El vecino que llegaba mojado CAPÍTULO 14La isla que no era una isla
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CAPÍTULO 14La isla que no era una isla

La isla que no era una isla

Inés me secuestró el domingo a las diez de la mañana.

Utilizó un coche, dos bocadillos y la amenaza de subir al apartamento con Marta y bolsas industriales si no bajaba en cinco minutos. Técnicamente, quizá fuera una excursión.

—No puedo ir a la playa —dije al entrar en el coche—. Tengo trabajo.

—Tienes tres correos abiertos y llevas dos días moviendo el cursor sin escribir.

—¿Cómo sabes eso?

—Marta habló con Amparo.

—Ese sistema de vigilancia vulnera varias leyes.

Marta arrancó.

—Rafa viene luego —dijo.

—No he preguntado.

—Por eso te lo digo.

—Estamos enfadados.

—También por eso.

Fuimos hacia Calabardina. La carretera atravesaba una costa seca, de tonos ocres y verdes apagados. El mar aparecía entre lomas como una lámina demasiado azul para aquel paisaje. Inés llevaba las ventanillas abiertas y cantaba mal una canción antigua. Yo fingía mirar el teléfono.

Sergio había enviado otro mensaje:

Necesito respuesta antes del martes para reservar el puesto.

Vicente había confirmado la notaría:

28 de julio, 10:30. Traer llaves y certificado energético. Dos plazos. Dos formas distintas de cerrar una puerta.

Marta aparcó cerca de una cala desde la que se veía la Isla del Fraile. La roca emergía del agua con una forma baja y compacta. Desde la orilla parecía accesible a nado. Inés dijo que no lo era, lo que me pareció una descripción útil para varias personas que conocía.

Extendimos toallas bajo una sombrilla. El calor empezaba a espesarse. Había familias, parejas y un grupo de adolescentes que transportaba un altavoz con la solemnidad de una reliquia.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Inés mientras se ponía crema.

—Quemarme, al parecer.

—Con el piso.

—Firmar.

—¿Y con el trabajo?

—No lo sé.

—¿Y con Rafa?

—¿Has preparado un formulario?

—Sí. Falta “nivel de negación”, pero ya tengo una estimación.

Marta me lanzó el bote de crema.

—No tienes que resolverlo delante de nosotras —dijo—. Pero podrías dejar de responder como si preguntar fuera una agresión.

Me unté los hombros.

—Rafa cree que elegir algo relacionado con él significa que luego lo culparé.

—Rafa cree que todo regalo lleva escondida una factura —dijo Inés—. No es personal.

—Resulta bastante personal cuando compartes cama.

—Eso sí.

Entramos al agua. Estaba transparente y fría bajo la superficie. Nadé hacia unas rocas, alejándome del ruido. Durante unos minutos solo escuché mi respiración y el golpe pequeño de las olas.

Rafa llegó cerca del mediodía.

Lo vi desde el agua. Caminaba por la arena con una sombrilla al hombro y una nevera portátil. Llevaba un bañador verde oscuro y una camiseta amplia. Saludó a Marta, discutió con Inés sobre dónde colocar la sombra y buscó mi cabeza entre los bañistas.

Cuando me encontró, no sonrió. Tampoco apartó la mirada.

Nadó hasta mí.

—Inés dijo que necesitaban hielo —dijo.

—Una emergencia grave.

—He traído dos bolsas.

—Héroe local.

Flotamos separados por un par de metros. La isla quedaba detrás de él.

—¿Sigues enfadado? —preguntó.

—Sí.

—Yo también.

—Qué bien coordinados.

Rafa se pasó una mano por el pelo.

—No quería escuchar tu conversación.

—Entraste con llave.

—Me la diste para recoger la carpeta si no estabas.

—Estaba.

—Ya me había dado cuenta cuando oí “estoy conociendo a alguien”.

—Podrías haberte marchado.

—Podría haber hecho muchas cosas mejor.

El agua nos movía lentamente hacia las rocas.

—Sergio quiere que vuelva —dije.

—Lo sé.

—No solo por el trabajo.

Rafa miró la isla.

—También lo sé.

—No quiero volver con él.

Su cabeza giró hacia mí.

—¿Estás seguro?

—Sí.

Decirlo en voz alta produjo una claridad inesperada. No porque eligiera a Rafa, sino porque dejaba de usar a Sergio como salida de emergencia.

—El trabajo es otra cosa —añadí—. Es mucho dinero.

—Deberías aceptarlo si lo quieres.

—No sé si lo quiero. Llevo años escribiendo para vender casas a gente que ya tiene demasiadas.

—Eso no convierte tu trabajo en un crimen.

—No he dicho que lo sea.

—Lo dices con la cara.

—Ahora todos habláis de mi cara.

Rafa se acercó un poco, impulsado por una ola.

