CAPÍTULO 22El vecino que seguía llegando mojado
El vecino que seguía llegando mojado
En septiembre, Rafa seguía llegando mojado.
A veces era por la piscina. Otras, por una ducha rápida entre dos avisos. Una noche apareció empapado por una tormenta breve, con una bolsa de comida en una mano y una factura arrugada en la otra.
La diferencia era que ya no se detenía frente a mi puerta.
Entraba.
—Estás poniendo el suelo perdido —le dije aquella noche.
—Buenas noches a ti también.
—Hay una toalla en el baño.
—Podrías besarme primero.
—Podrías secarte primero.
Rafa dejó la bolsa sobre la encimera, me sujetó por la cintura y me besó hasta que su camiseta mojada se pegó también a la mía.
—Ahora los dos necesitamos una toalla —dijo.
—Estrategia de mantenimiento deficiente.
Habían pasado seis semanas desde el día verdadero.
El verano no había terminado, pero empezaba a perder su arrogancia. Las noches llegaban antes. Algunas familias se habían marchado. La piscina quedaba vacía durante horas y la ciudad recuperaba lugares que en agosto pertenecían a quienes venían con pulseras de hotel.
Yo seguía en el apartamento B.
El escritorio de mi padre estaba junto a la ventana.
La caja de 2004 ocupaba una balda. Las demás se habían convertido en tres grupos: conservar, compartir y dejar ir.
Amparo se llevó revistas. Lucía digitalizó las cintas.
Inés insistió en quedarse con la fotografía del calcetín, petición que fue rechazada por razones de seguridad nacional.
La taza de Madrid continuaba rota.
No la pegué.
Guardé los trozos en una caja más pequeña y escribí fuera:
Cosas que pueden seguir siendo verdad sin volver a ser enteras.
Conseguí cuatro clientes nuevos. Dos estaban en Murcia, uno en Alicante y otro era un hotel pequeño de Almería que quería dejar de describir todas sus habitaciones como “experiencias inolvidables”.
Seguía escribiendo para vender cosas, pero ahora elegía mejor cuáles.
La cooperativa de conservas agotó una edición de tomate seco después de una campaña que Inés calificó de “pornografía vegetal”.
Rafa y Nadir consiguieron tres comunidades con mantenimiento anual.
El uno de septiembre, Nadir firmó un contrato indefinido en nuestra mesa de la cocina porque la gestoría estaba cerrada y Rafa había olvidado imprimir una página.
Nadir leyó cada línea dos veces. Después estrechó la mano de Rafa, me abrazó a mí sin aviso y dijo que invitaba a cenar cuando cobrara el primer mes completo.
—No tienes que hacerlo —respondió Rafa.
—No empieces —dijimos Nadir y yo al mismo tiempo.
Rafa nos insultó con afecto.
Las cosas pequeñas no resultaron fáciles.
Discutimos porque Rafa dejaba herramientas en mi recibidor.
Porque yo trabajaba hasta las dos y luego esperaba que él siguiera despierto.
Porque se comprometía a revisar averías en sus días libres.
Porque yo utilizaba la ironía cuando quería decir que algo me dolía.
Porque él respondía “no pasa nada” cuando evidentemente pasaban al menos siete cosas.
Una noche dormimos cada uno en su casa.
A la mañana siguiente, encontré café junto a mi puerta.
Lo crucé al otro lado con dos tazas y llamé, aunque tenía llave.
Empezamos desde donde habíamos hecho daño.
No siempre funcionaba a la primera. Funcionaba lo suficiente.
A mediados de septiembre, Lucía vino un fin de semana. Ocupó el sofá de Rafa, dejó zapatos por todo el pasillo y decidió que nuestra relación necesitaba reglas.
—Una —dijo durante la cena—: no me contéis detalles sexuales.
—Nadie pensaba hacerlo —respondió Rafa.
—Dos: si discutís, no me uséis de árbitro.
—Tampoco.
—Tres: Daniel tiene prohibido mejorar la ropa de papá sin consultarme. Esa camisa azul es patrimonio familiar.
—Creía que era un folleto —dije.
—Es un folleto histórico.
Rafa intentó parecer molesto. No pudo.
El domingo fuimos los tres a la cala desde la que se veía la Isla del Fraile. Inés y Marta se unieron después con una nevera portátil. El agua estaba más fría. Nadé con Rafa hacia las rocas sin intentar llegar a la isla.
