El vecino que llegaba mojado CAPÍTULO 16La carta sin sello
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CAPÍTULO 16La carta sin sello

La carta sin sello

No vi a Rafa al día siguiente.

Su furgoneta salió antes de las siete. Cuando bajé a comprar café, la plaza de aparcamiento estaba vacía y la piscina seguía cubierta por la sombra del edificio. Nadir, el ayudante del que me había hablado, revisaba los niveles. Me saludó con una mano enguantada.

—Rafa dice que las fotos quedaron bien —me dijo.

—No las ha visto.

—Dice que las que haces tú siempre quedan bien.

No supe si agradecerlo o enfadarme.

Subí con el café y abrí todas las cajas.

No fue valentía. Fue agotamiento.

Extendí veintidós años de mi vida por el salón: cuadernos, fotografías, entradas de cine, copias de correos, revistas, postales, regalos que creía perdidos. Mi padre había guardado incluso una servilleta donde yo dibujé un barco a los nueve años. En el reverso, él anotó la fecha y el lugar.

Había recuerdos de mi madre que yo no sabía que existían.

Un pañuelo, recetas escritas a mano, cintas de casete, una pulsera del hospital.

Había recibos de los billetes con los que fui a Madrid, facturas de la universidad que mi padre pagó sin decirme que le costaba hacerlo y recortes de cada proyecto mío que llegó a encontrar.

El amor mal hecho ocupaba mucho espacio.

A mediodía, el salón ya no tenía suelo. Me senté entre las cajas y escuché la segunda cinta.

Mi madre cantaba mientras cocinaba. Mi padre le decía que desafinaba. Ella respondía que él no tenía criterio ni para elegir calcetines. Después se oía mi voz adolescente, lejana, pidiendo dinero para salir.

—Dáselo tú —decía Ernesto.

—Pídeselo tú —respondía mi madre.

—A ti te lo pide mejor.

—Porque tú pones cara de que cada pregunta es una invasión extranjera.

Hubo un silencio y luego ella añadió, más bajo:

—Algún día el niño dejará de preguntar y entonces te quejarás.

Detuve la cinta.

El aire acondicionado zumbaba. Afuera, alguien arrastraba una tumbona. El mundo continuaba con una falta de respeto impecable.

La carta apareció dentro del cuaderno en blanco de la caja de 2025.

Era un sobre sin sello, dirigido a mi apartamento de Madrid. Mi padre había escrito la dirección completa y luego había trazado una línea sobre el código postal, como si dudara de un número que podía comprobar.

Dentro había tres páginas.

La fecha era 13 de enero. Cuatro días antes de morir.

Leí de pie.

Daniel:

No sé empezar esta carta y eso se ha convertido en la excusa para no empezar muchas cosas. Rafa dice que “hola” sirve, pero a estas alturas me parece poco. Tu madre diría que siempre me han parecido poco las palabras porque no sé usarlas.

Tuve que sentarme.

Continué.

He guardado cosas tuyas. Demasiadas, seguramente. Pensaba dártelas cuando vinieras y después pensé que quizá no venías porque yo seguía esperando sin pedirlo. He confundido durante años no molestarte con no buscarte. No era respeto. Era miedo a que me dijeras que ya era tarde.

Cuando me hablaste de aquel chico, te pregunté por su coche.

Lo recuerdo cada vez que alguien me pregunta si te acepté.

Digo que sí porque no te eché de casa. Es una respuesta cobarde.

No te pregunté su nombre. No te dije que seguirías siendo mi hijo aunque te gustara quien te gustara.

Creí que se sobreentendía. El cariño no debería tener que sobreentenderse.

Las letras empezaron a moverse. Parpadeé.

Tu madre habría sabido hacerlo mejor. Eso pensé durante mucho tiempo. Luego entendí que usarla para compararme era otra forma de esconderme detrás de ella. Yo estaba vivo. Me tocaba a mí.

He seguido tu trabajo. Amparo me imprime las cosas. Algunas no las entiendo, pero sé reconocer cuando estás orgulloso en una foto y cuando solo sonríes porque hay una cámara. También sé que trabajas demasiado. No sé si eso lo heredaste de mí o lo aprendiste para no parecerte.

Me reí y lloré al mismo tiempo, un sonido desagradable que nadie oyó.

He comprado una cama para tu habitación. No porque crea que vas a volver a vivir aquí. No quiero pedirte una vida que quizá no quieres. La he comprado para que exista un lugar donde puedas dormir si un día necesitas venir.

No te pido que me perdones. El perdón sería otra cosa que tendrías que hacer tú. Te pido que no interpretes mi silencio como falta de amor. Interprétalo como lo que fue: miedo, orgullo y torpeza. No es mejor, pero es verdad.

Iba a llamarte el domingo. Si esta carta llega antes, quizá podamos hablar sin fingir que empezamos de cero. No se empieza de cero con un hijo. Se empieza desde donde se hizo daño.

Papá.

Debajo de la firma había una línea añadida con otro bolígrafo:

Preguntarte si sigues tomando el café sin azúcar. No empezar por eso.

Apoyé la carta sobre las rodillas.

No me sentí reparado. No hubo una luz que reorganizara la casa ni una voz que me dijera que todo estaba bien.

Me enfadé porque la había escrito demasiado tarde.

Me enfadé porque no la envió. Me enfadé porque acertaba en algunas cosas y porque la muerte le permitía tener la última palabra sin soportar mi respuesta.

Cogí la taza rota de Madrid y lancé uno de los trozos contra la pared.

Cayó sobre una caja sin romperse más.

—Ni siquiera eso —dije.

Me tumbé en el suelo y lloré.

Lloré por mi madre cantando mal. Por mi padre incapaz de decir hola.

Por la cama nueva, las impresiones de Amparo, la camisa de rayas y el niño que había dejado de preguntar.

Lloré por Rafa, que tenía razón en cosas que yo no quería concederle.

Lloré hasta que el duelo dejó de parecer una idea y se convirtió en agua, sudor y dolor físico.

Cuando pude sentarme, eran casi las cinco.

Había seis llamadas perdidas. Tres de Inés. Una de Vicente. Dos de Rafa.

Escuché primero el mensaje de Vicente.

—Daniel, necesito confirmar que mañana llevarás el certificado y todas las llaves. La parte compradora ha enviado los fondos. Llámame antes de las siete.

La firma no era dentro de una semana.

Era al día siguiente.

Habíamos adelantado la fecha y mi cabeza seguía viviendo en el calendario anterior.

El segundo mensaje era de Rafa.

—Nadir dice que has bajado temprano. Solo quería saber si... — Pausa—. Llámame cuando puedas. No por las fotos.

Marqué su número.

No respondió.

Escribí:

He encontrado una carta de mi padre.

Los dos indicadores azules aparecieron de inmediato. Los puntos de respuesta tardaron casi un minuto.

Rafa: Estoy en una avería. Voy cuando termine.

Yo: La firma es mañana.

Esta vez no hubo puntos.

Pasaron cinco minutos.

Rafa: Lo sé.

Miré la pantalla.

Yo: Necesito hablar contigo.

La respuesta llegó:

Rafa: Yo también.

Recogí la carta del suelo y la guardé en el cuaderno. Después abrí la ventana. El salón estaba cubierto por los restos de dos vidas y el aire olía a papel antiguo.

A las ocho llamaron a la puerta.

Rafa estaba al otro lado, seco, cansado y con una mancha de aceite en la mejilla.

Por primera vez desde que lo conocía, deseé que hubiera llegado mojado.