El vecino que llegaba mojado CAPÍTULO 4Después de medianoche
18%

CAPÍTULO 4Después de medianoche

Después de medianoche

La piscina parecía más pequeña sin gente.

Durante el día era un territorio de gritos, flotadores y crema solar. A medianoche se convertía en una superficie inmóvil, azul oscuro, rodeada por las luces amarillas de la urbanización. El agua devolvía fragmentos de balcones, antenas y cielo.

Rafa estaba dentro.

Nadaba de un extremo a otro con brazadas lentas. Había dejado la camiseta sobre una tumbona y llevaba un bañador negro. Su espalda emergía y desaparecía bajo el agua con una calma que no le había visto en tierra. Allí abajo no había herramientas, vecinos ni máquinas que esperaran ser salvadas.

Me detuve junto a la verja abierta.

—La bomba parece estar pasándolo bien —dije.

Rafa llegó al borde y se apoyó en él. El agua le corría por la barba y los hombros.

—Has venido.

—Soy un propietario responsable.

—Claro. Por eso llevas una toalla.

Miré la toalla que tenía bajo el brazo.

—Precaución técnica.

—La bomba está abajo. A la izquierda.

Señaló una puerta metálica en el extremo de la piscina.

—¿Y por qué estás nadando?

—Control de calidad.

—Tu profesión está llena de ventajas.

—Algunas. También saco filtros llenos de pelos humanos.

—Has destruido la fantasía.

—Era importante saber de qué material estaba hecha.

Rafa salió por la escalera. El agua se desprendió de su cuerpo en líneas rápidas.

Tenía el pecho cubierto de vello, una barriga redonda y firme, caderas anchas, piernas fuertes.

No intentó ocultarse ni exhibirse. Se limitó a existir bajo la luz, con una naturalidad que me resultó más erótica que cualquier pose.

Yo llevaba una camiseta y un bañador que había encontrado en el armario de mi padre. Era azul marino, dos tallas más grande y probablemente anterior a la invención del deseo.

Rafa miró el cordón apretado en mi cintura.

—Ese bañador tiene historia.

—Y una cintura elástica con problemas de confianza.

—Era de Ernesto.

—Lo he deducido por el diseño soviético.

—Lo usó el día de la tumbona.

Me quedé quieto.

—¿En serio?

Rafa empezó a reír. La risa le movía el vientre.

—No. Pero tu cara ha merecido la mentira.

Le lancé la toalla. La atrapó y se secó el pelo.

—Eres una persona horrible.

—Te avisé de que las máquinas aprenden de mí.

Me quité la camiseta. Noté su mirada sobre mi torso, no como un juicio sino como una temperatura.

Yo era más delgado que él, con hombros estrechos y una cicatriz blanca junto al ombligo de una operación de apendicitis.

En Madrid entrenaba lo suficiente para no sentirme culpable y abandonaba lo suficiente para no sentirme vanidoso.

—¿Vas a entrar? —preguntó.

—No he venido a contemplarte, si es lo que piensas.

—No lo pensaba hasta ahora.

Salté al agua para evitar responder.

Estaba tibia en la superficie y fría un palmo más abajo. Nadé hasta el centro. El bañador de mi padre se infló alrededor de mis caderas como una medusa con vocación de escándalo.

—No digas nada —advertí.

Rafa se sentó en el borde con los pies en el agua.

—Jamás me burlaría del patrimonio textil de una familia.

—Te estás burlando ahora.

—Con respeto.

Me acerqué y le salpiqué. Él me devolvió el agua con una patada.

En menos de un minuto habíamos olvidado que éramos dos hombres adultos junto a una piscina comunitaria y nos comportábamos como niños con un litigio pendiente.

Rafa se lanzó de nuevo. Intenté alejarme, pero me agarró por el tobillo. Perdí el equilibrio y me hundí.

Salí tosiendo y riendo.

—Cabrón.

—Eso es vocabulario de propietario irresponsable.

Se encontraba a menos de un metro. El agua le llegaba al pecho. Yo podía ver las gotas atrapadas en el vello, la curva húmeda de sus labios, una línea más clara donde el bañador se ajustaba a su cintura.

La risa se apagó.

Rafa levantó una mano y me apartó un mechón de la frente. Sus dedos rozaron mi sien. El gesto fue lento, casi prudente.

—Tienes los ojos de tu madre —dijo.

El nombre que no había pronunciado me dejó sin aire.

—La conociste.

—Yo tenía veinte años cuando vine a vivir aquí. Ella presidía la comunidad y creía que una reunión sin gritos era una derrota.

—Eso sí suena a mi madre.

—Me obligó a pintar el cuarto de contadores porque dije que el color daba igual.

—También suena a ella.

Rafa bajó la mano.

—Lo siento. No quería...

—No pasa nada.

—Esa frase tampoco te sale bien.

Me aparté y nadé hasta el borde. Apoyé los brazos en la baldosa.

Durante años había conseguido separar a mi madre de aquella ciudad.

Ella pertenecía a un lugar anterior a la enfermedad, anterior al hospital, anterior a mi padre convertido en un hombre que hablaba del tiempo para no hablar de nada más.

Escucharla en la voz de Rafa rompía el compartimento.

Él se situó a mi lado, sin tocarme.

—Murió cuando yo tenía veinticuatro —dije.

—Lo sé.

—Claro. Aquí todo el mundo lo sabe todo.

—No todo.

—Lo suficiente para que no exista la intimidad.

—La intimidad no consiste en que nadie sepa. Consiste en elegir quién puede preguntar.

Lo miré.

