El vecino que llegaba mojado CAPÍTULO 8Agua caliente
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CAPÍTULO 8Agua caliente

Agua caliente

Durante el camino de regreso hablamos poco.

No porque faltaran cosas, sino porque todas parecían demasiado grandes para la cabina de la furgoneta. Mi mano seguía sobre la de Rafa. Cada vez que cambiaba de marcha, sus dedos se movían bajo los míos y el contacto volvía a empezar.

Al entrar en Águilas, la una de la madrugada había vaciado las avenidas. Pasamos junto a terrazas donde aún quedaban vasos, sillas torcidas y camareros levantando un día agotado. El aire que entraba por la ventanilla estaba tibio.

Rafa aparcó frente al edificio. Apagó el motor, pero ninguno abrió la puerta.

—Podemos dejarlo aquí —dijo.

—Podemos.

—Ha sido una buena noche.

—Sí.

—No hace falta complicarla.

—No.

Lo miré. Él miró mi boca.

—Eres muy malo defendiendo tus argumentos —dije.

—Tú eres el publicista.

—Redactor.

—Véndeme la idea.

Me incliné y lo besé.

Rafa soltó el cinturón con una mano. La otra fue a mi nuca. En el espacio estrecho de la furgoneta, el beso se volvió torpe, urgente y demasiado breve. Mi rodilla chocó contra la palanca. Él se rio contra mis labios.

—Esta parte no estaba en la presentación —murmuró.

—Es una demostración de producto.

—El producto tiene treinta y cinco años y se va en trece días.

—El producto está perdiendo la paciencia.

Salimos.

El ascensor estaba en el sexto. Lo llamamos y esperamos sin tocarnos, como dos desconocidos que acababan de compartir una carretera. Cuando las puertas se abrieron, Rafa señaló las escaleras.

—No pienso quedar atrapado contigo ahora.

—Cobarde.

—Práctico.

Subimos cuatro plantas. En el primer rellano ya respirábamos más rápido. En el segundo, Rafa puso la mano en mi cintura al pasar. En el tercero, lo empujé contra la pared y lo besé de nuevo.

Su espalda golpeó suavemente el azulejo.

Le sujeté la barba, sintiendo el vello áspero entre los dedos.

Rafa me rodeó con ambos brazos y me pegó a él.

Su cuerpo era cálido y firme. Noté su deseo contra mi cadera, evidente bajo el pantalón de trabajo, y el mío respondió con una intensidad que me hizo olvidar dónde estábamos.

—Cuarto —dijo contra mi boca.

—Estamos en el tercero.

—Por eso.

Llegamos arriba riendo sin hacer ruido. Las dos puertas nos esperaban frente a frente.

—¿La tuya o la mía? —pregunté.

Rafa miró su cerradura. Luego la gorra de mi padre al otro lado, visible en mi recibidor porque yo había dejado encendida la luz.

—La tuya —dijo.

No pregunté por qué.

Entramos. Cerré con llave. El apartamento estaba fresco, pero yo seguía sintiendo la carretera en la piel. Rafa se quedó junto a la puerta, como si aún pudiera cambiar de opinión.

Me acerqué.

—Antes de seguir —dijo.

—Dime.

—No quiero que hagamos nada que luego conviertas en una manera de no pensar en tu padre.

—No puedes decidir para qué deseo a alguien.

—Puedo preguntar.

—No quiero dejar de pensar en nada. Quiero estar aquí.

Rafa sostuvo mi mirada.

—¿Seguro?

—Sí.

—Y si quieres parar...

—Te lo diré.

—Yo también.

—¿Alguna otra cláusula?

—Hablamos de protección.

Lo hicimos. Con la misma claridad con que dos hombres adultos deberían hablar antes de entregarse el cuerpo: pruebas recientes, preservativos, límites, palabras que no parecían eróticas hasta que fueron pronunciadas en voz baja y con nuestras bocas a pocos centímetros.

Cuando terminamos, le desabroché el primer botón de la camisa.

—Ahora bésame —dije.

Rafa obedeció.

