El vecino que llegaba mojado CAPÍTULO 15Dieciocho días
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CAPÍTULO 15Dieciocho días

Dieciocho días

El cuarto de máquinas estaba debajo de la piscina y sonaba como el corazón de un animal grande.

Bombas, tuberías, válvulas y depósitos ocupaban las paredes. El aire era húmedo, caliente y olía a cloro concentrado. Rafa encendió todas las luces y me entregó unas gafas protectoras.

—No te rías —dijo.

—No me río. Estoy descubriendo tu faceta de fantasía industrial.

—Póntelas.

—¿También quieres una foto?

—Quiero que no acabes en urgencias y luego escribas una mala reseña.

Me puse las gafas. Rafa llevaba pantalones de trabajo, botas y una camiseta gris con el logotipo antiguo de su empresa. Habíamos cerrado la piscina quince minutos antes. Sobre nosotros aún se oían pasos, ruedas de tumbonas y voces alejándose.

—Empieza por la bomba nueva —dijo.

Saqué fotografías con el móvil: conexiones, filtros, el panel de control, las manos de Rafa señalando piezas.

Él explicaba cada sistema con una claridad que no tenía cuando hablaba de sí mismo.

Sabía el recorrido exacto del agua, dónde entraba, qué la limpiaba, cuánto tiempo podía circular antes de volverse peligrosa.

—Mira aquí —dijo, inclinándose sobre una tubería—. Si la presión sube de dos, hay que parar.

—¿Y si no paras?

—Algo acaba cediendo.

—Otra metáfora involuntaria.

—Estoy empezando a odiarte.

—Dame tiempo.

Rafa levantó la vista. Sonrió, pero la frase había tocado el calendario que fingíamos no mirar.

Continué haciendo fotos. Le pedí que se colocara junto al cuadro principal. Cruzó los brazos.

—No parezcas tan enfadado —dije.

—Estoy concentrado.

—Parece que la piscina te debe dinero.

—Me debe tres filtros y un domingo.

—Relaja los hombros.

Me acerqué y puse las manos sobre ellos. Estaban duros bajo la camiseta.

—Así —dije.

Rafa no se movió.

—¿Vas a hacer la foto?

—En un momento.

Deslicé las manos hacia su cuello. Él inclinó la cabeza apenas, permitiendo que mis pulgares presionaran la base del cráneo.

—Estás muy tenso.

—Trabajo con alguien que convierte una sesión de fotos en una inspección física.

—Servicio premium.

Rafa se volvió. Quedé entre él y el panel. El ruido de las bombas ocultaba nuestras respiraciones.

—La puerta está cerrada —dijo.

—Tú tienes la llave.

—Eso no era una invitación.

—Mientes fatal.

Lo besé.

Rafa me sujetó la cintura y respondió con una fuerza que llevaba toda la tarde contenida.

Mi espalda tocó el metal del panel. El calor del cuarto se concentró entre nuestros cuerpos.

Le mordí el labio. Él emitió un sonido grave y me levantó apenas, lo suficiente para colocar uno de sus muslos entre los míos.

—Zapatos cerrados —murmuré.

—Seguridad laboral.

—Las gafas también.

Rafa me las quitó y las dejó sobre una tubería.

—Visión despejada.

Volvió a besarme. Sus manos bajaron por mi espalda y se cerraron sobre mis nalgas. Me apretó contra él. Sentí su excitación bajo el pantalón, dura y pesada. La mía respondió al instante.

—Tenemos que ser rápidos —dijo.

—Eso es nuevo para ti.

—Puedo abrir y cerrar la verja, pero no controlar a Amparo.

—Nadie puede.

Le desabroché el pantalón. Rafa aspiró con fuerza cuando metí la mano. Su piel estaba húmeda por el calor. Lo acaricié lentamente, disfrutando del contraste entre la urgencia de su cuerpo y la necesidad de permanecer en silencio.

—Daniel —dijo entre dientes.

—¿Sí?

—No juegues.

—Pensaba que esto era trabajo.

Me hizo girar. Apoyé las manos en el panel. Rafa se pegó a mi espalda y besó mi nuca. La barba me raspó. Sus dedos abrieron mi pantalón y entraron bajo la ropa interior. Me tomó con una firmeza que me obligó a cerrar los ojos.

—Mírame —dijo.

—No puedo verte.

—Ahí.

Frente a nosotros había una pequeña superficie pulida en la puerta del cuadro. No era un espejo, pero devolvía una imagen borrosa: su cuerpo grande detrás del mío, su boca junto a mi cuello, su mano moviéndose dentro de mi pantalón.

La visión me encendió más.

Rafa lo notó. Aumentó el ritmo. Yo cubrí su mano con la mía. El panel vibraba bajo mis palmas por el trabajo constante de las bombas.

