El vecino que llegaba mojado CAPÍTULO 2La avería
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CAPÍTULO 2La avería

La avería

Dormí cuarenta y siete minutos.

No fue una estimación. Miré el reloj cuando me tumbé en el sofá y volví a mirarlo al despertar, empapado, con la camiseta adherida al pecho y la boca llena de un sabor metálico. El ventilador removía el aire caliente con la eficacia de una cuchara dentro de una sopa.

Eran las ocho y doce. En Madrid, a esa hora, las terrazas empezaban a llenarse. En Águilas, el sol seguía aferrado a las fachadas como si tuviera una deuda pendiente.

Me duché con agua fría. Mientras me secaba, vi la llave del trastero sobre el lavabo. La había llevado hasta allí sin darme cuenta. La etiqueta amarilla parecía más vieja que la propia cerradura.

PARA CUANDO VUELVAS A CASA.

Mi padre sabía elegir frases capaces de molestar incluso después de muerto.

Yo no había vuelto a casa. Había venido a venderla.

Me puse pantalones cortos y una camisa de lino.

Abrí el portátil en la mesa del salón, respondí a dos correos y fingí que trabajar era una forma de control.

Mi mayor cliente vendía apartamentos de lujo en la costa portuguesa a personas que los ocupaban tres semanas al año.

Mi trabajo consistía en llamar refugios a inmuebles con piscina infinita y silencio a barrios donde ya no podía vivir nadie que trabajara allí.

La ironía me pagaba el alquiler.

A las nueve llamaron a la puerta.

Era Amparo. Tendría unos setenta y cinco años, llevaba el pelo blanco recogido con una pinza rosa y sostenía una fuente cubierta con papel de aluminio.

—Tortilla —anunció, antes de que yo pudiera saludar—. Rafa dice que eres de los que se olvidan de comer cuando están tristes.

—Rafa me conoce desde ayer.

—A los hombres se os conoce rápido. Lo difícil es que os conozcáis vosotros.

Me entregó la fuente y entró sin pedir permiso.

—La casa está igual —dijo.

—Ese es el problema.

—No. El problema es que tú esperabas que estuviera distinta.

Dejó el bolso sobre una silla y recorrió el salón con los ojos. Se detuvo ante la fotografía de mis padres el día de su boda. Mi madre aparecía seria, quizá por miedo a estropear el peinado. Mi padre sonreía como si acabara de ganar algo que no merecía.

—Ernesto hablaba de ti —dijo Amparo.

—No mucho, imagino.

—Lo justo para un hombre que confundía el cariño con dar información meteorológica.

No pude evitar sonreír.

—Eso sí lo recuerdo.

—Decía que escribías anuncios.

—Textos publicitarios.

—Anuncios con estudios.

—Algo así.

Amparo levantó una persiana hasta la mitad.

—También enseñaba tus libros.

—No he publicado ningún libro.

—Pues tus revistas. Tus cosas de internet. Lo que fuera. Imprimía páginas y las guardaba.

Pensé en el trastero. La llave pareció pesarme desde el cuarto de baño.

—Mi padre no usaba impresora.

—Me pedía que se lo imprimiera yo. Gastó más tinta en ti que en las recetas del médico.

Amparo volvió a cubrir la tortilla, aunque ya estaba cubierta.

—No te lo digo para que lo perdones. Los muertos no deberían recibir descuentos. Te lo digo para que no confundas silencio con vacío.

Se colgó el bolso.

—Y abre al técnico cuando venga. Tiene la pieza del aire.

—¿Rafa es técnico de aire acondicionado también?

—Rafa es técnico de todo lo que los demás rompemos.

—Eso suena agotador.

—Lo es. Por eso tiene ese carácter.

—Me ha parecido bastante amable.

Amparo me observó con interés.

—A mí también me lo parecía al principio.

Se marchó antes de explicar la amenaza.

Rafa llegó diez minutos después con una caja pequeña, una bolsa de herramientas y una camiseta negra en la que se leía NAVARRO MANTENIMIENTOS. En seco, su barba parecía más clara. Llevaba gafas de sol colgadas del cuello y una mancha de cal en la rodilla.

