CAPÍTULO 13La llamada de Madrid
La llamada de Madrid
Sergio llamó a las ocho y diecisiete de la mañana.
Yo estaba en la cocina con una taza de café y la camiseta de Rafa puesta. Él se había marchado media hora antes, después de besarme junto al frigorífico y dejar dos tostadas cubiertas con un plato para que no se secaran.
Las cosas pequeñas.
Respondí.
—Por fin —dijo Sergio.
Su voz conservaba la capacidad de hacerme enderezar la espalda. Seis años escuchándola habían creado reflejos.
—Estoy ocupado con el piso.
—Eso dijiste hace cuatro días.
—Sigue lleno de cosas cuatro días después.
—No te llamo para discutir.
—Entonces hemos mejorado.
Sergio guardó silencio. Imaginé su apartamento en Chamberí, la cafetera que ganó en la ruptura, los ventanales, la mesa de diseño donde nunca se permitía acumular papeles.
—Mi estudio ha conseguido la cuenta de Bruma —dijo—. Van a lanzar tres complejos en Portugal y uno en Málaga. Necesitamos dirección de contenidos.
—Enhorabuena.
—Quiero que seas tú.
Me apoyé en la encimera.
Bruma era uno de los mayores grupos inmobiliarios con los que habíamos trabajado. El puesto significaba más dinero, equipo propio y una estabilidad que el trabajo freelance no ofrecía. También significaba volver a compartir oficina con Sergio.
—No trabajamos bien juntos —dije.
—Trabajamos demasiado bien. Ese era parte del problema.
—El problema era que solo trabajábamos.
—Lo sé.
Su tono cambió.
—He pensado mucho desde que murió tu padre. En cómo terminé las cosas. En lo fácil que fue llamar madurez a la cobardía.
La palabra me alcanzó desde dos direcciones.
—Sergio...
—No te estoy pidiendo volver. No por teléfono. Solo quiero que cenemos cuando regreses.
Miré la camisa de Rafa colgada en el respaldo de una silla, la que él había cambiado tres veces antes de la comida con Lucía.
—Estoy conociendo a alguien —dije.
Sergio tardó un segundo.
—¿En Águilas?
—Sí.
—Vuelves diez días y encuentras a alguien.
—No lo he encontrado. Vive enfrente.
—Eso es muy de novela.
—Mi vida siempre mejora cuando dejas de editarla.
—No quería sonar así.
—Has sonado exactamente así.
—¿Es serio?
La pregunta era injusta porque yo mismo no sabía formularla.
—Es importante —dije.
—No es lo mismo.
—No.
—¿Te vas a quedar allí?
Miré el calendario de la farmacia, ahora guardado boca abajo sobre la nevera.
—No lo sé.
—La firma es el veintiocho, ¿no?
—Sí.
—Entonces regresas el veintinueve. Podemos cenar el treinta.
La precisión de Sergio siempre había parecido una forma de amor hasta que dejó de parecerlo.
—Te llamaré —dije.
—Daniel, no rechaces el trabajo por una historia de verano.
—No he dicho que vaya a rechazarlo.
—Bien.
—Tampoco la llames historia de verano.
—¿Cómo quieres que la llame?
La puerta del apartamento se abrió.
Rafa entró con su llave inglesa en una mano y una bolsa de pan en la otra. Había olvidado una carpeta de presupuestos. Se detuvo al verme con el teléfono.
—Tengo que dejarte —dije.
—¿Era él? —preguntó Sergio.
—Sí.
Rafa oyó la palabra. Su cara se cerró.
—Hablamos —dijo Sergio.
Colgué.
—Has vuelto —dije.
—La carpeta.
Señaló la mesa. Estaba bajo mi portátil.
—Sergio me ha ofrecido trabajo.
—No tienes que explicarme.
—Quiero explicarte.
Rafa dejó el pan en la encimera y cogió la carpeta.
—Dirección de contenidos. En su estudio. Es una oportunidad importante.
—Me alegro.
—No pongas esa voz.
—¿Cuál?
—La de hombre que ya ha escrito el final y ahora solo espera que los demás lo lean.
—Vuelves a Madrid en ocho días.
—Nueve.
—La firma es el veintiocho. Hoy es diecinueve.
—Has contado bien.
