El vecino que llegaba mojado
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CAPÍTULO 1Cloro y fruta madura
Cloro y fruta madura
Aquel julio, el edificio entero olía a cloro, fruta demasiado madura y hombres que no sabían despedirse.
Vi a Rafa por primera vez dentro del ascensor. Él estaba mojado. Yo llevaba las llaves del apartamento de mi padre y la firme intención de no sentir nada.
El ascensor del Mirador del Salitre era una caja de metal con un espejo amarillento y botones que había que pulsar con fe.
Llegó al portal con un gemido, abrió las puertas a medias y dejó aparecer a un hombre ancho, de barba entrecana, camiseta azul pegada al pecho y pantalones cortos de trabajo.
Tenía una caja de herramientas a los pies y gotas de agua en los antebrazos.
Me hice a un lado para dejarlo salir.
Él no salió.
—¿Subes? —preguntó.
—Al cuarto.
—Entonces estamos condenados a compartir viaje.
Su voz era grave, sin prisa. Cogió la caja de herramientas y retrocedió. Dentro apenas cabíamos los dos y mi maleta. Pulsé el cuatro. El botón ya estaba iluminado.
—También voy al cuarto —dijo.
—Qué coincidencia.
—En un edificio de seis plantas no es para tanto.
Lo miré por el espejo. Sonreía con un lado de la boca.
El agua le había oscurecido la camiseta justo bajo las clavículas y alrededor del vientre.
No tenía el cuerpo disciplinado de los hombres que convertían cada comida en una ecuación.
Era grande, sólido, con una barriga suave y brazos de alguien acostumbrado a cargar bombas, sacos de sal y motores que se resistían.
Había algo tranquilizador en su volumen, algo que ocupaba el espacio sin pedir perdón.
Yo, en cambio, intentaba ocupar lo mínimo. Treinta y cinco años de práctica.
El ascensor arrancó, subió medio piso y se detuvo con un golpe seco.
—No —dije.
—Sí —respondió él.
—¿Esto pasa a menudo?
—Solo cuando hace calor, cuando llueve, cuando alguien lleva equipaje o cuando Mercurio está retrógrado.
—Estupendo.
—La buena noticia es que no suele tardar.
—¿Y la mala?
—Que hoy hace cuarenta y dos grados.
Pulsó dos veces el botón de alarma. Sonó un timbre ridículo, más propio de una bicicleta que de una emergencia.
Yo noté cómo el aire del ascensor se volvía espeso alrededor de mi cuello.
Había conducido cinco horas desde Madrid con el aire acondicionado del coche al máximo.
El calor de Águilas me había golpeado al abrir la puerta como una bofetada antigua.
—¿Claustrofobia? —preguntó.
—No.
—Mientes fatal.
—No te conozco lo suficiente para que me diagnostiques.
—Rafa.
Me tendió la mano. La suya estaba húmeda y fresca.
—Daniel.
—Ahora ya te conozco lo suficiente.
Solté su mano antes de lo necesario. Él no pareció ofenderse. Dejó la caja en el suelo y abrió una pequeña tapa junto a los botones. Sacó un destornillador del bolsillo, manipuló algo y dio un golpe con la palma a la pared.
—¿Eso forma parte del protocolo técnico?
—Es la parte más importante.
El ascensor volvió a moverse. Yo exhalé sin darme cuenta.
—Ves —dijo—. Diagnóstico confirmado.
Las puertas se abrieron en el cuarto. Salí demasiado rápido y la rueda de mi maleta se atascó en la ranura. Rafa la levantó con una mano.
—Gracias.
—¿Cuarto B?
Miré la llave que llevaba preparada.
—Sí.
Él señaló la puerta de enfrente.
—Yo soy el A.
Durante un segundo tuve la impresión absurda de que alguien había colocado a aquel hombre allí antes de mi llegada, como una trampa perfectamente calibrada.
Luego vi la placa de cerámica junto a su timbre, RAFA pintado en azul, y comprendí que la vida de los demás no se organizaba alrededor de mis debilidades.