—No idealices lo mío para sentirte mejor con lo tuyo. Yo mantengo piscinas de apartamentos vacíos. Cobro de la misma gente.

—Tú evitas que se pudran.

—Y tú evitas que los anuncios estén mal escritos. Ambos servimos al imperio del cloro.

Sonreí.

—¿Siempre querías tener tu empresa?

—Quería no depender de mi padre. Luego acabé heredando sus clientes y sus deudas.

—No sabía lo de las deudas.

—No lo sabe casi nadie.

—¿Estás bien?

—Pago cada mes. Trabajo demasiado. Fin de la historia.

—Eso explica por qué aceptas todas las averías.

—También me gusta sentirme necesario.

—Eso sí lo había notado.

Rafa bajó la vista al agua.

—Quiero contratar a Nadir todo el año. Ahora solo viene por temporadas. Es bueno, pero no puedo prometerle horas en invierno.

—La web puede ayudarte a conseguir comunidades nuevas.

—La web tiene un pez muerto.

—La nueva.

—Ah.

—Podría preparar anuncios locales. No de los que odias. Algo útil.

—No odio tus anuncios.

—Los llamas anuncios con estudios.

—Eso es Amparo.

Nos habíamos acercado hasta que nuestros pies se rozaban bajo el agua.

—Gracias —dijo Rafa.

—No es un regalo con factura.

—Estoy intentando creerlo.

—Yo estoy intentando no escribir el final.

Rafa extendió la mano bajo la superficie y me sujetó por la cintura. El contacto quedó oculto para los demás. Su pulgar se movió sobre mi piel.

—La isla parece cerca —dijo.

—Inés dice que no lo está.

—Inés piensa que todo se resuelve nadando más fuerte.

—¿Y tú?

—Yo reparo bombas. No soy filósofo.

—Querías estudiar Historia.

—Error juvenil.

Me atrajo un poco. Nuestros cuerpos se tocaron bajo el agua.

—¿Puedo besarte? —preguntó.

—Pensaba que las preguntas te daban miedo.

—Estoy ampliando servicios.

—Sí.

Nos hundimos hasta que el agua nos cubrió los hombros. Rafa me besó con sal en los labios. No fue un beso urgente, sino reparador, lento, escondido a plena luz. Le rodeé el cuello. Su cuerpo flotaba contra el mío, más ligero de lo que parecía en tierra.

Cuando nos separamos, Inés gritó desde la playa:

—¡La isla tiene menos gente mirando que nosotros!

Rafa cerró los ojos.

—Necesita un segundo bar.

Volvimos a la orilla. Comimos bocadillos, sandía y aceitunas. Rafa se tumbó boca abajo. Yo le extendí crema en la espalda, recorriendo con las manos una piel caliente, salpicada de lunares. Inés dejó de hablar durante treinta segundos, una muestra de discreción casi religiosa.

Después, mientras Marta y ella dormían bajo la sombrilla, Rafa y yo caminamos junto al agua.

—El comprador del piso es Costa Serena —dije—. Quieren convertirlo en turístico.

—Lo imaginaba.

—¿Te molesta?

—Me molesta que todo el edificio se convierta en una recepción sin recepcionista. Pero no es tu responsabilidad arreglar la ciudad.

—¿Qué harías tú?

—No lo vendería.

—Eso ya lo dijiste.

—También dije que era tu decisión.

—¿Lo alquilarías todo el año?

—Podrías. O usarlo algunos meses. O dejarlo vacío mientras decides. No todo tiene que producir inmediatamente.

—Habla el hombre con deudas.

—Precisamente.

Se detuvo.

—No te quedes por mí.

—No he dicho que vaya a hacerlo.

—Pero lo estás pensando.

—Estoy pensando muchas cosas.

—Piensa también en enero. En un martes de lluvia. En mí llegando cansado y de mal humor. En tu trabajo atascado. En Lucía ocupando el sofá. No decidas con el sol en la piel.

—Tú has decidido que no puede funcionar con el sol en la piel.

—No. He decidido que el deseo no paga facturas.

—Tampoco las paga el miedo.

Rafa miró el mar.

—Mañana tengo que hacer fotos del cuarto de máquinas para la web —dijo al cabo de un momento—. Después del cierre.

—Eso no suena erótico.

—No pretendía que lo fuera.

—Mientes fatal.

Una sonrisa apareció bajo su barba.

—A las doce.

—Llevaré la cámara.

—Y zapatos cerrados.

—Qué romántico.

—Seguridad laboral.

Regresamos con los demás. Antes de subir al coche, miré la isla otra vez. Seguía pareciendo cercana. Ya sabía que la distancia no se medía desde la orilla.

En el teléfono tenía un nuevo correo de Sergio y un recordatorio de la notaría.

Los borré de la pantalla sin abrirlos.

No era una decisión.

Pero empezaba a parecerse a una.