El vecino que llegaba mojado CAPÍTULO 11El peso exacto de un cuerpo
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CAPÍTULO 11El peso exacto de un cuerpo

El peso exacto de un cuerpo

A las doce y ocho, Rafa llamó con dos golpes suaves.

Abrí antes del tercero.

Llevaba una camiseta blanca, pantalones cortos y sandalias. El pelo estaba mojado. En una mano sostenía una bolsa pequeña; en la otra, dos calcetines enrollados.

—Inventario completo —dijo.

—Llegas ocho minutos tarde.

—La piscina se resiste a cerrar cuando sabe que tengo planes.

—Deberías establecer límites profesionales.

—Eso intento.

Lo dejé entrar. Esta vez no se detuvo en el recibidor ni miró la gorra de mi padre. Dejó la bolsa sobre una silla y me besó.

No hubo urgencia. Su boca encontró la mía como si retomara una conversación interrumpida. Le rodeé la cintura. Rafa me abrazó, apoyando todo el cuerpo contra mí. El peso me obligó a dar un paso atrás y me gustó.

—¿Está Lucía dormida? —pregunté.

—Ha salido con Inés.

—¿Inés se lleva a hijas ajenas de fiesta?

—Al parecer, es un servicio del bar.

—Entonces podríamos ir a tu casa.

Rafa se apartó apenas.

—Podríamos.

—Pero no quieres.

—No he llevado a nadie desde el divorcio.

La confesión no era romántica. Era una puerta cerrada.

—No hace falta —dije.

—No es por ti.

—Ya sé. Todo lo difícil ocurrió antes de que yo llegara.

Rafa me miró con cansancio.

—No conviertas eso en una competición.

—No lo hago.

—Un poco sí.

Tenía razón. Lo odié durante medio segundo.

—Quédate aquí —dije—. Pero quédate de verdad.

—¿Qué significa?

—Que no salgas corriendo cuando termine. Que no uses a Sergio, Madrid o el calendario como alarma.

Rafa respiró hondo.

—Puedo intentarlo.

—No quiero que lo intentes mientras buscas los pantalones.

—Daniel.

—Sí o no.

—Sí.

La palabra me aflojó algo dentro del pecho.

Volví a besarlo. Le quité la camiseta y apoyé la cara contra su cuello. Olía a jabón y cloro, pero también a calor, a trabajo, a él. Besé la marca del sol sobre su hombro.

—¿Te has duchado en la piscina? —pregunté.

—Sí.

—Entonces llegabas mojado incluso antes de vivir enfrente.

—Es una marca personal.

—Tienes demasiadas estrategias de marca para alguien que desprecia mi trabajo.

—No lo desprecio. No lo entiendo.

—Yo tampoco algunos días.

Rafa empezó a desabrocharme la camisa. Sus dedos, tan seguros con cables y tuberías, tropezaron con un botón.

—Estás nervioso —dije.

—Tengo derecho.

—No he dicho que no.

—La primera vez fue fácil porque podía llamarla error.

—¿Y esta?

Terminó con el botón. Abrió la camisa y deslizó las manos sobre mi pecho.

—Esta ya es una decisión.

Nos quedamos mirándonos.

—Entonces decide —susurré.

Rafa me llevó al salón. Había preparado el sofá con una sábana, pero él negó con la cabeza.

—No podemos seguir comportándonos como adolescentes castigados.

—La cama no.

—Lo sé.

Cogió dos cojines del sofá y los llevó al dormitorio pequeño, el que había sido mío. Yo apenas había entrado desde que llegué. Conservaba un escritorio estrecho, una estantería vacía y una cama individual con colchón nuevo. Mi padre la había comprado años después de que yo dejara de visitarlo.

—¿Seguro? —preguntó Rafa.

Miré las paredes. Ya no estaban los pósteres ni las marcas de cinta adhesiva. Aun así, el cuarto conservaba la proporción de mi adolescencia.

—Sí —dije—. Aquí sí.

Extendimos una sábana. Rafa abrió la ventana y entró una corriente ligera. Desde abajo llegaba el olor a jazmín del jardín comunitario.

Nos desnudamos sin prisa. Esta vez pude mirarlo entero.

Rafa se quedó de pie junto a la cama, expuesto bajo la luz tenue del pasillo.