—Felicidades por el trabajo.
Fue hacia la puerta.
—No he aceptado.
Rafa se detuvo, pero no se volvió.
—Tampoco lo has rechazado.
—¿Quieres que lo rechace?
—No quiero ser la razón por la que tomes una decisión de la que me culpes en octubre.
—¿Y si no eres la única razón?
—Llevas aquí diez días.
—Llevo veinte años intentando volver sin saberlo.
Ahora sí se volvió.
—No conviertas lo de tu padre en esto.
—No lo estoy convirtiendo. Ya estaba aquí.
—Estás confundiendo cajas, culpa y deseo.
—Y tú estás usando mi duelo para invalidar cualquier cosa que sienta.
Rafa apretó la carpeta contra el pecho.
—No quiero hacerte daño.
—Pues deja de tratarme como si fuera incapaz de decidir cuánto puedo arriesgar.
—Tú tienes un trabajo, una ciudad, un ex que te ofrece una vida completa.
—Sergio me ofrece un puesto.
—Y una cena.
—No sabía que escuchabas tan bien desde la puerta.
—No hacía falta esforzarse.
—¿Estás celoso?
—No.
—Otra mentira.
—Estoy cansado de competir con una vida en la que tú ya sabes moverte.
—Nadie te ha pedido que compitas.
—Eso es fácil de decir cuando tú tienes todas las salidas.
La frase me hizo callar. Rafa la vio llegar.
—¿Qué significa? —pregunté.
—Que si esto termina, tú vuelves a Madrid. A tu trabajo, a tus amigos, a Sergio si quieres. Yo sigo viviendo a tres metros de un piso vacío que se alquilará por semanas y viendo entrar a gente con maletas.
—No soy responsable de que vivas aquí.
—No he dicho que lo seas.
—Lo has dicho con todo lo demás.
Rafa abrió la puerta.
—Tengo que trabajar.
—Claro.
—No uses eso para ganar la discusión.
—No es una discusión si uno siempre se marcha.
Cerró sin responder.
Me quedé en la cocina con el café frío y las tostadas cubiertas. La bolsa de pan que había traído seguía sobre la encimera. Dentro había una barra, dos napolitanas y un papel doblado.
Era una lista escrita con su letra:
Filtros. Sal. Pan. Café de Daniel. Preguntar hora notaría.
Leí la última línea varias veces.
A mediodía, Vicente envió los documentos definitivos. La empresa compradora se llamaba Costa Serena Patrimonial. El contrato incluía una cláusula por la que el apartamento podía convertirse en alojamiento turístico en cuanto la comunidad lo autorizara.
Llamé a Inés.
—¿Sabes si la comunidad lo aprobará?
—Ya hay cinco apartamentos turísticos. Con este serían seis.
—¿Eso es malo?
—Depende. Para quien cobra trescientos euros por noche en agosto, no. Para quien intenta alquilar todo el año, bastante.
—No necesito un sermón.
—No te lo estoy dando.
—Tu cara tiene libertad de expresión incluso por teléfono.
Inés suspiró.
—Daniel, vender no te convierte en un monstruo. Quedarte tampoco te convierte en un buen hijo. Solo tienes que decidir qué vida quieres financiar con esa decisión.
—No sé qué vida quiero.
—Entonces quizá ese sea el problema, no el piso.
Colgué antes de enfadarme con ella por tener razón.
Por la tarde, abrí la caja de 2020. Era el año del confinamiento. Mi padre había guardado mascarillas, recortes de periódico, una lista de personas a las que llamaba cada semana y una libreta con recetas.
Mi nombre aparecía al principio de cada lista.
Nunca había una marca a su lado.
En la última página había escrito:
Llamar a Daniel cuando todo esto termine.
Debajo, meses después:
No ha terminado.
Cerré la libreta.
El teléfono vibró. Era un correo de Sergio con la propuesta formal. Sueldo, funciones, fecha de incorporación. La cifra era un cuarenta por ciento superior a mis ingresos del año anterior.
En otra pestaña estaba el contrato de venta.
En el rellano, la puerta de Rafa permanecía cerrada.
Por primera vez desde que llegué, las tres salidas parecían abiertas.
Ninguna se parecía a una puerta por la que supiera caminar.