El vecino que llegaba mojado CAPÍTULO 5El apagón
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CAPÍTULO 5El apagón

El apagón

A las cuatro y nueve de la madrugada me despertó el silencio.

No el silencio habitual de una casa vacía, sino otro más denso, fabricado por la ausencia repentina de motores. El aire acondicionado había dejado de zumbar. El ventilador estaba inmóvil. En el salón, el reloj del microondas no mostraba ninguna hora.

Me incorporé en el sofá.

—No puede ser.

Pulsé un interruptor. Nada.

Abrí la puerta del apartamento. El rellano estaba oscuro, salvo por la luz verde de emergencia. Al otro lado, la puerta de Rafa se abrió al mismo tiempo. Apareció en calzoncillos y camiseta, con una linterna en la mano.

—Te juro que no he tocado nada —dijo.

Mi mirada descendió antes de que pudiera detenerla. Sus calzoncillos eran negros, ajustados, y no dejaban demasiado espacio a la imaginación recién despertada.

Rafa bajó la linterna hacia su cuerpo.

—¿Buscas el cuadro eléctrico?

—Estaba comprobando que llevabas calzado adecuado.

Miró mis pies descalzos.

—La inspección no es vinculante, imagino.

En el tercero se abrió otra puerta.

—¡Rafa! —gritó Amparo—. Se ha ido la luz.

—Me había parecido.

—La nevera está llena de pescado.

—Han pasado treinta segundos.

—El pescado no entiende de paciencia.

Otras puertas empezaron a abrirse. En dos minutos, Rafa se había puesto unos pantalones cortos y descendía hacia el cuadro general seguido por tres vecinos que iluminaban el camino con sus teléfonos. Yo me quedé apoyado en la barandilla, observándolo asumir el mando sin levantar la voz.

—Sube a tu casa —me dijo al pasar—. Esto puede tardar.

—Puedo ayudar.

—¿Sabes distinguir un diferencial de una tostadora?

—Depende de la tostadora.

—Sube.

Lo seguí.

El problema no estaba en el edificio. Toda la calle había quedado a oscuras. Desde el portal se veía una hilera de ventanas negras y personas asomadas a los balcones. Al fondo, el mar continuaba reflejando la luna como si la electricidad fuera una costumbre humana sin importancia.

Rafa llamó a la compañía y recibió una grabación. Amparo apareció con un abanico, un camisón de flores y una bolsa térmica.

—He salvado el pescado —anunció.

—Estoy orgulloso —dijo Rafa.

—Hay sitio en mi congelador portátil para dos helados. Los demás tendremos que sacrificarlos.

A las cuatro y media, siete vecinos comíamos polos derritiéndose en el portal. Un niño del segundo consideraba el apagón la mejor noche de su vida. Su padre no compartía el entusiasmo. Amparo repartía servilletas y teorías sobre la red eléctrica nacional.

Yo me senté en un escalón. Rafa se colocó a mi lado con un helado de limón.

—Tu primer verano de vuelta y la infraestructura decide impresionarte —dijo.

—La hospitalidad murciana es intensa.

—Todavía no has visto una junta de propietarios.

El helado se le derritió sobre los dedos. Se los llevó a la boca y limpió el azúcar con la lengua. Lo hizo sin pensar. Yo pensé por los dos.

—¿Qué? —preguntó.

—Tienes una obsesión con esa palabra.

—Y tú con mirar sin explicar.

—No todo necesita una explicación.

—Eso lo diría tu padre.

La comparación me enfrió más que el helado.

—No vuelvas a hacer eso.

Rafa bajó la mano.

—Tienes razón.

Su disculpa inmediata me dejó sin el impulso de discutir.

—Lo siento —añadió—. Ha sido injusto.

—Sí.

—Y un poco idiota.

—Bastante.

—No abuses. Estoy intentando mejorar.

Miré su perfil bajo la luz del teléfono de un vecino. La barba le oscurecía la mandíbula. Parecía cansado.

—¿Siempre te llaman cuando algo falla? —pregunté.

—Casi siempre.

—¿Y a quién llamas tú?

Rafa dio un mordisco al palo del helado, ya vacío.

—A la compañía eléctrica.

—Sabes a qué me refiero.

—Sí.

No respondió. El niño del segundo pasó corriendo con una linterna bajo la barbilla. Amparo gritó que se iba a romper la cabeza y que luego no había luz para coserlo.

La electricidad volvió a las cinco y seis. El portal se encendió de golpe y todos aplaudieron como si Rafa hubiera accionado el sol. Él comprobó el cuadro, esperó unos minutos y subió planta por planta para asegurarse de que los aparatos arrancaban sin problemas.

Cuando llegó al cuarto, yo seguía fuera.

—Tu aire puede tardar —dijo—. Dale cinco minutos antes de encenderlo.

—Gracias, técnico de tostadoras.

Rafa se apoyó en su puerta.

—Sobre lo de tu padre...

—No pasa nada.

—Ya sabemos que esa frase...

—Esta vez significa que no quiero hablar.

—Eso sí te lo creo.

Entré en el apartamento. El aire había quedado inmóvil y pegajoso. Abrí las ventanas del salón. Desde el balcón vi a Rafa salir al suyo.