—Buenos días —dijo—. Te traigo frescor, si los dioses de la electricidad colaboran.

—Amparo dice que eres técnico de todo.

—Amparo dice muchas cosas. La mayoría acaban siendo verdad por cansancio.

Le enseñé la tortilla.

—También dice que tú le has dicho que me olvido de comer cuando estoy triste.

—Le dije que tenías la nevera vacía. La tristeza la añadió ella para mejorar el argumento.

Rafa dejó las herramientas bajo el aparato.

—Puedes seguir trabajando. Haré ruido.

—Entonces encajarás con mis clientes.

Volví al portátil mientras él desmontaba la carcasa. Intenté concentrarme en un texto sobre cocinas abiertas al océano, pero cada pocos segundos llegaba el sonido de un tornillo, una respiración o una palabrota pronunciada en voz baja.

—¿Siempre insultas a las máquinas? —pregunté.

—Solo cuando hay confianza.

—¿Cuánto llevabas conociendo a este aparato?

—Ocho años. Lo suficiente para saber que miente.

—Empiezo a sospechar que hablas de personas cuando hablas de máquinas.

—Y yo que tú hablas de personas cuando hablas de trabajo.

Cerré el portátil.

—¿Quieres agua?

—Sí, gracias.

Fui a la cocina. Al volver, Rafa estaba de pie sobre la silla, con los brazos levantados. La camiseta se había deslizado y dejaba ver un tramo de abdomen, piel clara y vello oscuro. No aparté la mirada a tiempo. Él bajó los ojos hacia mí.

—El agua —dijo.

—Claro.

Le tendí la botella. Al cogerla, sus dedos rozaron los míos. No fue un accidente espectacular. Apenas un contacto. Sin embargo, el calor cambió de lugar.

Rafa bebió sin dejar de mirarme. Una gota se le escapó por la comisura y quedó atrapada en la barba.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Sigues mintiendo fatal.

—Y tú sigues diagnosticando demasiado.

—Es deformación profesional.

Bajó de la silla. Estábamos cerca. Su cuerpo ocupaba la zona de sombra junto a la ventana y yo podía ver una cicatriz pequeña bajo su barbilla. Olía a metal, jabón y ese rastro de cloro que parecía haberse instalado en su piel.

—Voy a cortar la corriente —dijo.

—Buena idea.

—Me refería a la casa.

Sonrió otra vez con un solo lado de la boca. Me aparté para dejarle pasar.

Mientras manipulaba el cuadro eléctrico del recibidor, miró la gorra de mi padre.

—Nunca se la quitaba —dijo.

—En casa sí.

—En la piscina no. Una vez cayó al agua con ella puesta intentando sacar una tumbona.

—¿Mi padre cayó a la piscina?

—Como una estatua. No sabía nadar bien y no soltaba la tumbona. Tuvimos que rescatar a los dos.

Me reí. Fue una risa breve y áspera, pero real. La imagen de mi padre entrando vestido en la piscina, aferrado a un mueble de plástico, abrió una ventana inesperada en el duelo.

—Nunca me lo contó.

—Me hizo prometer que no se lo diría a nadie.

—Has esperado a que muriera.

—Técnicamente, he cumplido.

La luz se apagó. Rafa volvió al salón con la linterna entre los dientes.

Durante veinte minutos trabajó en silencio.

Yo lo observé desde el sofá con la impunidad de la penumbra.

Tenía manos grandes y precisas. No era un hombre torpe atrapado en un cuerpo grande; cada movimiento estaba calculado.

Retiró el condensador viejo, conectó el nuevo y cerró la carcasa.

—Prueba —dijo.

Le devolví la corriente y pulsé el mando. El aparato crujió, dudó y empezó a expulsar aire.

Frío.

Me situé debajo como un creyente ante una aparición.

—Te quiero —dije.

Rafa soltó una carcajada.

—El calor te vuelve imprudente.

—No sabes hasta qué punto.

El aire levantó ligeramente el borde de su camiseta. Él dejó de reír. Nos miramos con el aparato zumbando sobre nuestras cabezas.

