CAPÍTULO 6Las cajas de Ernesto
Las cajas de Ernesto
La camisa era blanca con rayas azules y tenía una quemadura de cigarrillo en el puño izquierdo.
Yo no fumaba. Mi padre sí, aunque durante años sostuvo que solo encendía un cigarrillo cuando estaba nervioso. Eso convertía su paquete diario en un parte clínico.
Recordaba aquella camisa porque mi madre me la había comprado para una entrevista de trabajo. Recordaba la tarde en que volví a usarla, dos años después de su muerte, cuando me senté frente a mi padre en la cocina y dije:
—Estoy saliendo con un chico.
Él miró el cenicero. Luego la ventana. Después preguntó si el chico tenía coche.
—Sí —respondí.
—Mejor —dijo—. Los autobuses de Madrid son un lío.
No hubo insultos ni amenazas. Tampoco abrazo, pregunta o intento de pronunciar el nombre de aquel chico. A veces el daño no entra derribando una puerta. A veces se sienta contigo, mira por la ventana y cambia de conversación.
Me marché de Águilas un mes más tarde.
La camisa estaba doblada sobre un cuaderno, dos entradas de cine y una bolsa con conchas.
Debajo encontré fotografías del instituto, cartas de la universidad, recibos de envíos que no recordaba y una agenda pequeña.
En la primera página mi padre había escrito: COSAS DE DANIEL. Las anotaciones eran breves.
14 septiembre. Llama. Ha llegado bien.
3 noviembre. Primer trabajo en cafetería. No le gusta.
22 diciembre. Dice que no viene.
Pasé las hojas con un nudo bajo el esternón.
Algunas fechas no contenían nada. Otras registraban detalles que yo había olvidado contarle: un examen, una mudanza, la gripe de un novio.
Quizá se los había dicho a mi tía y ella a él.
Quizá me había escuchado mejor de lo que yo creía. Ninguna posibilidad arreglaba los años.
En el fondo de la caja había una fotografía enmarcada. Yo tenía dieciocho años y estaba sentado en el paseo marítimo junto a mi madre. Ella llevaba un pañuelo rojo en el pelo. Mi padre había hecho la foto.
La llevé al apartamento.
A las tres de la tarde, el timbre sonó. No esperaba a nadie. Rafa estaba al otro lado con una bolsa de hielo apoyada en el hombro.
—Amparo ha decidido que el pescado superviviente debe celebrarse con gazpacho —dijo—. Me ha enviado a buscar pan y me ha ordenado comprobar que sigues vivo.
—¿Y la bolsa de hielo?
—La nevera del tercero ha desarrollado un trauma.
Vio la caja abierta en el suelo del salón.
—Has cumplido.
—No trabajo para ti.
—Menos mal. Pago fatal.
Dejó la bolsa en la cocina. Se acercó a la fotografía sin tocarla.
—Tu madre —dijo.
—Y yo cuando todavía creía que una camisa de rayas era elegante.
—Era 2004. Todos cometimos delitos textiles.
—¿Tú qué llevabas?
—No pienso facilitar pruebas.
Le enseñé la agenda.
Rafa leyó dos líneas y me la devolvió.
—No sabía que hacía eso.
—Parece que nadie sabía casi nada de él.
—Él tampoco.
Me senté en el sofá. La caja desprendía un olor a cartón, polvo y un perfume antiguo que podía haber sido de mi madre.
—Guardó la camisa —dije.
—¿Qué camisa?
—La que llevaba cuando salí del armario.
Rafa miró la prenda extendida sobre una silla.
—¿Fue mal?
—No hizo nada.
—A veces eso es hacerlo mal.
—Me preguntó si mi novio tenía coche.
Rafa soltó aire por la nariz, no exactamente una risa.
—Ernesto tenía un talento especial para esconderse dentro de preguntas prácticas.
—¿Tú cómo se lo dijiste a tu familia?
—Mal.
—Eso no es una historia.
—Es un resumen excelente.
Se apoyó en la pared. El sol de la tarde entraba por las rendijas de la persiana y le dibujaba franjas claras en el cuerpo.
—Ana encontró mensajes en mi teléfono —dijo—. No había quedado con nadie. Todavía. Pero llevaba meses hablando con un hombre de Lorca. Le contaba cosas que no había sabido contarle a mi mujer en veinte años.
—¿Quién era?
—Se llamaba Óscar. Tenía pareja, dos perros y una facilidad irritante para saber qué preguntar.
—¿Te enamoraste?
—Me enamoré de poder hablar. Lo confundí con él.
Rafa se cruzó de brazos.
—Ana me enfrentó. Le dije que no significaba nada. Luego que era una etapa. Luego que quizá era bisexual. Dije todas las frases que retrasaban diez minutos la verdad.
—¿Y Lucía?
—Tenía quince años. Nos oyó discutir. Al día siguiente me dejó una nota debajo de la puerta: “No me importa quién te guste. Me importa que no nos mientas”.
—Con quince años.
—Siempre ha sido más adulta que yo.
—No parece difícil —dije, intentando suavizarlo.
Rafa sonrió sin alegría.
—No.
Quise preguntarle qué ocurrió con Óscar, pero alguien golpeó la puerta abierta. Amparo entró con una jarra de gazpacho y tres vasos.
—Ya que estáis los dos —dijo—. A beber vitaminas.
Nos sentó a la mesa como si fuéramos niños castigados. El gazpacho estaba muy frío y sabía a tomate, pepino y demasiado ajo. Amparo observó la caja.
—Esa fue la primera —dijo.
—¿Ayudaste a mi padre? —pregunté.
—Yo le conseguía algunas cosas. Recortes, fotos que subías. Una vez imprimí una entrevista entera y se acabó el tóner en la página siete. Tu padre estuvo tres días enfadado con la impresora.