—¿Y tú preguntas?

—A veces.

—¿Por qué mi padre guardaba una caja por cada año?

Rafa observó el agua.

—Eso tendrías que preguntárselo a las cajas.

—Qué respuesta tan conveniente.

—No sé qué hay dentro. Solo le ayudé a moverlas. Una tarde bajamos seis. Luego otras cuatro. Las últimas las llevó solo.

—¿Hablaba de mí contigo?

—Poco.

—Amparo dice que enseñaba cosas que yo escribía.

—También.

—¿Y nunca se le ocurrió decírmelo?

—No puedo responder por él.

—Pero puedes contarme la historia de una tumbona.

Rafa se volvió hacia mí.

—No conviertas mi silencio en el suyo.

La firmeza de su voz me sorprendió.

—No lo estoy haciendo.

—Sí. Y lo entiendo, pero no.

Se impulsó para salir del agua. Yo lo seguí. Nos sentamos en el borde, separados por un palmo. El aire nocturno se sentía fresco sobre la piel mojada.

Durante un rato escuchamos el zumbido de los aparatos de aire acondicionado y el motor lejano de una motocicleta. En algún balcón, alguien veía una película con el volumen demasiado alto.

—Yo también he sido bueno callándome —dijo Rafa al fin.

—¿Sí?

—Veinte años casado con una mujer. Ocho fingiendo que no miraba a los hombres. Los demás fingiendo que miraba de otra manera.

No esperaba aquella confesión tan pronto.

—¿Tienes una hija?

—Lucía. Veintitrés. Está en Granada, pero viene unos días en agosto.

—¿Cómo se tomó que salieras del armario?

—Me preguntó si eso significaba que podía dejar de fingir que me gustaban mis camisas.

Sonreí.

—Parece sensata.

—Se parece a su madre.

—¿Y su madre?

Rafa tardó en responder.

—Ana no tuvo la culpa de que yo tardara tanto en entenderme. Pero pagó la factura.

—Eso no responde.

—No. Algunas cosas no caben en una noche junto a una piscina.

—Pensaba que dieciocho días daban para mucho.

—No he dicho que te lo vaya a contar todo.

Nos miramos. La distancia entre nuestros muslos parecía ridícula. Podía mover la pierna apenas unos centímetros y tocarlo. No lo hice.

Rafa señaló mi bañador.

—Se te está cayendo.

Miré hacia abajo. El cordón se había aflojado y la cintura estaba peligrosamente baja.

—Mierda.

Lo sujeté. Rafa volvió a reír, esta vez en voz baja.

—No tiene gracia.

—Tiene bastante.

—Podría haber perdido una pieza histórica.

—La piscina no lo habría devuelto.

Me puse de pie y apreté el nudo. Al levantar la cabeza, Rafa estaba frente a mí. Se había acercado sin que lo oyera. Nuestros cuerpos mojados casi se tocaban.

Su sonrisa desapareció.

—Daniel —dijo.

Mi nombre sonó distinto en su boca. No como una pregunta, todavía no. Más bien como una advertencia pronunciada demasiado tarde.

—Rafa.

Levantó la mano, pero no llegó a tocarme. La dejó suspendida junto a mi cintura.

—Te vas en dieciséis días.

—Lo sé contar.

—Yo también.

—¿Eso te preocupa?

—Debería preocuparte a ti.

—No has respondido.

Su mano descendió. Los nudillos rozaron mi cadera, apenas por encima del bañador. El contacto fue tan ligero que podría haberlo negado.

—No acostumbro a preocuparme por los hombres que se marchan —dijo.

—Inés dice que son los que te gustan.

Rafa cerró los ojos un segundo.

—Inés necesita más trabajo.

—Tiene un bar lleno.

—Entonces necesita un segundo.

Yo seguía notando sus nudillos en la piel aunque ya no estaban allí.

—¿Por qué me has invitado? —pregunté.

—Porque estabas triste.

—Amparo ha contaminado a todo el edificio.

—Porque me miraste cuando arreglaba el aire.

Se me secó la boca.

—Tú también me miraste.

—Sí.

La honestidad cayó entre nosotros sin protección.

Rafa dio un paso atrás. Cogió su camiseta y se la puso sobre el cuerpo mojado. La tela se pegó de inmediato.

—Tengo que cerrar —dijo.

—Claro.

—No hagas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de hombre al que han prometido una bomba y solo le han enseñado una piscina.

—Quizá esperaba una demostración más completa.

Rafa sostuvo mi mirada. Durante un momento creí que volvería a acercarse.

En cambio, recogió las llaves.

—Mañana hay luna llena —dijo—. La gente hace estupideces.

—¿Y esta noche?

—Esta noche todavía podemos culpar al calor.

Cerró la verja cuando salimos. Subimos juntos por las escaleras, descalzos, llevando las toallas sobre los hombros. En el cuarto piso nos detuvimos entre nuestras dos puertas.

Rafa metió la llave en su cerradura.

—Buenas noches, Daniel.

—Buenas noches.

Abrió, pero no entró.

Yo tampoco abrí mi puerta.

Permanecimos así, cada uno con una llave en la mano, separados por el ancho exacto del rellano.

Luego Rafa cruzó la distancia, me sujetó la nuca y apoyó la frente contra la mía.

No me besó.

Su respiración olía a cerveza y almendra. La mía debía de oler a miedo.

—Dieciséis días —susurró.

—Quince y medio.

Sus dedos se cerraron un instante sobre mi pelo. Después me soltó, entró en su casa y cerró.

Yo tardé varios segundos en recordar cómo funcionaba una llave.