Me volví de nuevo y me arrodillé.

—No tienes que... —empezó.

—Otra vez esa frase y me voy.

Rafa apoyó una mano en la pared. Le bajé el pantalón lo suficiente. Lo tomé con la boca, sin la lentitud de la noche anterior. El sabor, el calor y la forma en que sus piernas se tensaron hicieron que todo el cuarto pareciera latir con nosotros.

Se llevó la otra mano a mi pelo.

—Despacio —susurró, aunque su cuerpo pedía lo contrario.

No obedecí del todo. Aprendía rápido.

Rafa me apartó antes de llegar al límite. Me puso de pie y me besó con hambre. Después se arrodilló él. Abrió mi pantalón, bajó la ropa y me tomó en la boca.

Tuve que agarrarme a una tubería. El placer fue brusco, preciso. Rafa sabía cuándo mirar, cuándo cerrar los labios, cuándo detenerse justo antes de que yo perdiera el control. Su barba rozaba la parte sensible de mis muslos y convertía cada movimiento en dos sensaciones.

—Rafa —susurré—. Voy a...

Se apartó. Se puso de pie y me llevó la mano a su cuerpo. Nos acariciamos juntos, frente a frente, con las frentes apoyadas y la respiración rota.

Llegamos con pocos segundos de diferencia. Yo escondí un gemido en su hombro. Rafa se quedó inmóvil, agarrado a mi cintura, mientras el ruido de las bombas continuaba como si nada importante hubiera ocurrido.

Después nos limpiamos con papel industrial y una torpeza que devolvió el mundo a sus proporciones normales.

—Esto no estaba en el presupuesto —dije.

—Voy a cobrar horas extra.

—Te quedan siete días para hacerlo.

La frase salió ligera. Una broma. El cuerpo de Rafa se endureció.

—Ocho —dijo.

—La firma es dentro de siete.

—Claro.

Se abrochó el pantalón.

—No quería decir...

—Has dicho exactamente lo que querías.

—Era una broma.

—Eso la hace peor.

—Rafa.

Cogió las gafas y me las entregó.

—Termina las fotos.

—No me trates como a un cliente.

—Tú has sido quien ha puesto fecha al servicio.

—Llevas dos semanas contando en voz alta. No puedes enfadarte porque yo sepa la cifra.

—No me enfada que la sepas. Me enfada que acabemos de tocarnos así y tu primer pensamiento sea el plazo.

—Mi primer pensamiento era que quería hacerlo otra vez.

—En Madrid tendrás muchas opciones.

—No hagas esto.

—¿Qué?

—Convertir los celos en desprecio.

Rafa cerró una válvula que no necesitaba cerrarse y la volvió a abrir.

—No te desprecio.

—Pues deja de hablarme como si fuera un turista sexual.

Se volvió hacia mí.

—¿Y qué eres, Daniel?

La pregunta me hirió porque no tenía una respuesta limpia.

—No lo sé.

—Exacto.

—No saber no significa que esto no importe.

—Para ti puede ser importante y temporal. Las dos cosas caben en la misma frase.

—¿Y para ti?

Rafa bajó la mirada.

—No quiero ser el hombre que recuerdes cada verano cuando huelas a cloro.

—No eres un olor.

—No necesito convertirme en tu verano favorito.

—Entonces dime qué necesitas.

—Ya te lo dije. Café. Martes. Cosas pequeñas.

—Y yo te dije que eso no era pequeño.

—No. Pero tú sigues ofreciéndome noches grandes y fechas de salida.

—No puedo inventar una vida completa en dos semanas.

—No te la he pedido.

—Me estás castigando por no tenerla preparada.

Rafa abrió la puerta del cuarto de máquinas. El aire de fuera entró más fresco.

—Termina las fotos mañana —dijo.

—No.

—Daniel.

—No me voy a quedar aquí fingiendo que el problema es una bomba.

Pasé junto a él y subí las escaleras. La piscina estaba vacía. Las luces bajo el agua dibujaban ondas en el techo.

Rafa salió detrás y cerró la puerta.

—No conduzcas enfadado —dijo.

—He venido andando.

—Entonces no cruces calles enfadado.

—¿Ves? Eso haces. Te preocupas por si miro antes de cruzar y te niegas a decir que te dolería verme marchar.

Rafa apretó las llaves.

—Me dolería.

Las dos palabras detuvieron todo.

—Mucho —añadió.

Quise acercarme. Él dio un paso atrás.

—Por eso necesito recordar que ocurre igualmente.

Cerró la verja y se alejó hacia el garaje.

Yo me quedé junto al agua, con el olor de su cuerpo todavía en la boca y la certeza de que el deseo había dejado de ser nuestro problema.

El problema era que ambos queríamos sobrevivir al final de maneras incompatibles.