El vecino que llegaba mojado CAPÍTULO 3Las puertas de enfrente
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CAPÍTULO 3Las puertas de enfrente

Las puertas de enfrente

No abrí la primera caja.

Me quedé de pie en el trastero, con la mano sobre el cartón, leyendo mi nombre escrito por mi padre veintidós años atrás.

La D era demasiado grande. La última letra parecía caer por un precipicio.

Reconocí aquella caligrafía de formularios, listas de la compra y felicitaciones de cumpleaños que nunca contenían más de una línea.

Aquello no era cobardía. Era administración de recursos emocionales.

Subí al apartamento y me serví otra porción de tortilla. Tenía tres mensajes de trabajo, uno de mi ex y una notificación de Rafa.

Rafa vecino: ¿El aire sigue vivo?

Había guardado su contacto tal como él había sugerido, aunque no tenía otros Rafa con los que confundirlo.

Yo: Sí. De momento no insulta a nadie.

La respuesta llegó enseguida.

Rafa vecino: Dale tiempo. Ha aprendido de mí.

Miré la puerta de enfrente, como si pudiera verlo a través de la madera. Luego escribí:

Yo: He abierto el trastero.

Los tres puntos aparecieron y desaparecieron dos veces.

Rafa vecino: ¿Y?

Yo: He vuelto a cerrarlo.

Esta vez tardó más.

Rafa vecino: También cuenta.

No me gustó que aquella frase me consolara.

Pasé la tarde clasificando ropa. Hice tres montones: donar, tirar y no sé.

El tercero creció con rapidez. No sabía qué hacer con una camisa que recordaba en todas las comidas de Navidad, ni con unas zapatillas deformadas por los pies de mi padre, ni con el jersey verde que mi madre detestaba y que él siguió usando quince años después de que ella muriera.

A las siete, el apartamento parecía haber vomitado a su dueño. Abrí cajones, armarios y puertas, pero no conseguí desprenderme de nada. Cada objeto pedía un juicio para el que yo no estaba cualificado.

Llamé a Inés.

—Por fin —dijo al responder—. Llevo dos días preguntándome cuándo ibas a recordar que tienes familia viva.

—Llegué ayer.

—Exacto. Dos días emocionales.

Inés era mi prima segunda según el árbol genealógico y mi hermana mayor según todo lo demás.

Habíamos pasado juntos cada verano hasta que cumplí dieciocho años.

Ella fue la primera persona a la que dije que me gustaban los hombres.

Se encogió de hombros y me preguntó si eso significaba que podía quedarse con un bañador que me había prestado.

—Estoy en el piso —dije.

—Eso ya lo sabe media ciudad. Amparo ha mandado una foto de tu coche al grupo.

—¿Existe un grupo?

—Hay siete. Ven a cenar. Estoy en La Escama.

—Tengo mucho que hacer.

—Daniel, llevas años usando el trabajo para no estar donde estás. Hoy no.

Miré el montón de no sé.

—Voy en veinte minutos.

La Escama ocupaba un local estrecho cerca del puerto, con mesas de madera, paredes azules y una terraza que atrapaba algo de brisa.

Inés lo había abierto con Marta cuatro años antes.

Servían cerveza, pescado, ensaladas y una tarta de almendra que había provocado más reconciliaciones familiares que el sacerdote de la parroquia.

Encontré a Inés detrás de la barra. Llevaba el pelo corto, un tatuaje de higuera en el antebrazo y la misma mirada impaciente de cuando teníamos quince años. Salió, me abrazó y me apretó con tanta fuerza que el duelo se me subió a la garganta.

—Estás más delgado —dijo.

—Tú saludas como las tías abuelas.

—Y tú te escapas como los padres divorciados.

Marta apareció con dos vasos de cerveza. Era alta, morena y tenía la serenidad de quien puede sostener una bandeja llena mientras el mundo se incendia.

—No le hagas caso durante los primeros cinco minutos —me dijo—. Ha ensayado reproches todo el día.

—Tenía un documento compartido —confirmó Inés.

Nos sentamos al fondo. La terraza estaba llena de parejas, familias y grupos que hablaban a la vez. El puerto olía a sal, gasoil y sardinas. El cielo empezaba a perder el blanco feroz de la tarde.

—¿Cómo está el piso? —preguntó Marta.

—Lleno de mi padre.

Inés dejó de bromear.

—Puedo ayudarte.

—No todavía.

—Cuando quieras.

—He encontrado un trastero con cajas. Una por cada año desde que me fui.

—¿Qué hay dentro?

—No lo sé.

—¿No las has abierto?

—He practicado un cierre muy completo.

Marta puso una mano sobre la de Inés antes de que ella insistiera.

—Ya las abrirás —dijo.

—Eso mismo ha dicho Rafa.

Inés alzó las cejas.

—¿Rafa Navarro?

—Mi vecino.

—Sé quién es Rafa. Pregunto por qué Rafa sabe lo de las cajas.

—Ayudó a mi padre a bajarlas.

—Claro.

—¿Qué significa ese “claro”?

Inés bebió cerveza para alargar la respuesta.

—Que tu padre y él se llevaban bien. Rafa le arreglaba cosas. A veces tomaban café. Ernesto hablaba más con hombres que sostenían herramientas porque así podía fingir que la conversación era práctica.

—Rafa me ha arreglado el aire.

—También muy práctico.

—No empieces.

—No he empezado nada. Tú has pronunciado su nombre dos veces en menos de un minuto.

Marta sonrió.

—Rafa es buena gente —dijo—. Un poco cerrado.

—¿Cerrado?

—Es una puerta blindada con barba —dijo Inés—. Pero buena gente.

