CAPÍTULO 9Lo que se oculta a plena luz
Lo que se oculta a plena luz
A la mañana siguiente, Rafa no estaba mojado.
Tampoco estaba en el ascensor, en el portal ni junto a la piscina. Lo busqué sin admitir que lo buscaba. A las nueve, su furgoneta ya no estaba aparcada. A las diez, un muchacho con auriculares limpiaba las hojas del agua. A las once, el contacto RAFA VECINO seguía sin escribir.
Yo tampoco lo hice.
La dignidad sirve para muy pocas cosas, pero ocupa mañanas enteras.
Desmonté el armario del dormitorio, llené cuatro bolsas para donar y respondí a Sergio con un mensaje cuidadosamente neutro:
Estoy con el piso. Hablamos cuando vuelva.
Él contestó casi enseguida.
Preferiría antes. Hay una propuesta de trabajo que también te afecta.
No pregunté cuál. Cerré la conversación y abrí la caja de 2011.
Aquel año mi padre había guardado una revista donde aparecía una campaña que yo escribí para una compañía de trenes, una postal que nunca le envié y un reproductor de casete pequeño. Había tres cintas, numeradas con rotulador.
Metí la primera.
La voz de mi madre llenó el salón.
—Ernesto, no tapes el micrófono. Daniel, di algo para tu tía.
Después se oyó mi voz infantil, quizá de seis años:
—No quiero.
—Di dónde estamos.
—En la playa.
—¿Y qué has hecho hoy?
—Nada.
Mi madre se rio.
—Este niño va a ser diplomático.
Tuve que detener la cinta.
La casa quedó demasiado silenciosa. Me senté en el suelo, con el aparato entre las manos.
Había olvidado el ritmo de su voz. Recordaba palabras, gestos, incluso la forma en que pronunciaba mi nombre cuando estaba enfadada, pero no aquella música cotidiana.
Mi padre la había guardado en una caja mientras yo pasaba años intentando no necesitarla.
Llamaron a la puerta.
El corazón me dio un salto idiota.
Era una mujer joven con una mochila, una maleta pequeña y el mismo gesto de Rafa al levantar una sola ceja.
—¿Daniel? —preguntó.
—Sí.
—Soy Lucía. La hija de Rafa.
Tendría veintitrés años, tal como él había dicho. Llevaba el pelo rizado recogido en un moño y una camiseta verde con manchas de viaje. Me tendió la mano.
—Encantado.
—Igualmente. ¿Está mi padre contigo?
—No.
Lucía miró la puerta de enfrente.
—No responde. Me dijo que hoy trabajaba cerca.
—Ha salido temprano.
—Claro. Porque avisar de que llegaba a las once habría requerido mirar uno de los doce mensajes que le envié.
Sacó el teléfono y llamó. Detrás de la puerta de Rafa sonó un móvil.
—Perfecto —dijo—. Se lo ha dejado en casa.
—Puedo intentar localizarlo por la empresa.
—No te preocupes. Tengo llave.
Abrió el piso A y arrastró la maleta dentro. Antes de cerrar, me miró con curiosidad.
—Mi padre dijo que había vuelto el hijo de Ernesto.
—Ese soy yo.
—También dijo que te había arreglado el aire cuatro veces en la misma conversación.
—Solo una.
—Por eso me llamó la atención.
Sonrió y cerró.
Volví al reproductor, pero ya no pude escuchar. La presencia de Lucía al otro lado cambiaba el significado del rellano. Rafa tenía una vida completa que no empezaba cuando yo abría la puerta. Era obvio. También era incómodo.
A las doce y media llegó su furgoneta. Lo vi desde el balcón. Bajó con dos bolsas de productos químicos y una caja. Lucía apareció en el portal y le dio un abrazo que casi le hizo soltarlo todo. Él se quedó inmóvil un segundo, luego la estrechó con ambos brazos.
Yo retrocedí antes de que me vieran.
Cinco minutos después, llamaron.
Rafa estaba frente a mí. Llevaba la camiseta de trabajo seca, polvo en los zapatos y una expresión difícil de leer.