Esta vez no hubo ninguna prudencia que fingir.

Me empujó suavemente hacia el pasillo mientras me besaba.

Yo fui abriendo botones, descubriendo el pecho que llevaba días imaginando.

La camisa cayó junto al perchero. Pasé las manos por sus hombros, por la espalda ancha, por el vientre. Rafa se tensó cuando lo acaricié allí.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—Mientes fatal.

Desvió la mirada.

—No tengo el cuerpo de los hombres con los que pareces salir en las fotos.

La frase llevaba años esperando dentro de él.

—No estoy tocando una foto.

Apoyé ambas manos sobre su barriga. La piel era suave sobre una estructura sólida. Me gustó el peso, el calor, la forma en que su respiración movía mis dedos.

—Mírame —dije.

Rafa lo hizo.

—Llevo cuatro días intentando no mirar este cuerpo. No me obligues a fingir ahora que lo tengo delante.

Sus ojos cambiaron. Algo defensivo cedió.

Me quitó la camiseta y recorrió mi torso con las palmas. Sus manos eran ásperas en algunos puntos, cuidadosas en otros. Se detuvo en la cicatriz del abdomen.

—Apendicitis —dije.

—Yo tengo una peor.

—¿Dónde?

—Tendrás que ganártela.

—Creía que no eras romántico.

—No lo soy.

Me besó el cuello. La barba raspó mi piel y luego su lengua calmó el roce. Incliné la cabeza, dejándole espacio. Su boca descendió hasta mi pecho. Sentí los labios, el calor de su aliento, la presión de sus dientes apenas contenida. Mis dedos se cerraron en su pelo.

—Rafa.

Pronunciar su nombre fue una forma de pedir más.

Él levantó la cabeza.

—¿Sí?

—Sí.

Desabrochó mi pantalón. Sus nudillos rozaron mi vientre. Yo hice lo mismo con el suyo. Durante un instante permanecimos de pie, medio vestidos, respirando demasiado rápido y sonriendo por la torpeza de las cremalleras.

—Esto era más elegante en las rocas —dije.

—En las rocas todavía conservabas dignidad.

—Tú has perdido un calcetín.

Rafa miró al suelo. Llevaba un pie desnudo y otro no.

—No sé cómo ha ocurrido.

—La luna llena.

La risa nos liberó de la necesidad de parecer perfectos.

Fuimos al dormitorio. Me detuve en la puerta. La cama de mi padre seguía hecha, intacta.

—Aquí no —dije.

Rafa no preguntó. Volvimos al salón y extendí una sábana limpia sobre el sofá. El gesto habría podido resultar absurdo, pero él entendió.

Nos tumbamos. El sofá era estrecho. Su cuerpo quedó parcialmente sobre el mío y el peso me gustó. Lo rodeé con las piernas. Rafa me besó despacio, luego más abajo, deteniéndose en cada lugar como si necesitara aprenderlo.

Cuando su mano me tomó, el placer me arrancó el aire. Cerré los ojos.

—Mírame —dijo él, devolviéndome la frase.

Abrí los ojos.

Rafa me observaba con una mezcla de deseo y atención que me hizo sentir expuesto de una forma nueva. No buscaba una actuación. Quería saber qué me ocurría.

Movió la mano lentamente. Yo arqueé la espalda. Lo besé para contener un gemido y él sonrió contra mi boca.

—¿Así? —preguntó.

—No pares.

—No era esa la pregunta.

—Sí. Así.

Lo acaricié a mi vez. Era grueso, caliente, pesado en mi mano. Rafa dejó caer la frente sobre mi hombro y respiró mi nombre. La vulnerabilidad de aquel sonido encendió algo más profundo que el deseo.

Nos exploramos sin prisa y sin fingir que no teníamos hambre. Su boca bajó por mi abdomen. La barba rozó mi piel antes de que sus labios me envolvieran. El placer fue inmediato, brillante. Le sujeté el pelo, no para dirigirlo, sino para asegurarme de que era real.

Rafa levantó la mirada. Verlo entre mis piernas, con la boca húmeda y los ojos atentos, deshizo la última reserva que me quedaba.

