CAPÍTULO 7La carretera del cabo
La carretera del cabo
La taza llevaba la palabra MADRID en letras rojas. Yo se la había regalado a mi padre en una gasolinera cuando tenía veintiséis años, después de una visita que duró menos de cuarenta y ocho horas. Recordaba haber pensado que era un regalo ridículo. Él había guardado incluso los trozos del asa.
No entendí por qué estaban en una caja en lugar de en la basura.
El cuaderno tenía una dedicatoria en la primera página.
Para las cosas que todavía tengas que contar.
No estaba firmada.
Cerré la caja.
Rafa había dejado el carro plegado junto a la puerta. También una nota escrita en el reverso de un recibo:
Lo recojo mañana. No abras todo de golpe. Las cajas también necesitan respirar.
Debajo había dibujado una cara con barba. Parecía una patata hostil.
Le hice una foto y se la envié.
Yo: Tu autorretrato necesita trabajo.
Tardó media hora en responder.
Rafa vecino: Es un plano técnico.
Yo: ¿De qué?
Rafa vecino: De una depuradora decepcionada.
Yo: Se parece a ti.
Rafa vecino: Las depuradoras tienen dignidad.
Me descubrí sonriendo al teléfono. La sonrisa desapareció cuando entró una llamada de Sergio.
No respondí.
Sergio y yo habíamos terminado nueve meses antes, después de seis años juntos y una conversación de once minutos en una cafetería demasiado bonita.
Él dijo que nos habíamos convertido en socios de una empresa sin producto.
Yo dije que al menos las cuentas estaban claras.
Fue la frase más cruel que se me ocurrió y también la más exacta.
Seguíamos escribiéndonos. Él preguntaba por mi padre, por el piso, por el trabajo. Yo respondía con cortesía. La cortesía es el pasillo de los sentimientos cuando nadie quiere entrar en las habitaciones.
A las ocho, Rafa llamó a la puerta.
Llevaba el polo de trabajo, pantalones manchados de sal y el pelo húmedo. Siempre parecía llegar de algún tipo de agua.
—Vengo por el carro —dijo.
—Pensaba que era una excusa para volver.
—Puedo irme y regresar con otra.
—No sería creíble.
Entró. Vio la caja abierta en la mesa.
—Has encontrado la taza.
—¿La viste?
—Ayudé a recogerla.
—¿Cómo se rompió?
—Tu padre la tiró contra la pared.
La respuesta no encajaba con el hombre que yo conocía. Mi padre guardaba la rabia igual que los recibos: doblada y fuera de la vista.
—¿Por qué?
—Había intentado llamarte.
—No tenía ninguna llamada suya.
—No llegó a pulsar el botón. Se enfadó consigo mismo.
Miré la caja.
—Y después guardó los trozos.
—Sí.
—Eso es absurdo.
—Mucho.
—¿Estabas allí?
—Habíamos tomado café. Me pidió que le enseñara a hacer una videollamada. Luego dijo que era tarde, dejó el teléfono y al levantarse golpeó la taza.
—¿La tiró o la golpeó?
Rafa vaciló.
—La golpeó.
—Antes has dicho que la tiró.
—La historia sonaba mejor.
—No necesito que suene mejor.
—Tienes razón.
El enfado me subió con rapidez.
—Deja de decidir qué versión puedo soportar.
—No estaba haciendo eso.
—Llevas días haciéndolo. Me cuentas lo justo, luego cierras la puerta. Te acercas, te apartas. Me dices que pregunte y después te molesta que pregunte.
Rafa dejó el carro en el suelo.
—No te debo una biografía completa porque te haya arreglado el aire.
—No he dicho eso.
—No, pero quieres que en cuatro días te entregue todas las piezas y además queden ordenadas.
—Tú me invitaste a la piscina.
—Sí.
—Tú pusiste la frente contra la mía.
—Sí.
—Tú me has tocado cada vez que podías fingir que no era importante.
Rafa apretó la mandíbula.
—También sí.
—Entonces deja de comportarte como si esto estuviera ocurriendo solo en mi cabeza.
Dio un paso hacia mí.
—No está ocurriendo solo en tu cabeza.
—Demuéstralo.
Nos quedamos frente a frente. El zumbido del aire acondicionado llenaba el salón. Rafa miró mi boca y luego la puerta abierta del pasillo.
