El vecino que llegaba mojado CAPÍTULO 10Una mesa para cinco
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CAPÍTULO 10Una mesa para cinco

Una mesa para cinco

Marta preparó arroz para doce personas y sentó a cinco.

—Es una medida de seguridad —explicó mientras dejaba la paellera en el centro de la mesa—. Nunca se sabe cuándo Inés va a invitar a un equipo de balonmano.

—O cuándo Daniel va a empezar a comer por ansiedad —dijo Inés.

—Estoy perfectamente.

—Has doblado la servilleta seis veces.

La desdoblé.

Comíamos en el patio trasero de La Escama, bajo una pérgola de cañas. Era sábado. El local cerraba al mediodía durante las semanas de más calor y reabría al anochecer. Las paredes conservaban el fresco y olían a piedra húmeda, limón y sofrito.

Lucía se sentó a mi derecha. Rafa, enfrente. Desde la discusión del día anterior no habíamos estado a solas. Nos habíamos cruzado dos veces en el rellano: una con bolsas de basura y otra con Amparo entre nosotros. En ambos casos, la logística había salvado nuestra cobardía.

—Quiero dejar constancia —dijo Lucía— de que mi padre ha cambiado de camisa tres veces para esta comida.

Rafa sirvió agua.

—Quiero dejar constancia de que puedes regresar a Granada andando.

—La primera era demasiado formal —continuó ella—. Parecía que venía a solicitar un préstamo. La segunda tenía una mancha.

—No tenía una mancha.

—Era una sombra con textura.

Inés miró la camisa azul clara que llevaba Rafa.

—Esta es buena. Transmite solvencia y disponibilidad emocional.

—Voy a comer en otra mesa —dijo él.

—No hay otra mesa —respondió Marta—. Las he retirado por seguridad.

Yo intenté no sonreír. Rafa me miró y la tensión de su cara cedió un poco.

Comimos. El arroz tenía conejo, verduras y un fondo ahumado que me devolvió a las comidas familiares de la infancia. Lucía contó historias de sus prácticas en una clínica. Inés se quejó de un proveedor. Marta escuchaba a todos y llenaba vasos antes de que alguien notara que estaban vacíos.

Rafa hablaba poco, pero con su hija se transformaba.

Le preguntaba por un examen, por una compañera de piso, por una molestia en la muñeca.

Recordaba nombres y fechas. Cuando Lucía apartó el pimiento del plato, él lo recogió con el tenedor y se lo comió sin comentarlo, como si llevara toda la vida completando los bordes de su hija.

Me pregunté si mi padre había hecho algo parecido conmigo. Seguro que sí. El duelo tiene una forma cruel de conservar los fallos y borrar los gestos pequeños.

—¿Cuánto tiempo te quedas? —preguntó Marta a Lucía.

—Hasta el martes. Después vuelvo a Granada y regreso en agosto con mi madre.

—¿Ana viene? —preguntó Inés.

—A una boda. Papá está preparando una gripe estratégica.

—No tengo ningún problema con verla —dijo Rafa.

—Entonces la fiebre de treinta y nueve que anunciaste era entusiasmo.

—Tu madre y yo nos llevamos bien.

Lucía dejó el tenedor.

—Os lleváis civilizadamente. No es lo mismo.

Rafa bebió agua.

—La civilización es un gran invento.

—¿Tú conociste a Ana? —me preguntó Lucía.

—No.

—Es estupenda. También da miedo. Creo que por eso funcionaron veinte años.

—Lucía —advirtió Rafa.

—No estoy revelando secretos. Todo el mundo sabe que mamá organiza hasta las discusiones por orden del día.

—A veces un orden del día ayuda —dijo Marta.

Inés la miró.

—No en nuestras discusiones.

—Especialmente en las nuestras.

Lucía se volvió hacia mí.

—¿Y tú? ¿Pareja?

Rafa levantó los ojos.

—No —dije—. Terminé una relación el año pasado.

—¿Mucho tiempo?

—Seis años.

—Eso es casi una hipoteca.

—Teníamos una cafetera compartida.

—Más difícil de repartir.

—Se la quedó él.

—Entonces ganó la ruptura.

Rafa soltó una risa. Le miré. Había algo suave en sus ojos que no estaba allí durante nuestras conversaciones privadas.

—Sergio quiere hablar —dije, sin saber por qué lo añadía.

La suavidad desapareció.

—¿El ex? —preguntó Lucía.

—Sí.

—¿Quieres volver?

—No lo sé.

Rafa dejó el vaso sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—Una respuesta sensata —dijo.

—No estaba pidiendo tu evaluación.

—No te la he cobrado.

Lucía miró de uno a otro.

—Definitivamente era coqueteo agresivo.

—Comed —ordenó Marta.

Durante unos minutos solo se oyeron cubiertos. Yo me arrepentí de haber mencionado a Sergio. No porque debiera ocultarlo, sino porque lo había lanzado sobre la mesa como una piedra para comprobar qué ventana se rompía.