—¿Por qué una caja por año?
Amparo se encogió de hombros.
—Porque no sabía mandártelo.
—Podría haberlo intentado.
—Sí.
Otra persona habría añadido una justificación. Ella bebió gazpacho.
—¿Qué hay en las demás? —pregunté.
—Cosas tuyas. Cosas de tu madre. Cosas que él pensaba que te pertenecerían algún día.
—¿Y por qué no las dejó arriba?
—Porque cada vez que pensaba llamarte, le entraba vergüenza. Y cada vez que le entraba vergüenza, bajaba otra caja. Los hombres de su generación construían monumentos con lo que no decían.
Rafa miró el vaso.
—No solo los de su generación —dijo.
Amparo le dio una palmada en el hombro.
—Tú todavía estás a tiempo de construir algo con ventanas.
Luego se marchó con la jarra, satisfecha de haber repartido comida y profecías.
—Es agotadora —dije.
—Y eso que hoy está tranquila.
Rafa se levantó.
—Tengo que irme. Hay una depuradora que pierde agua en Calabardina.
—¿Todas tus frases son metáforas involuntarias?
—Solo cuando estás cerca.
Se hizo un silencio.
—Puedo ayudarte a subir las cajas mañana —añadió.
—No necesito subirlas todas.
—No. Pero necesitas saber que puedes.
—Eso ha sonado peligrosamente sensato.
—No se lo cuentes a nadie.
Fue hacia la puerta. Yo lo seguí.
—Rafa.
Se volvió.
—Lo de esta mañana. En el balcón.
—Sí.
—Me dijiste que no era el momento.
—Dije que no era ahora.
—¿Hay diferencia?
—Ahora ya es otro ahora.
—Eso no ayuda.
—No pretendía ayudarte.
Estábamos en el recibidor, junto a la gorra de mi padre. El aire acondicionado soplaba desde el salón. Rafa levantó la mano y me tocó el cuello, justo donde la camisa dejaba la piel al descubierto.
No me besó.
—Esta tarde tengo trabajo —dijo.
—Empiezo a pensar que tus piscinas son una excusa.
—Son siete. Créeme, no necesito inventarlas.
Su pulgar se movió una vez sobre mi garganta. Sentí el latido contra su piel.
—Mañana termino a las siete —dijo—. Podríamos bajar las cajas.
—Subir.
—Lo que sea que hagamos con ellas.
—¿Y después?
—Después se hace de noche.
Retiró la mano y se marchó.
Yo cerré la puerta, apoyé la nuca contra la madera y me insulté en silencio por haber esperado un beso de un hombre que llevaba dos días diciéndome que no confiaba en los hombres que se iban.
Al día siguiente, a las siete y cinco, Rafa apareció con un carro plegable y dos botellas de agua.
Bajamos al trastero. No hizo preguntas cuando me detuve ante las doce cajas. Cargó tres, aseguró las cuerdas y tiró del carro por el pasillo. Yo llevé una cuarta.
—Podrías haberme dicho que pesaban tanto —dijo en el ascensor.
—Pensaba que eras técnico de todo.
—No de tu infancia.
—Nadie lo fue.
—Eso explica muchas cosas.
El ascensor se estremeció entre el segundo y el tercero.
—No vuelvas a atraparme aquí —dije.
—Esta vez llevas cuatro cajas. Estás provocándolo.
Llegamos al cuarto sin incidentes. Repetimos el viaje dos veces. En el último, Rafa sudaba. Una mancha oscura se extendía por su pecho. Al dejar la caja de 2015 en el salón, se secó la frente con el borde de la camiseta y mostró el vientre.
Mi cuerpo respondió con una claridad poco diplomática.
Rafa lo vio.
No dijo nada. Bajó la camiseta lentamente.
—Queda una —dijo.
—Puedo traerla yo.
—No pesa mucho.
—¿Cómo lo sabes?
—Es la última que bajé con tu padre.
Volvimos al trastero. La caja de 2025 era más pequeña. Dentro sonaba algo de cristal. Rafa se agachó para cogerla, pero yo puse la mano encima.
—¿Qué te dijo ese día?
Él permaneció inclinado, cerca de mí.
—Que estaba cansado.
—¿Algo más?
—Que quizá había esperado demasiado.
—¿Para qué?
Rafa levantó la vista.
—No lo explicó.
—A veces.
—A veces —repitió.
Nuestras manos seguían sobre la caja. La suya cubría parte de la mía.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Qué esperas demasiado?
Rafa se incorporó. El pasillo del trastero era estrecho. Su cuerpo quedó delante del mío, bloqueando la salida sin intención de hacerlo.
—No empieces una pregunta si no quieres la respuesta.
—La quiero.
—No me conoces.
—Entonces deja de usar eso como excusa y cuéntame algo.
—Te he contado más en tres días que a hombres con los que he dormido meses.
—No sé si eso habla bien de mí.
—No habla bien de nadie.
Su voz había bajado. Yo podía ver el pulso en su cuello, el sudor junto a su sien.
—Bésame —dije.
Rafa cerró los ojos un instante.
—Daniel.
—No es una pregunta difícil.
—Precisamente por eso.
—No voy a romperme.
—No me preocupa que te rompas.
—¿Entonces qué?
Abrió los ojos.
—Que me acostumbre.
El pasillo parecía haberse quedado sin aire.
Me acerqué. Nuestros pechos casi se tocaron.
—Me voy en catorce días —dije.
—Lo sé.
—Puedes contar hasta entonces.
—Eso hago.
Cogió la caja y salió del trastero.
Yo lo seguí con el corazón golpeándome las costillas y una certeza incómoda: Rafa no tenía miedo de desearme.
Tenía miedo de que el deseo durara más que yo.