Su cuerpo no era simétrico ni joven. Tenía marcas de sol, una cicatriz en el costado, estrías claras junto al vientre y vello gris empezando a mezclarse con el oscuro.

Su deseo se alzaba pesado entre las piernas.

No había nada que corregir.

Me acerqué y pasé las manos desde sus hombros hasta sus caderas.

—No hagas esa cara —dijo.

—¿Cuál?

—La de estar evaluando.

—Estoy memorizando.

—Te vas en...

Le tapé la boca con la mano.

—Prometiste no usar el calendario.

Rafa besó mi palma.

—Tienes razón.

—Dilo otra vez.

—No abuses.

Sonrió. Le quité la mano y lo besé.

Caímos sobre la cama. El colchón protestó bajo el peso de los dos. Rafa se quedó inmóvil.

—¿Aguantará? —preguntó.

—Mi padre compraba muebles como si esperara un terremoto.

—No esperaba esto.

—Nadie compra una cama pensando en el vecino.

—Deberían incluirlo en las especificaciones.

La risa se convirtió en un beso. Después en otro. Nuestras piernas se entrelazaron. Rafa pasó la mano por mi espalda y me atrajo hasta que quedé sobre él. Su vientre me sostuvo. Me moví lentamente, sintiendo su excitación contra la mía.

Rafa cerró los ojos.

—Mírame —dije.

Los abrió.

—Te gusta mandar.

—Solo cuando finges que no quieres.

—No estoy fingiendo.

Sus manos bajaron hasta mis nalgas y guiaron el movimiento. El roce hizo que ambos perdiéramos el aliento. Lo besé en la mandíbula, en el cuello, en el pecho. Detuve la boca sobre uno de sus pezones y sentí cómo se endurecía bajo mi lengua.

—Eso —dijo, casi sin voz.

Volví a hacerlo. Rafa arqueó la espalda. Verlo responder me excitaba tanto como el contacto. Había pasado años quizá tratando su cuerpo como un vehículo que debía funcionar, no como un lugar capaz de placer.

Descendí por su vientre. Besé las estrías. Él intentó incorporarse.

—No tienes que...

—No tengo que hacer nada.

—Daniel.

—Quiero.

Lo tomé en la boca. Rafa dejó caer la cabeza sobre la almohada. Sus dedos se cerraron en la sábana. Empecé despacio, aprendiendo el ritmo de su respiración, la forma en que sus muslos se tensaban cuando mi lengua encontraba un punto sensible.

Me acarició el pelo.

—Para —dijo al cabo de un momento.

Me detuve y levanté la cabeza.

—¿Todo bien?

—Sí. Ven.

Me atrajo hacia arriba y me hizo rodar hasta quedar sobre mí. Su cuerpo cubrió el mío. El peso era exacto: suficiente para sentirme contenido, nunca atrapado.

—Quiero darte algo —dijo.

—Ya me estás dando bastante.

—No bromees.

Su seriedad cambió el aire.

Rafa abrió la bolsa que había dejado junto a la cama. Sacó preservativos, lubricante y una toalla pequeña. Los colocó al alcance.

—¿Quieres? —preguntó.

Entendí.

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí. Pero despacio.

—Todo lo despacio que necesites.

Me besó mientras me preparaba con paciencia. No había espectáculo en sus gestos, solo atención. Preguntó cada vez que cambió la presión. Yo respondí sin vergüenza, corrigiendo, pidiendo más o menos. El deseo no disminuyó al hablar; se volvió más profundo porque cabía la verdad dentro.

Cuando estuvo listo, Rafa se colocó el preservativo. Se arrodilló entre mis piernas y volvió a mirarme.

—Todavía puedes decir que no.

—Y tú todavía puedes dejar de advertirme.

Sonrió, nervioso.

—No prometo nada.

Lo atraje por la nuca.

—Ven.

Entró en mí lentamente.

La primera presión fue intensa. Respiré contra su boca. Rafa se detuvo de inmediato.

—¿Bien?

—Espera.

Esperó. No se movió, aunque todo su cuerpo temblaba por contenerse. Le acaricié la espalda, sintiendo la fuerza bajo la piel. Cuando la tensión cedió, moví las caderas.

—Ahora.

Rafa avanzó un poco más. El placer se abrió paso junto a la incomodidad, transformándola.

Me besó la frente, los párpados, la boca.

