CAPÍTULO 12Cosas pequeñas
Cosas pequeñas
Lucía preparó café para tres y no hizo ninguna pregunta durante nueve minutos.
Fue un acto de generosidad extraordinario.
Rafa y yo aparecimos en la cocina vestidos a toda prisa. Él llevaba la camiseta del revés. Yo había abrochado mal dos botones. Lucía nos entregó las tazas sin mirarnos, abrió una bolsa de magdalenas y consultó el reloj.
—Nueve minutos y catorce segundos —dijo al fin—. Creo que he demostrado madurez.
—No viste nada —respondió Rafa.
—Vi suficiente para necesitar una beca de terapia.
—Lucía.
—Papá, tengo veintitrés años. Sé que los adultos mantienen relaciones sexuales. Algunos incluso sin montar una tragedia griega después.
Me atraganté con el café. Rafa miró la ventana.
—Voy a vender el piso y desaparecer —dije.
—Eso ya estaba en el plan —respondió ella—. Por eso mi padre tiene esa cara.
El silencio cayó sobre la mesa.
Lucía mordió una magdalena.
—Quizá he utilizado la madurez demasiado pronto.
Rafa dejó la taza.
—Tengo que trabajar.
—Es domingo —dije.
—Las piscinas no creen en el descanso.
—Ni en las emociones —añadió Lucía.
—Exacto. Por eso nos llevamos bien.
Se levantó. Antes de salir, me rozó la nuca con la mano. Fue un gesto breve, casi doméstico. Me afectó más que si me hubiera besado delante de su hija.
—Esta tarde —dijo.
—Esta tarde.
Cuando cerró la puerta, Lucía me observó.
—Le gustas.
—Eso parece.
—No. Le gustas de una forma que le da rabia.
—También parece.
—Mi padre cree que si sabe de antemano cómo termina algo, puede evitar sufrir.
—¿Y funciona?
—Míralo.
Lucía recogió las tazas.
—No voy a pedirte que te quedes. Eso sería injusto. Pero tampoco dejes que te trate como un recuerdo antes de tiempo.
—¿Siempre hablas así por la mañana?
—Estudio músculos. La gente se abre por lugares sorprendentes.
Pasamos los tres días siguientes haciendo cosas pequeñas.
Rafa venía a desayunar antes del trabajo. A veces traía pan tostado y tomate; otras, solo su cuerpo aún fresco de la ducha y cinco minutos de sueño pegados a los ojos. Yo le preparaba café. Él abría la ventana de la cocina porque decía que las casas necesitaban oler la mañana.
Lucía regresó a Granada el martes. Antes de subir al autobús, abrazó a su padre y luego a mí.
—No le arregles demasiado —me susurró—. Se vuelve dependiente.
—Te he oído —dijo Rafa.
—Era la idea.
Después de verla partir, caminamos por el paseo marítimo. No nos cogimos de la mano. Águilas no era una ciudad hostil, pero Rafa había pasado demasiados años midiendo gestos. Yo no quise presionarlo.
Fue él quien, al llegar a una calle más tranquila, enlazó sus dedos con los míos.
No dijo nada. Yo tampoco.
Las cosas pequeñas continuaron.
Me enseñó a medir el cloro con un kit de gotas que parecía un laboratorio infantil. Yo le diseñé una página web nueva para NAVARRO MANTENIMIENTOS porque la suya tenía un pez animado y un número de fax.
—El pez transmite confianza —protestó.
—El pez transmite 2006.
—Fue un buen año.
—Para los tonos de llamada.
Hicimos fotografías de su trabajo. En una, Rafa aparecía junto a una piscina con los brazos cruzados. La camiseta se ajustaba al pecho y el sol resaltaba la plata de su barba.
—Esta —dije.
—Parezco enfadado.
—Pareces competente.
—Estoy enfadado con el skimmer.
—El cliente no necesita saberlo.
—La honestidad era importante para ti.
—No en las fotos corporativas.
Rafa me miró y sonrió.