—Tengo que ir a Cabo Cope —dijo.
Me reí, incrédulo.
—Claro. Otra piscina.
—Un aljibe. Pero agradezco que mantengas la tradición.
—Vete.
—Ven conmigo.
—¿Qué?
—Tengo que comprobar una bomba en una casa rural. Tardaré una hora. Luego podemos cenar en Calabardina.
—¿Eso es una cita?
—Es una avería con comida.
—Tu romanticismo necesita mantenimiento.
—No soy romántico.
—Lo he deducido por la invitación al aljibe.
Rafa cogió el carro.
—Salgo en diez minutos.
—No he dicho que vaya.
—Te espero abajo nueve.
Se marchó.
Tardé ocho minutos en cambiarme.
La furgoneta de Rafa olía a sal, café y goma caliente. En la parte trasera sonaban herramientas cada vez que tomaba una curva. Había una fotografía de Lucía sujeta al salpicadero con cinta adhesiva. Aparecía con una bata blanca y una mueca exagerada.
—¿Enfermera? —pregunté.
—Estudia fisioterapia. La bata era de una amiga. Le gusta confundir a la familia.
—Parece eficaz.
—Demasiado.
Salimos de la ciudad. La carretera avanzaba entre lomas secas, invernaderos y ramblas. El sol descendía hacia un paisaje color cobre. Rafa conducía con una mano en el volante y la otra apoyada cerca de la palanca de cambios. Yo miraba sus dedos cada vez que cambiaba de marcha.
—¿Vas a seguir observando mi técnica? —preguntó.
—Estoy evaluando el servicio.
—La inspección no era vinculante.
—Aprendes rápido.
La casa rural estaba aislada junto a una ladera. Mientras Rafa revisaba el aljibe, yo esperé bajo una higuera, escuchando las chicharras. Lo vi arrodillarse junto a una tapa, hundir los brazos en una tubería y trabajar con la concentración de quien conoce el idioma de las averías.
—¿Cómo acabaste haciendo esto? —pregunté cuando terminó.
—Mi padre era fontanero. Yo quería estudiar Historia.
—No te imagino de profesor.
—Por eso no estudié Magisterio.
—¿Qué historia te gustaba?
—La de la gente que no sale en las estatuas. Diarios, cartas, oficios. Cómo vivía alguien mientras otro decidía qué guerra empezaba.
—Las cajas de mi padre te habrían encantado.
—No son mías para disfrutarlas.
Cerró la tapa del aljibe.
—Cuando Ana se quedó embarazada, necesitábamos dinero. Empecé a trabajar con mi padre. Luego él enfermó. Después siempre había una razón para posponerlo.
—¿Te arrepientes?
Rafa se limpió las manos con un trapo.
—De algunas cosas. Del oficio no. Me gusta arreglar lo que tiene una causa.
—Las personas no suelen tener una sola.
—Por eso cobro por las bombas.
Cenamos en un local pequeño frente al mar. Compartimos calamares, tomate con bonito y una cerveza sin alcohol porque Rafa conducía. La conversación fue fácil hasta que dejó de serlo.
—¿Quién es Sergio? —preguntó.
Yo había dejado el teléfono sobre la mesa. El nombre acababa de encenderse en la pantalla.
—Mi ex.
—¿El de las fotos?
—Sí.
—Parecía guapo.
—Lo es.
—Eso ha sonado rápido.
—La ruptura no me dañó la vista.
—¿Por qué terminasteis?
—Porque llevábamos años eligiendo restaurantes y evitando decisiones.
—¿Lo echas de menos?
—A veces.
Rafa sonrió ante su propia palabra.
—Ahora entiendo lo irritante que es.
—¿Y tú? ¿Óscar?
—No llegamos a vernos.
—¿Nunca?
—Una vez conduje hasta Lorca. Aparqué delante de un bar. Lo vi entrar y me fui.
—¿Por qué?
—Porque era real. Mientras estaba en el teléfono, podía pensar que el problema era no haber encontrado al hombre adecuado. Si entraba, tenía que admitir que el problema era la vida que había construido.
—¿Volvisteis a hablar?
—Le dije que había pinchado una rueda.
—Mientes peor que yo.
—Con esfuerzo he mejorado.