Cada movimiento era lento, profundo, acompañado por una pregunta silenciosa que yo respondía con las manos, con las piernas alrededor de su cintura, con mi cuerpo aceptándolo.

—Mírame —dijo él.

Lo hice.

No había prisa en sus ojos. Había hambre, sí, pero también algo que se parecía demasiado a la ternura y por eso daba más miedo.

Rafa empezó a moverse con un ritmo constante. La cama crujió. El aire cálido de la ventana rozó mi piel húmeda. Yo sentía su vientre contra mis muslos, el peso de su pecho, el roce de su barba cada vez que me besaba.

El placer creció hasta volverse difícil de contener. Me acaricié entre nuestros cuerpos. Rafa bajó la mano y cubrió la mía, ayudándome a seguir el ritmo.

—No cierres los ojos —murmuró.

—Tú tampoco.

Llegué mirándolo. El orgasmo me atravesó en oleadas, contrayéndome alrededor de él. Rafa perdió el ritmo. Emitió un sonido grave y escondió la cara en mi cuello mientras su cuerpo se tensaba.

Permanecimos unidos, respirando.

Después se retiró con cuidado, se ocupó del preservativo y volvió a la cama. Yo esperaba, sin querer admitirlo, el ruido de la ropa, la alarma invisible.

Rafa se tumbó de lado y me rodeó con un brazo.

—Sigo aquí —dijo.

—No he preguntado.

—Tu cuerpo sí.

Apoyé la cabeza en su pecho. El corazón le latía rápido bajo el vello.

—¿Qué peso tienes? —pregunté.

—¿Ahora vas a hacer un informe?

—Curiosidad.

—Ciento doce kilos.

—Parecen menos.

—Eso no es posible.

—Quiero decir que no pesas cuando estás así.

Rafa pasó los dedos por mi espalda.

—Todo pesa, Daniel.

—No de la misma manera.

Nos quedamos callados. Afuera, un coche atravesó la calle. Alguien cerró una persiana.

—La cama la compró tu padre el año pasado —dijo Rafa.

Levanté la cabeza.

—¿Cómo lo sabes?

—Le ayudé a subir el colchón.

—¿Por qué compró una cama para una habitación que nadie usaba?

—Dijo que la vieja estaba hundida.

—Eso no responde.

—No.

—¿Pensaba que iba a volver?

Rafa miró el techo.

—Creo que quería que pudieras hacerlo.

La ternura de hacía un momento se mezcló con dolor.

—Siempre preparaba el lugar y nunca hacía la llamada.

—Sí.

—Eso no es amor suficiente.

—No.

Agradecí que no lo contradijera.

Rafa me acarició el pelo.

—Pero puede ser amor —añadió—. Mal hecho. Cobarde. Insuficiente. Aun así, amor.

—No sé qué hacer con eso.

—No tienes que saberlo esta noche.

—Hablas como las cajas.

—Estoy aprendiendo de ellas.

Me dormí sobre su pecho.

Cuando desperté, entraba luz por la ventana. Rafa seguía allí, boca arriba, con una mano apoyada en mi cintura. Su cara dormida parecía más joven y más cansada. Había dejado de contar durante unas horas.

Me moví. Él abrió los ojos.

—Buenos días —dijo.

—Te has quedado.

—Prometí intentarlo.

—Dijiste que sí.

—Entonces he cumplido una promesa. No se lo cuentes a nadie.

La puerta del apartamento se abrió.

Oímos la voz de Lucía desde el recibidor.

—Papá, tu puerta está abierta y no estás, así que he decidido comprobar si te ha secuestrado el técnico del aire...

Rafa se incorporó de golpe.

Yo miré la puerta del dormitorio.

Lucía apareció en el umbral, se detuvo y nos contempló desnudos bajo una sábana demasiado pequeña.

—Bien —dijo—. El técnico está a salvo.

Cerró la puerta con delicadeza.

Rafa se tapó la cara con ambas manos.

—Voy a mudarme de ciudad.

Desde el pasillo, Lucía gritó:

—¡Hay café cuando terminéis de morir!

Yo empecé a reír. Rafa intentó resistirse, pero acabó riendo conmigo, todavía rojo bajo la barba.

Por primera vez desde que llegué, el futuro no parecía una cuenta atrás.

Parecía una habitación en la que alguien había dejado la puerta abierta.