Después del arroz, Inés sacó café y helado. Lucía se levantó para ayudar a Marta. Rafa recogió platos. Yo fui tras él a la cocina.

—No necesito que te pongas celoso de un hombre que no está aquí —dije en voz baja.

Rafa dejó los platos en el fregadero.

—No estoy celoso.

—Mientes fatal.

—Estoy intentando no convertirme en un cliché.

—Vas tarde. Eres un vecino con barba que repara cosas y nada de noche.

—Tú eres el madrileño que vuelve al pueblo con heridas familiares y una camisa de lino.

Miré mi camisa.

—Es algodón.

—Peor todavía.

Nos quedamos frente a frente en la cocina. Desde el patio llegaban las voces de las tres mujeres.

—Lo de ayer —dijo Rafa—. No supe hacerlo mejor.

—Podrías haber empezado por no irte.

—Sí.

—¿Por qué lo hiciste?

Secó sus manos con un paño.

—Porque estaba bien. Demasiado bien. Y después vi el mensaje de Sergio y recordé que tú tienes una vida en la que yo no existo.

—Acabo de llegar. Claro que no existes.

—Exacto.

—Eso puede cambiar.

Rafa negó con la cabeza.

—No digas cosas que el calor hace parecer sencillas.

—¿Siempre decides qué parte de lo que digo es auténtica?

—No. Solo intento recordar que dentro de doce días volverás a Madrid y yo seguiré aquí limpiando cabellos de filtros.

—Qué imagen tan seductora.

—Es mi estrategia de marca.

Sonreí, aunque seguía enfadado.

—No quiero prometerte nada —dije—. Tampoco quiero que conviertas la ausencia de promesa en una despedida anticipada.

Rafa apoyó las manos en la encimera, a ambos lados de mi cuerpo, sin encerrarme.

—¿Qué quieres?

La pregunta era sencilla. La respuesta no.

—Quiero volver a tocarte sin que te vistas como si hubiera una alarma.

Su mirada descendió a mi boca.

—Eso es bastante concreto.

—Trabajo con mensajes claros.

—Anuncios.

—Textos publicitarios.

Rafa se acercó un poco más.

—Lucía duerme en mi casa hasta el martes.

—Mi casa sigue enfrente.

—La casa de tu padre.

—Por eso dormimos en el sofá.

La memoria de su cuerpo sobre el mío cruzó la cocina.

—Esta noche —dijo.

—¿Es una pregunta?

—Sí.

—Entonces sí.

—Después de cerrar la piscina.

—Otra inspección técnica.

—Esta vez revisaré el interior.

La frase me hizo reír y excitarme al mismo tiempo.

—Eso ha sido terrible.

—Llevo años sin practicar.

Inés asomó la cabeza por la puerta.

—¿Necesitáis un orden del día?

—Necesitamos que te vayas —dijimos a la vez.

—Progreso —respondió ella.

Después de comer, Lucía quiso ver las cajas. Subimos al apartamento los cinco. Ella examinó el reproductor de casete y escuchó un fragmento de la voz de mi madre.

—Tu padre tenía uno igual —le dije.

—Lo sé. Graba notas de voz para acordarse de comprar tornillos y luego no las escucha.

Rafa abrió la boca para protestar.

—Tienes cuarenta y siete audios sin reproducir —añadió ella.

—Mi teléfono me juzga demasiado.

En la caja de 2011, Lucía encontró un sobre con una fotografía de Rafa y mi padre junto a la piscina. Ernesto llevaba su gorra beige. Rafa sostenía una tumbona rota. Ambos estaban empapados.

—La leyenda —dije.

Rafa se llevó una mano a la cara.

—No puede ser.

En el reverso, mi padre había escrito:

Rafa me sacó. Yo salvé la tumbona.

Todos nos reímos, incluido Rafa. Yo miré la fotografía durante mucho tiempo. Mi padre sonreía de un modo que no recordaba. No era el hombre del hospital ni el de las llamadas breves. Era alguien mojado, ridículo y vivo.

—Puedes quedártela —dijo Rafa.

—Es mi caja.

—Me refería a que no necesito copia.

—Yo sí —dijo Lucía, fotografiándola con el móvil—. Esta irá a la felicitación de su cumpleaños.

Rafa intentó quitarle el teléfono. Ella escapó alrededor de la mesa. Él la persiguió, riendo. Durante unos segundos, el apartamento dejó de ser un mausoleo y se convirtió en una casa llena de gente.

Cuando todos se fueron, encontré un mensaje de Rafa.

Rafa vecino: Medianoche. Sin averías.

Miré el reloj. Faltaban ocho horas.

Respondí:

Yo: Trae el calcetín que perdiste.

Su contestación llegó de inmediato.

Rafa vecino: Esta vez pienso perder los dos.