—Ven aquí —dije.

Lo atraje hacia mí. Lo besé, saboreándome en su lengua. Después invertimos las posiciones. Me arrodillé junto al sofá y recorrí su vientre con la boca. Besé cada pliegue, cada zona que él había aprendido a esconder. Cuando llegué más abajo, Rafa dejó escapar una maldición.

—¿Está bien? —pregunté.

—Más que bien.

Lo tomé en la boca despacio. Sus manos se aferraron al borde del sofá. Sentí cómo intentaba contenerse, cómo su cuerpo se tensaba y cedía. Me gustaba tenerlo así: grande, fuerte y sin ninguna herramienta con la que arreglar lo que le estaba ocurriendo.

—Daniel —dijo—. Para. Un segundo.

Me detuve de inmediato.

Rafa se incorporó. Me atrajo hacia su pecho y me besó con una intensidad casi dolorosa.

—Quiero verte —murmuró.

Nos tumbamos de lado, frente a frente. Nuestras manos volvieron a encontrarse entre los cuerpos. El placer creció al mismo ritmo, alimentado por la mirada, por las respiraciones que se mezclaban, por el roce de su vientre contra el mío.

Rafa llegó primero. Cerró los ojos, pero los abrió enseguida, como si no quisiera perderme. Yo lo seguí poco después, con su mano firme y su boca sobre la mía.

Durante unos segundos no existió el apartamento, la venta, Madrid ni ningún calendario. Solo el sonido del aire acondicionado y dos cuerpos intentando recuperar el aliento.

Rafa apoyó la cabeza en mi pecho. Le acaricié el pelo húmedo.

—¿La cicatriz? —pregunté.

—Eres persistente.

—Publicidad.

—Redacción.

—Aprendes.

Tomó mi mano y la llevó a su costado derecho. Allí, bajo el vello, había una línea irregular de varios centímetros.

—Una chapa de metal —dijo—. Trabajando con mi padre. Tenía veintidós años.

Recorrí la cicatriz con un dedo.

—¿Te dolió?

—Mucho menos que decírselo. Me había advertido que usara guantes.

—Los padres disfrutan teniendo razón.

—Los hijos disfrutamos sangrando para demostrar que no.

Besé la cicatriz.

Rafa se quedó inmóvil. Luego me abrazó con fuerza.

No sé cuánto tiempo permanecimos así. Quizá diez minutos. Quizá una vida breve y suficiente.

Mi teléfono vibró sobre la mesa.

La pantalla se iluminó con un mensaje de Sergio:

He pensado mucho en nosotros. Llámame cuando puedas.

Rafa lo vio.

Su cuerpo cambió antes de que se apartara.

—No tienes que irte —dije.

—Es tarde.

—Eso era verdad hace una hora.

Se sentó y empezó a vestirse. Encontró el calcetín bajo la mesa.

—Rafa.

—Ha estado bien.

—No digas eso como si acabaras de revisar una bomba.

—No sé qué quieres que diga.

—La verdad sería novedosa.

Se puso la camisa sin abrocharla.

—La verdad es que esto no cambia nada.

La frase me golpeó con una precisión que él debió de ver.

—No te he pedido que cambie nada.

—Todavía.

—No soy Ana. Ni Óscar. Ni cualquier hombre que te haya pedido sitio.

—Lo sé.

—No lo parece.

Rafa cogió sus llaves.

—Te vas en trece días.

—Doce y medio —dije, furioso.

Él cerró los ojos.

—No hagas eso.

—Tú empezaste a contar.

—Buenas noches, Daniel.

Cruzó el rellano casi desnudo bajo la camisa abierta. Su puerta se cerró.

Yo me quedé en el salón, junto a la sábana arrugada y la taza rota que mi padre había guardado porque no supo llamarme.

El teléfono volvió a vibrar.

No respondí a Sergio.

Tampoco llamé a la puerta de Rafa.

Pero aquella noche comprendí algo que ninguna caja había conseguido enseñarme: los hombres que temen ser abandonados suelen marcharse primero.