Nuestros balcones estaban separados por un tabique bajo de obra y una celosía metálica cubierta de buganvilla seca. Podíamos vernos si nos acercábamos a la esquina.

—¿No duermes? —preguntó.

—Después de una fiesta de helados a las cinco, imposible.

—La alta sociedad del Mirador del Salitre tiene sus horarios.

Rafa llevaba otra vez solo la camiseta y los calzoncillos. Se sentó en una silla de plástico. Yo me acomodé en la tumbona de mi padre.

El cielo empezaba a clarear detrás del castillo. La ciudad permanecía en ese intervalo extraño en que los últimos noctámbulos y los primeros trabajadores comparten calles sin reconocerse.

—Mi padre se sentaba aquí —dije.

—Todas las tardes.

—¿Lo veías desde tu balcón?

—Sí.

—¿Hablabais?

—A veces.

—¿De qué?

Rafa se frotó la cara.

—Del edificio. Del tiempo. De fútbol, aunque a ninguno nos importaba demasiado. De tu madre.

—¿De mí?

—A veces.

—Todo contigo es a veces.

—Porque casi nada es siempre.

Me levanté y me acerqué a la celosía. Rafa hizo lo mismo. Solo nos separaban el tabique, unas ramas secas y la prudencia.

—¿Qué decía? —pregunté.

—Que trabajabas demasiado.

—No sabía cuánto trabajaba.

—Miraba tu perfil en internet.

—No tenía redes sociales.

—Usaba el de Amparo.

La imagen de mi padre navegando por mis fotografías desde la cuenta de una jubilada llamada posiblemente Amparo1951 me pareció tan absurda que estuve a punto de reír.

—¿Por qué no me escribía?

Rafa metió los dedos entre los huecos de la celosía. Estaban cerca de los míos.

—Una vez le pregunté eso.

—¿Y?

—Dijo que no sabía por dónde empezar.

—Podía empezar por “hola”.

—Se lo dije.

—¿Qué respondió?

—Que después de tantos años, “hola” parecía una provocación.

El amanecer tocó la parte alta de los edificios. La luz volvió plateada la barba de Rafa.

—Lo defendiste —dije.

—No. Le dije que era un cobarde.

Lo miré.

—¿A mi padre?

—No me caía tan bien como para mentirle.

—Y aun así tomabas café con él.

—Uno puede querer a un cobarde.

La frase se quedó atrapada en la celosía.

Rafa acercó la mano. Sus dedos tocaron los míos entre los barrotes. Esta vez no fue un roce accidental. Encajó las yemas contra las mías, despacio.

—También puede enfadarse con él —dijo.

No supe si hablaba de mi padre, de sí mismo o de mí.

El contacto apenas ocupaba unos centímetros de piel, pero mi cuerpo reaccionó entero. Levanté la vista. Rafa estaba tan cerca que podía contar los pelos grises de su barba.

—Anoche —empecé.

—Lo sé.

—No me besaste.

—También lo sé.

—¿Tienes un sistema de registro?

—Soy técnico.

—¿Por qué no lo hiciste?

Rafa no retiró los dedos.

—Porque tú estabas en un bañador que pertenecía a tu padre y los dos acabábamos de hablar de muertos. No era mi escenario ideal.

—Tiene sentido.

—Y porque si te beso, no quiero hacerlo para que dejes de pensar en otra cosa.

Su respuesta me desarmó.

—Podría querer pensar en ti.

—Eso es distinto.

—Estoy pensando en ti ahora.

Rafa inhaló. Sus dedos se deslizaron sobre los míos hasta sujetarlos.

—Daniel.

—Otra vez la advertencia.

—Otra vez no escuchas.

—Quizá no quiero.

La puerta del balcón de Amparo se abrió dos pisos más abajo.

—¡Rafa! —gritó—. ¡El pescado ha sobrevivido!

Él cerró los ojos y apoyó la frente contra la celosía.

Yo empecé a reír. Rafa también. Nuestras manos siguieron unidas entre los barrotes mientras Amparo explicaba, con detalles innecesarios, el estado de dos lubinas.

—Esta ciudad no cree en los momentos —dije.

—Te lo advertí.

Nos soltamos.

El aire acondicionado arrancó dentro de mi salón con un zumbido grave.

—Cinco minutos exactos —dijo Rafa.

—¿Quieres entrar?

La pregunta salió antes de que pudiera protegerla.

Rafa miró mi puerta abierta, luego la suya.

—No.

El rechazo fue limpio, pero no frío.

—Bien.

—No pongas esa cara.

—Sigo sin saber qué cara es.

—La que me hace reconsiderar decisiones sensatas.

—Podríamos cometer una insensata.

—Podríamos.

—Pero no.

—Pero no ahora.

Entró en su apartamento. Antes de cerrar el balcón, añadió:

—Abre una caja hoy.

—No cambies de tema.

—No lo cambio. Te doy algo que hacer mientras me odias.

—No te odio.

—Dame tiempo.

Desapareció tras la cortina.

Volví al salón. El aire frío empezaba a circular por la casa. En el suelo seguían los montones de ropa. Sobre la mesa, la llave del trastero brillaba bajo la luz nueva del amanecer.

Dormí hasta el mediodía.

Cuando desperté, bajé al 47 y abrí la caja de 2004.

Dentro estaba la camisa que llevaba el día que le dije a mi padre que era gay.