—¿Vienes para mucho? —preguntó.
—Dieciocho días.
—Muy exacto.
—El día treinta tengo que firmar la venta.
Su expresión cambió apenas. No fue sorpresa ni desaprobación, solo una sombra rápida.
—Era el piso de Ernesto.
No era una pregunta.
—Mi padre.
—Lo sé. Siento lo que pasó.
Miré la puerta del B. Habían transcurrido seis meses desde el entierro y aún seguía sin saber qué responder cuando alguien pronunciaba aquella frase. Gracias sonaba escaso. No pasa nada era mentira. Yo también lo siento habría sido extraño, aunque quizá exacto.
—Gracias —dije al final.
Rafa asintió. No añadió que mi padre había sido un buen hombre, ni que estaba en un lugar mejor, ni ninguna de las frases con las que la gente intenta tapar la muerte para no verla respirar.
—Si necesitas algo, estoy enfrente —dijo.
—Solo voy a vaciar el piso.
—Vaciar un piso es necesitar muchas cosas.
Entró en su casa. Antes de cerrar, se volvió.
—Y no uses el ascensor con la maleta grande. Está sensible.
—¿El ascensor?
—También.
La puerta se cerró.
Abrí la del apartamento de mi padre y el olor me devolvió veinte años de golpe.
Polvo, madera encerada, café que ya no existía.
El recibidor conservaba el perchero con forma de árbol que mi madre había comprado en un mercadillo.
Del gancho más alto colgaba una gorra beige de mi padre.
La visera estaba curvada por el uso, y durante un instante esperé que él apareciera desde el pasillo, se la pusiera y preguntara por qué había tardado tanto.
No apareció nadie.
Dejé la maleta junto al sofá. Había cerrado las persianas antes de irse al hospital y el salón permanecía sumido en una penumbra naranja. Levanté una. El sol entró como una acusación.
Desde el balcón se veía la piscina comunitaria, un rectángulo azul rodeado por baldosas claras y sombrillas cerradas.
Más allá estaban los tejados de la ciudad, el castillo recortado contra el cielo y una franja de mar tan brillante que dolía mirarla.
Yo había crecido con aquella vista. Después había pasado años fingiendo que la había olvidado.
Encendí el aire acondicionado.
La máquina respondió con un traqueteo y expulsó una bocanada caliente.
—Perfecto —murmuré.
Abrí ventanas, conecté el ventilador del salón y fui a la cocina. En la nevera había una botella de agua sin abrir y medio limón endurecido. Tiré el limón, bebí directamente de la botella y me apoyé en la encimera.
Sobre la mesa seguía el calendario de la farmacia. Enero. Mi padre había rodeado el día doce con un bolígrafo rojo: CARDIÓLOGO 10:30. Murió el diecisiete.
Le di la vuelta al calendario.
Me había prometido no empezar por los papeles. Solo quería ducharme, dormir una hora y pedir algo de comer. Pero la casa estaba llena de pequeñas órdenes silenciosas. Un cajón entreabierto. Una pila de facturas. Dos pares de zapatos alineados bajo una silla. La ausencia de mi padre tenía método.
Entré en el dormitorio. La cama estaba hecha. En la mesilla había una novela policial boca abajo y unas gafas plegadas. Toqué la montura. Me sorprendió que no estuviera cubierta de polvo.
Llamaron a la puerta.
Mi primer pensamiento fue que no abriría. El segundo, que quizá el ascensor se había tomado personalmente mi comentario.
Era Rafa. Se había cambiado de camiseta. La nueva era gris y estaba seca, aunque el pelo aún le brillaba en las sienes. Llevaba dos botellas de agua y una bolsa de tela.
—Amparo, la del tercero, te ha visto llegar —dijo—. Eso significa que dentro de diez minutos todo el edificio sabrá cuántas maletas traes y si pareces triste.
—¿Y qué ha dictaminado?
—Una maleta. Triste, pero atractivo.
Lo miré.
—Estoy citando a Amparo.
—Por supuesto.
Levantó la bolsa.
