿De que me gustes? ¿De que me hayas dejado entrar? ¿De que me hayas pedido cosas pequeñas y ahora te asustes porque quizá pueda dártelas?
—No te las he pedido a ti.
El golpe fue limpio.
—Entonces ¿a quién?
—A nadie. Dije lo que quería en una vida, no que tú tuvieras que construirla.
—Es una distinción muy cómoda.
—Es una distinción necesaria.
—Porque así puedes desearlo todo sin arriesgar nada.
Rafa se pasó una mano por la barba.
—Estoy intentando evitar que dentro de tres meses me mires y veas la razón por la que renunciaste a Madrid.
—No he renunciado a Madrid. He rechazado un trabajo con mi ex.
—Y vas a pagar una penalización por un piso que querías vender hasta que empezaste a acostarte conmigo.
—No reduzcas esto a acostarnos.
—No lo reduzco. Lo contrario. Esto ha crecido demasiado deprisa y tú estás tomando decisiones dentro.
—¿Qué propones? ¿Que me vaya para demostrar que sé decidir?
—Propongo que hagas lo que harías si yo no viviera enfrente.
—Pero vives enfrente.
—Imagínalo.
—No quiero.
—Tienes que poder.
Me levanté también. Las cajas nos rodeaban como un jurado.
—Toda mi vida los hombres han llamado prudencia a no decir lo que querían —dije—. Mi padre no llamó porque respetaba mi espacio. Sergio terminó conmigo porque era lo maduro. Tú me apartas porque no quieres condicionarme. Siempre hay una explicación elegante para dejar al otro solo.
Rafa palideció bajo el bronceado.
—No soy tu padre.
—Entonces deja de actuar como él.
El silencio posterior fue absoluto.
Vi el daño en su cara y quise retirar las palabras. Ya era tarde.
—Eso ha sido bajo —dijo.
—Sí.
—Y falso.
—No del todo.
Rafa cogió las llaves de la mesa.
—No sabes nada de lo que he arriesgado para estar aquí contigo.
—Porque no me lo cuentas.
—Perdí un matrimonio, amigos, clientes, la relación con mi hermano durante tres años. No por ti. Por decir una verdad sobre mí. No vuelvas a compararme con un hombre que murió sin llamarte solo porque no tomo la decisión que quieres.
—No quiero que decidas por mí.
—Eso es exactamente lo que me estás pidiendo. Que me diga que te quedes para que mañana puedas romper el contrato con mi voz en la cabeza.
—Quiero saber si me quieres aquí.
Rafa se detuvo junto a la puerta.
—Sí —dijo—. Te quiero aquí.
La respuesta me dejó sin aire.
—Entonces...
—Y precisamente por eso no voy a pedírtelo.
Abrió.
—Rafa.
—Decide mañana. Solo. Después podremos hablar de nosotros.
—¿Y si vendo?
Cerró los ojos un instante.
—Entonces te ayudaré a bajar las cajas.
—¿Eso es todo?
—Es lo que puedo ofrecer sin convertir mi miedo en tu jaula.
Cruzó el rellano. Antes de entrar en su piso, se volvió.
—No soy tu padre, Daniel.
—Lo sé.
—Empieza a tratarme como si lo supieras.
La puerta se cerró.
Me quedé entre los restos de mi infancia. Sobre la mesa, la carta de Ernesto terminaba con una petición: no empezar de cero, sino desde donde se hizo daño.
Yo acababa de hacer daño en un lugar nuevo.
A las nueve de la noche llamé a Vicente.
—Mañana iré a la notaría —dije.
—Perfecto. La parte compradora está confirmada.
—No he dicho que vaya a firmar.
Hubo un silencio administrativo.
—Daniel, el contrato...
—Lo sé. Quiero escuchar exactamente qué ocurre si no firmo.
Vicente empezó a enumerar cifras, plazos y consecuencias. Tomé notas en el cuaderno que mi padre había dejado para las cosas que todavía tuviera que contar.
Por primera vez, la decisión no estaba en una caja, una cama ni una puerta de enfrente.
Estaba en mis manos.