—Lucía ha llegado antes —dijo.
—Me he dado cuenta.
—Pensaba que venía el viernes.
—Hoy es viernes.
Miró el teléfono que llevaba ahora en la mano.
—Al parecer, también me lo había dicho.
—Las tecnologías modernas son implacables.
—Daniel...
—No tienes que explicar nada.
—No estaba ocultándote.
—No he dicho eso.
—Lo estás diciendo con la cara.
—Ah. La famosa cara.
Rafa apoyó la mano en el marco, pero no entró.
—Anoche me fui mal.
—Te fuiste vestido a medias. Técnicamente, fue bastante eficiente.
—No hagas bromas para que no pueda disculparme.
—No hagas disculpas que no cambian el comportamiento.
Su mandíbula se tensó.
—¿Qué comportamiento quieres que cambie después de una noche?
—El de hablarme como si yo ya te hubiera abandonado.
—No he dicho eso.
—Lo dices cada vez que cuentas los días.
Rafa miró hacia su puerta. Desde dentro llegaba la voz de Lucía hablando por teléfono.
—No puedo hablar ahora.
—Por supuesto.
—No porque ella no sepa que soy gay.
—No he pensado eso.
—Sí lo has pensado.
—He pensado que no quieres que me vea aquí.
—Acaba de presentarse en tu puerta.
—Porque te buscaba a ti.
—Daniel, mi hija no es un examen que tengas que aprobar esta mañana.
—Y yo no soy una avería que puedas dejar para cuando tengas un hueco.
Nos miramos, los dos demasiado orgullosos para retroceder.
La puerta de Rafa se abrió.
Lucía apareció con dos tazas.
—He encontrado café para una persona y una sustancia para desatascar tuberías —dijo—. ¿Interrumpo una discusión o un coqueteo agresivo?
—Una discusión —respondimos a la vez.
—Bien. El coqueteo agresivo antes del café me preocupa.
Le tendió una taza a su padre. Luego me ofreció la otra.
—Esta es la bebible.
—Gracias.
Rafa la miró.
—¿Por qué él recibe la buena?
—Porque ha contestado a la puerta.
Lucía se apoyó en el marco de su casa y nos observó.
—Papá, Inés ha dicho que vayamos a comer mañana. Marta hará arroz. Daniel también está invitado.
—No sé si podrá —dijo Rafa.
—Puedo —respondí.
—Perfecto —dijo Lucía—. Así puedo averiguar por qué mi padre ha mencionado tanto un aire acondicionado.
Rafa cerró los ojos.
—Voy a necesitar otra hija.
—No te da tiempo. Tienes cuarenta y nueve.
—Gracias.
Lucía volvió al piso.
Rafa permaneció frente a mí con el café en la mano.
—No me avergüenzo de ti —dijo en voz baja.
—No nos conocemos lo suficiente para eso.
—No me avergüenzo de desearte.
La frase era más directa que cualquier cosa que hubiera dicho desde la noche anterior.
—Entonces, ¿qué?
—Me avergüenza lo fácil que ha sido.
Yo bajé la vista a la taza. El café temblaba apenas.
—Eso no es un cumplido.
—No pretendía que lo fuera. Es la verdad.
—Tu verdad sigue sonando como un castigo para mí.
Rafa dio un paso atrás.
—Mañana, a las dos. En La Escama.
—Allí estaré.
—Bien.
Cruzó el rellano. Su hija abrió antes de que pudiera usar la llave.
—Habéis tardado demasiado para un beso y demasiado poco para una reconciliación —dijo Lucía.
—Métete dentro.
—Eso confirma la discusión.
La puerta se cerró.
Yo llevé el café al salón. Estaba fuerte y amargo, pero era bebible. Me senté frente al reproductor y pulsé de nuevo el botón.
La voz de mi madre regresó.
—Daniel, dile algo a tu padre.
Mi voz de niño respondió:
—Que venga al agua.
Hubo un ruido, una risa lejana y después la voz de Ernesto:
—Ahora voy.
La cinta siguió girando.
No se oyó que entrara.