—En octubre se cumplen los tres meses —dijo cuando estuvimos lejos de la orilla.
La frase me apretó el pecho. Ya no porque quisiera irme, sino porque seguía temiendo que una fecha pudiera decidir por nosotros.
—Lo sé.
—No te lo digo para contar.
—Lo estás haciendo.
—Estoy preguntando.
Flotamos frente a frente. El agua sostenía el cuerpo de Rafa y borraba parte de su peso.
—He renovado el alquiler de Madrid solo un mes —dije.
—No sabía que tenías que renovarlo.
—No quería hablar hasta decidir.
—¿Y has decidido?
—Voy a vaciarlo.
Rafa dejó de mover los brazos por un instante y se hundió hasta la boca. Volvió a impulsarse.
—¿Te mudas aquí?
—Ya vivo aquí.
—Daniel.
—Sí. Quiero quedarme. No hasta enero, ni hasta que llegue el frío, ni hasta que algo salga mal. Quiero que esta sea mi casa mientras siga queriendo que lo sea.
—Eso no es una fecha.
—Estoy rehabilitándome.
Rafa miró hacia la playa. Lucía hablaba con Inés bajo la sombrilla. Marta leía. El mundo parecía no haberse dado cuenta de que acababa de cambiar.
—¿Y Madrid? —preguntó.
—Iré por trabajo. Veré a mis amigos. Conservaré partes de esa vida. No necesito destruir una casa para entrar en otra.
—¿Y yo?
—Tú puedes entrar con los pies mojados, siempre que seques el suelo.
—Eso es lo más romántico que has dicho.
—Tengo otra cosa.
Saqué del bolsillo interior de mi bañador una llave sujeta con una goma. Rafa la miró.
—¿Es la tuya?
—La de mi casa.
—Vivo enfrente.
—No la necesitas para recorrer tres metros.
Rafa sonrió al reconocer sus palabras.
—Pero tú necesitas saber que puedo entrar.
—Exacto.
Cogió la llave. Después me tomó la cara con ambas manos y me besó en medio del agua. Desde la orilla, Lucía gritó algo sobre la regla número uno. Inés aplaudió. Marta fingió no conocer a nadie.
Cuando regresamos, Rafa guardó la llave en su llavero junto a la suya.
Esa noche abrí el cuaderno de mi padre.
Había utilizado muchas páginas para presupuestos, listas y notas. En la primera que seguía en blanco escribí:
Papá:
He vuelto. No de la manera que esperabas ni a tiempo para que lo veas. Sigo tomando el café sin azúcar. La cama aguanta bien. No preguntes por qué.
Me detuve y sonreí.
Estoy enfadado contigo. También te echo de menos. No sé si te perdono. Quizá no sea una puerta que se abre una sola vez.
Rafa dice que no se empieza de cero. Tenía razón. Es irritante cuando la tiene.
Voy a quedarme. No por ti. También contigo, de la forma en que uno se queda con los muertos: sin obedecerlos y sin fingir que no existen. Daniel.
No arranqué la página. No necesitaba sello.
Cerré el cuaderno y lo dejé sobre el escritorio.
Rafa llamó dos veces a la puerta y entró con su propia llave antes del tercer golpe. Llevaba el pelo mojado, una camiseta pegada al vientre y dos cafés en la mano.
—Uno sin azúcar —dijo.
—Te has acordado.
—Empiezo por eso porque puedo preguntarte el resto después.
Dejó las tazas y vio el cuaderno.
—¿Has escrito?
—Sí.
—¿Quieres que lo lea?
—Algún día.
Rafa asintió. No insistió.
Salimos al balcón. Abajo, la piscina reflejaba las luces del edificio. Algunas ventanas estaban abiertas. Otras permanecían oscuras. La ciudad olía a sal, a tierra enfriándose y a fruta madura en alguna cocina.
Rafa pasó un brazo alrededor de mi cintura.
—¿Dónde duermes esta noche? —preguntó.
Miré nuestras dos puertas, abiertas al mismo rellano.
—En casa.
—Eso no responde.
—Precisamente.
Lo besé.
El vecino seguía llegando mojado.
La diferencia era que ahora ambos teníamos la llave.