Dormíamos juntos, alternando el sofá y mi antiguo dormitorio. Desde la noche en que Lucía nos descubrió, él se quedaba hasta el amanecer. Algunas veces hacíamos el amor. Otras solo hablábamos, o nos dormíamos con las piernas entrelazadas y el aire acondicionado demasiado frío.
Aprendí que roncaba cuando estaba boca arriba, que odiaba el cilantro y que no podía dejar un armario entreabierto. Él aprendió que yo leía los mensajes tres veces antes de enviarlos, que necesitaba música para trabajar y que guardaba los recibos de los cafés aunque nunca los reclamaba.
—Tienes costumbres de anciano —dijo.
—Tú escuchas la radio local a las seis de la mañana.
—Información comunitaria.
—Ayer dieron el precio del calabacín.
—Información esencial.
El jueves vino Vicente, el agente inmobiliario.
Llevaba pantalones beige, una carpeta azul y un perfume que llegó al apartamento antes que él. Recorrió el salón tomando fotografías y hablando de “optimizar los tiempos”. La empresa compradora quería adelantar la firma dos días.
—El precio se mantiene —dijo—. Y ellos asumen el vaciado final. Puedes dejar muebles.
Rafa estaba en la cocina reparando el grifo. No tenía por qué estar allí. Había ido a devolverme una llave inglesa y descubierto una fuga que yo no había visto.
—¿Alquiler turístico? —preguntó desde debajo del fregadero.
Vicente se inclinó para mirarlo.
—Apartamentos de corta estancia con experiencia mediterránea.
—Turístico —tradujo Rafa.
—Es un mercado fuerte.
—También una medusa.
—¿Perdón?
—Nada.
Yo firmé un documento para aceptar el cambio provisional de fecha. Mientras lo hacía, sentí la mirada de Rafa desde la cocina.
—Veintiocho de julio —dijo Vicente—. A las diez y media en la notaría. Después de eso, transferencia y llaves.
—Perfecto.
La palabra sonó demasiado alta.
Vicente se marchó. Rafa cerró el grifo, guardó las herramientas y limpió el agua del suelo.
—No tienes que poner esa cara —dije.
—¿Cuál?
—La hemos heredado los dos, al parecer.
—Es tu piso.
—Sí.
—Tu decisión.
—Sí.
—Y una buena oferta.
—Rafa.
—¿Qué quieres que diga?
—Algo que no suene como una factura pagada.
Se sentó en el borde de la encimera.
—Quiero que no lo vendas.
La sinceridad me dejó quieto.
—No porque crea que vas a quedarte —continuó—. Ni porque piense que una semana cambia una vida. Quiero que no lo vendas porque Ernesto te dejó un lugar y tú todavía no sabes si lo necesitas.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Formas parte de ese lugar?
Rafa bajó la mirada.
—No sé qué lugar ocupo dentro de doce días.
—Diez —corregí.
—Ves. Hasta tú cuentas.
—Porque has convertido el calendario en un tercer hombre metido en la cama.
—No puedo fingir que no existe.
—Tampoco puedes usarlo para decidir ahora por mí.
Rafa se levantó.
—Tengo trabajo.
—Siempre tienes trabajo cuando algo se vuelve difícil.
—Y tú siempre tienes una frase preparada.
—Es mi profesión.
—Pues escribe una donde esto salga bien.
Cogió la bolsa y fue hacia la puerta.
—Podría —dije.
Se detuvo.
—Pero tendría que saber qué quieres tú.
Rafa no se volvió.
—Yo quiero cosas pequeñas —dijo—. Café por la mañana. Alguien que cierre los armarios. Saber qué cena el martes. No dieciocho días que parezcan una vida y luego se conviertan en una fotografía.
—Eso no es pequeño.
—Lo sé.
Cerró la puerta.
Aquella tarde abrí la caja de 2018. Dentro encontré una carpeta con copias de todos los correos que yo había enviado a mi padre durante los últimos diez años.
Eran pocos.
En el margen de cada uno, Ernesto había anotado la fecha en que pensaba responder.
No había respondido a ninguno.
En el último, escrito después de mi ruptura con Sergio, yo le decía:
Quizá vaya este verano. No prometo nada.
Mi padre había subrayado la frase.
Al lado escribió:
Preparar la habitación.