—Tomates, melocotones y una barra de pan. Dice que Ernesto odiaría saber que has llegado con la nevera vacía.
El nombre de mi padre me atravesó de un modo menos limpio que antes.
—No hacía falta.
—Esa frase no funciona con Amparo. Lo he intentado desde 1998.
Cogí la bolsa. Los tomates estaban tibios por el calor. Uno olía a huerta y a casa de mi abuela.
—Gracias.
—Lo del aire acondicionado tampoco funciona, ¿verdad?
—¿Cómo lo sabes?
—El compresor lleva tres veranos sonando como una cabra dentro de una lavadora. Ernesto decía que aún aguantaba.
—Era optimista con las máquinas y pesimista con las personas.
Rafa bajó la mirada a la bolsa y luego volvió a mí.
—Puedo echarle un vistazo.
—No quiero molestarte.
—Vivo a tres metros. Tendrías que esforzarte mucho.
Pensé en decir que no. Estaba sudado, cansado y desarmado por el calendario, las gafas y la gorra del recibidor. Tener a un desconocido dentro de aquella casa parecía una invasión. Tenerlo fuera, al otro lado de una puerta tan fina, parecía otra clase de peligro.
—Cinco minutos —dije.
Rafa entró.
Pasó junto a mí y dejó un rastro leve de jabón, cloro y piel limpia. Caminó hasta el aparato del salón, se quitó el reloj y lo dejó sobre la mesa. Tenía una marca blanca en la muñeca y vello oscuro en los antebrazos. Yo me obligué a mirar el aire acondicionado.
—Enciéndelo —dijo.
Pulsé el mando. La máquina gruñó.
Rafa alzó una ceja.
—La cabra ha crecido.
Se subió a una silla, levantó la tapa y acercó la cara al filtro. La camiseta se le tensó en la espalda. Una línea de piel apareció entre la tela y el pantalón.
—¿Puedes traerme una linterna? —preguntó.
Tardé un segundo de más en responder.
—Claro.
Fui al cajón donde mi padre guardaba herramientas. Encontré una linterna, pilas, cinta aislante y un sobre con mi nombre escrito en su letra.
DANIEL.
Me quedé quieto.
—¿La tienes? —preguntó Rafa desde el salón.
Cerré el cajón.
—Sí.
Volví con la linterna. Rafa no pudo ver el sobre, pero debió de notar algo en mi cara.
—¿Todo bien?
—Perfectamente.
Mentía fatal. Él ya me lo había dicho.
Rafa cogió la linterna sin tocarme esta vez.
—El compresor no arranca —dijo después de unos minutos—. Puede ser el condensador. Mañana consigo uno y lo pruebo.
—No hace falta que...
—Daniel.
Dijo mi nombre con una paciencia que me irritó y me alivió al mismo tiempo.
—Mañana lo pruebo. Esta noche duerme con las ventanas abiertas. A partir de las dos corre algo de aire.
—¿Y si no corre?
—La piscina cierra a medianoche.
—Eso no parece una solución para dormir.
—No he dicho que lo fuera.
Bajó de la silla, cogió el reloj y se lo abrochó. En la puerta se volvió hacia mí.
—Dieciocho días dan para mucho —dijo.
—También para muy poco.
—Depende de lo que quieras vaciar.
Cerró detrás de sí.
Volví a la cocina. Abrí el cajón y saqué el sobre.
No estaba cerrado. Dentro no había una carta, solo una llave pequeña con una etiqueta de plástico.
TRASTERO 47.
Debajo, en un trozo de papel, mi padre había escrito cuatro palabras:
PARA CUANDO VUELVAS A CASA.
Me senté en el suelo de la cocina con la llave en la mano y el aire caliente pegado a la piel.
Al otro lado del rellano oí abrirse un grifo. Luego el agua de una ducha golpeó las tuberías compartidas.
Pensé en Rafa llegando mojado.
Pensé en mi padre esperándome con una llave.
Y comprendí que los dieciocho días acababan de empezar antes de que yo estuviera preparado.