—No estoy interesado.

—Entonces puedes preguntarme por él con absoluta tranquilidad.

—No he preguntado.

—Cuarenta y nueve años. Divorciado. Una hija, Lucía, que estudia en Granada. Salió del armario hace unos ocho años. Trabaja demasiado. No baila salvo amenaza judicial. Cocina un arroz excelente. Le gustan los hombres que no se quedan.

—Eso último suena contradictorio.

—Es eficiente.

—Y no me interesa.

—Por supuesto.

Marta dejó una carta sobre la mesa.

—¿Vas a vender el piso de verdad?

—Firmo el treinta.

—¿A quién? —preguntó Inés.

—Una empresa de Cartagena. Lo convertirán en alquiler vacacional.

Ella hizo una mueca.

—Otro.

—Es una buena oferta.

—No he dicho que no lo sea.

—Lo has dicho con la cara.

—Mi cara tiene libertad de expresión.

Marta intervino antes de que discutiéramos.

—No tienes que decidir tu relación con esta ciudad en la primera cena.

—Ya está decidida.

—Entonces no te molestaría tanto que lo preguntáramos —dijo Inés.

Pedimos comida. Durante una hora hablamos de cosas que no dolían: clientes imposibles, turistas que pedían paella sin arroz, la nueva farmacia, el perro de Marta que había aprendido a abrir la nevera. Yo empecé a relajarme. La cerveza bajó fría. El ruido del local me sostuvo.

Hasta que Rafa entró.

Llevaba la camiseta azul de la mañana, otra vez húmeda, y el pelo aplastado por el agua. Saludó a un hombre en la barra, levantó la mano hacia Marta y entonces me vio.

No hubo música ni silencio repentino. Nadie dejó caer una bandeja. Solo se detuvo un segundo, lo bastante para que yo supiera que se alegraba de encontrarme allí.

—El técnico —dijo Inés, demasiado alto.

—Cállate.

Rafa se acercó a nuestra mesa.

—¿Sigue funcionando? —me preguntó.

—Como un milagro refrigerado.

—No hables así delante de otros aparatos. Se ponen celosos.

Inés apoyó los codos en la mesa.

—Hola, Rafa.

—Inés.

—Marta.

—Rafa —respondió Marta, divertida.

—Me siento interrogado y todavía no me he sentado.

—Siéntate —dijo Inés.

—Ahora parece una trampa.

Yo moví la silla vacía junto a mí.

—Te debo una cerveza.

Rafa miró la silla y luego mi cara.

—Es pronto para cobrar deudas.

—Me voy en dieciséis días. El calendario aprieta.

Se sentó.

Su muslo quedó cerca del mío bajo la mesa. No llegó a tocarme. La ausencia de contacto tuvo una precisión casi física.

Marta le sirvió una cerveza. Inés inició una conversación sobre una fuga de agua en el baño del local que, sospeché, no existía. Rafa respondía con paciencia, pero de vez en cuando me miraba. Yo fingía atender a la carta de postres.

—¿Has comido el melocotón? —preguntó en un momento.

—Todavía no.

—Se va a estropear.

—Es una fruta. Conozco el concepto.

—No parecía ayer.

—Ayer estaba ocupado observando cómo quedabas atrapado en un ascensor.

—Tú estabas atrapado conmigo.

—Yo era la víctima.

—Tú llevabas la maleta.

Inés miró a Marta. Marta miró su cerveza. Ambas estaban disfrutando demasiado.

—Voy a pedir la tarta —dije.

—La última porción es para una mesa de la terraza —respondió Marta.

—Traición.

—Podéis compartir la de Rafa —dijo Inés.

—Yo no he pedido tarta —dijo él.

—La vas a pedir.

Cinco minutos después había una porción de tarta de almendra entre nosotros y dos tenedores. Rafa cortó un extremo y me ofreció el plato.

—Primero el invitado —dijo.

—Soy de aquí.

—Ya no.

La frase no fue cruel. Precisamente por eso dolió.

Cogí el tenedor.

—Quizá nunca lo fui.

Rafa mantuvo la mirada.

—Eso no se decide solo marchándose.

Comí un trozo. La tarta sabía a limón y a los cumpleaños de Inés. Cuando le devolví el plato, nuestros dedos se rozaron otra vez.

Esta vez ninguno fingió que había sido inevitable.

Rafa bajó la voz.

—¿Quieres ver la piscina esta noche?

—La veo desde el balcón.

—No me refería desde el balcón.

—Cierra a medianoche.

—Yo tengo llaves.

Miré a Inés. Fingía no escuchar con la sutileza de una antena parabólica.

—¿Siempre invitas a los propietarios a inspecciones nocturnas? — pregunté.

—Solo a los que pagan la cerveza.

—Entonces es una relación profesional.

—Completamente.

Rafa terminó su mitad de la tarta, se levantó y dejó unas monedas bajo el vaso.

—Tengo que revisar una bomba antes de irme a casa.

—¿Otra piscina?

—La vuestra.

Se inclinó lo justo para que solo yo lo oyera.

—A las doce y cuarto. Si sigues despierto.

Se marchó sin esperar respuesta.

Inés contó hasta tres.

—No estoy interesado —dijo, imitándome.

—Ha sido una invitación a ver una bomba.

—Hay frases que no necesitan ayuda —respondió Marta.

Volví al apartamento a las once y media. El aire acondicionado funcionaba. El melocotón de Amparo esperaba en la encimera, demasiado maduro, la piel abierta en un punto.

Lo comí sobre el fregadero. El jugo me resbaló por los dedos y la muñeca.

A las doce y diez apagué las luces.

A las doce y cuarto, bajé a la piscina.