Después de cenar, en lugar de regresar, Rafa tomó una carretera estrecha junto al mar. Llegamos a una explanada desde la que se veía la silueta oscura de Cabo Cope. No había farolas. El cielo estaba lleno de estrellas.
—¿Otra avería? —pregunté.
—La luna llena. Te avisé de que la gente hacía estupideces.
Bajamos de la furgoneta. El aire olía a tomillo seco y sal. Caminamos hasta unas rocas. Abajo, el mar golpeaba con una cadencia profunda.
Rafa se sentó. Yo me acomodé a su lado.
—Cuando era niño —dijo—, mi padre me traía aquí. Me enseñaba constelaciones inventadas porque no conocía ninguna de verdad.
—¿Cuál es esa?
Señalé un grupo de estrellas.
—La llave inglesa.
—Previsible.
—Y aquella es la factura impagada.
—Hermosa.
—Se ve mejor en agosto.
Nos reímos. Luego el silencio volvió, pero no pesaba.
—Mi madre decía que el mar de noche era un animal durmiendo — dije.
—Tenía razón.
—También decía que tú eras un insolente.
Rafa me miró.
—¿Te acuerdas de mí?
—No. Pero ahora puedo inventarlo.
—Yo sí te recuerdo. Eras un crío flaco que leía en la piscina y miraba con odio a cualquiera que salpicara el libro.
—Los libros no saben nadar.
—Tu padre tampoco y sobrevivió.
Le di un empujón con el hombro. Rafa no se apartó. Dejó que nuestros brazos quedaran juntos.
—¿Por qué te gustan los hombres que se van? —pregunté.
—Inés habla demasiado.
—Eso no es respuesta.
—Porque los que se quedan pueden pedir cosas.
—¿Qué cosas?
—Que les haga sitio. Que cambie. Que explique. Que prometa.
—Terrible.
—No te burles.
—No lo hago.
Rafa miró el mar.
—Cuando salí del armario pensé que todo se volvería sencillo. Que decir la verdad una vez me convertiría automáticamente en un hombre sincero. Pero solo había aprendido una verdad. Las demás seguían costando.
—¿Y qué verdad te cuesta ahora?
Giró la cabeza hacia mí.
—Que llevo cuatro días pensando en besarte.
El corazón me golpeó una vez, con fuerza.
—Yo llevo tres —dije—. El primer día estaba demasiado ocupado con el ascensor.
Rafa levantó una mano y me tocó la cara. Su pulgar pasó por mi pómulo. No había celosía, puerta ni bañador heredado entre nosotros.
—Puedes decir que no —murmuró.
—Podrías dejar de advertirme.
—Daniel.
—Sí.
Me besó.
Lo hizo despacio al principio, con una cautela que duró apenas un segundo. Su boca estaba caliente y sabía a limón. Le sujeté la camiseta a la altura del pecho. Él deslizó la mano hasta mi nuca y profundizó el beso.
El deseo no llegó como una explosión. Ya estaba allí. El beso solo abrió la compuerta.
Rafa respiró contra mi boca. Su barba me raspó la piel. Me acerqué más, hasta sentir su vientre contra el mío, el peso de su muslo, la fuerza contenida de su brazo alrededor de mi espalda. Lo besé con hambre y con rabia por todas las veces que se había apartado.
Él respondió. Me mordió suavemente el labio inferior. Yo emití un sonido que el mar se llevó.
Cuando nos separamos, seguíamos tan cerca que nuestras narices se tocaban.
—Eso ha sido una estupidez —dijo.
—Muy técnica.
—No pienso disculparme.
—Sería ofensivo.
Volvió a besarme, esta vez sin cautela.
Mis manos encontraron su cintura. Debajo de la camiseta, la piel estaba caliente. Rafa se estremeció cuando mis dedos rozaron su espalda. Su cuerpo era amplio, real, lleno de lugares donde quedarse.
Nos detuvimos antes de perder la capacidad de hacerlo. No porque no quisiéramos seguir, sino porque estábamos sobre unas rocas, a veinte minutos de casa, y la dignidad conserva a veces un último hilo.
Rafa apoyó la frente contra la mía.
—Trece días —dijo.
—Deja de contar.
—No sé.
—Aprende.
En el camino de vuelta, su mano descansó sobre la palanca de cambios. Coloqué la mía encima.
No la retiró en toda la carretera.