—Son treinta y cinco euros de la pieza —dijo.

—¿Y la mano de obra?

—Invítame a una cerveza algún día.

—Me voy en diecisiete.

—Pues tendrás que encontrar un hueco.

Sacó el móvil y me enseñó la pantalla.

—Escribe tu número. Por si el aparato vuelve a fallar.

—¿Solo por eso?

—No me gusta presionar a las máquinas.

Escribí mi número y me llamé desde el suyo. En la pantalla de mi teléfono apareció RAFA NAVARRO. Él miró cómo lo guardaba.

—Pon “vecino” —dijo—. Luego mezclas los nombres.

—No suelo tener tantos Rafa.

—Eso es porque has vivido mal.

Recogió las herramientas. Cuando se agachó, el pantalón se tensó sobre sus muslos. Sentí una punzada de deseo tan nítida que tuve que mirar la ventana.

La piscina empezaba a llenarse de familias. Un niño saltó al agua y su madre gritó que no corriera, aunque ya estaba nadando.

—¿Trabajas allí abajo? —pregunté.

—Llevo el mantenimiento de esta y otras seis piscinas. Limpieza, bombas, niveles, averías. En verano también hago de árbitro, psicólogo y enemigo público de los adolescentes.

—Por eso llegabas mojado.

—A veces las piscinas se defienden.

Se colgó la bolsa al hombro.

—¿Has comido?

—Tengo tortilla.

—Eso no responde.

—Todavía no.

Rafa destapó la fuente, cortó dos porciones con un cuchillo y puso una en cada plato. Lo hizo con una naturalidad desconcertante, como si llevara años entrando en aquella cocina.

—Cinco minutos —dije.

—La reparación ha durado una hora.

—Me refería a cuando te dejé entrar ayer.

—Ah. Eres malo calculando el tiempo.

Comimos de pie junto a la encimera. La tortilla estaba tibia y un poco salada.

Rafa me contó que Amparo guardaba cebollas bajo la cama porque desconfiaba de la humedad de la despensa.

Yo le conté que mi padre escondía dinero en diccionarios y luego olvidaba en cuál.

Hablamos sin importancia, que es una forma íntima de hablar cuando una casa pesa demasiado.

Al terminar, Rafa dejó el plato en el fregadero.

—Esta tarde trabajo en Calabardina. Volveré tarde.

No supe por qué me daba esa información.

—Yo tengo cajas —dije.

—Planazo.

—He vivido años esperando este momento.

—Se te nota.

En la puerta, miró hacia el pasillo.

—¿Has abierto el trastero?

Me quedé quieto.

—¿Cómo sabes lo del trastero?

—Ernesto me pidió ayuda para bajar algunas cosas. Hace meses.

—¿Qué cosas?

—No las miré.

—Pero sabes que eran para mí.

Rafa apoyó la mano en el marco.

—Tu padre pensaba que volverías antes.

La frase cayó entre nosotros con más peso que una acusación.

—Mi padre pensaba muchas cosas y decía muy pocas.

—Sí.

No intentó defenderlo. Eso me enfadó menos de lo que habría querido.

—No tienes que abrirlo hoy —añadió.

—No necesito permiso.

—Tampoco era eso.

Se apartó del marco.

—Gracias por la cerveza futura, Daniel.

—Gracias por el aire presente.

Rafa cruzó el rellano. Antes de entrar en su piso, levantó la mano a modo de despedida.

Cerré la puerta y me apoyé en ella.

El apartamento estaba, por fin, fresco. El aire acondicionado funcionaba, la tortilla esperaba en la cocina y el número de Rafa estaba guardado en mi teléfono.

Debería haber sido suficiente para sentir alivio.

En lugar de eso, fui al baño, cogí la llave del trastero y bajé por las escaleras.

El número 47 estaba al final de un pasillo subterráneo, entre bicicletas oxidadas y sillas de playa. La llave entró a la primera.

Abrí.

Dentro había doce cajas ordenadas contra la pared. Todas llevaban mi nombre.

La primera estaba fechada en 2004, el año en que me marché.