EL UMBRAL (SAGA DE TERROR KOI FROIN nº 3) El hueco de Ana
70%

El hueco de Ana

Emma llamó a Kim a las tres de la madrugada, con una voz que apenas se sostenía.

Tienes que venir dijo, sin saludo, sin explicación. Es Ana. Lleva media hora hablándome de gente que no existe, de sitios donde dice que hemos vivido juntas, y cuando le digo que no es verdad, se enfada como si yo fuera la que está mintiendo.

Kim llegó al piso de Ana en quince minutos, con el corazón latiéndole tan fuerte que apenas notaba el calor, ya casi constante, de la cicatriz.

Encontró a Ana sentada en el sofá, envuelta en una manta, con los ojos brillantes de lágrimas y una expresión de pánico que Kim no le había visto nunca, ni siquiera en los peores días de lo de la llave negra.

Kim. Ana se aferró a su brazo en cuanto la vio. Dile a Emma que se equivoca. Dile que sí vivimos en aquel piso de la calle con los plátanos, el del tercero, el que tenía la ventana que no cerraba bien. Dile que es verdad.

Kim sintió que se le encogía el estómago.

Ana, nunca hemos vivido juntas. Tú vives aquí desde antes de conocernos.No.

La voz de Ana se quebró en un sollozo que no parecía suyo del todo, como si algo debajo estuviera tirando de las cuerdas equivocadas.

No, eso no puede ser, porque lo recuerdo, Kim, lo recuerdo con todo detalle, recuerdo el olor de las plantas del patio y el ruido del ascensor viejo, ¾cómo puedo recordar algo que no ha pasado?

Eso no tiene sentido, eso no puede ser, a menos que...

Se detuvo de golpe, con la mirada perdida un instante, como si acabara de tropezar con algo dentro de su propia cabeza que no esperaba encontrar.A menos que las cosas que sí pasaron también empiecen a parecerme mentira terminó, en un susurro tan bajo que Kim tuvo que acercarse para oírlo.

Kim, tengo miedo de no poder saber ya cuál es cuál.Kim la abrazó, sin saber qué otra cosa hacer, mientras por encima del hombro de Ana cruzaba una mirada con Emma que decía, sin palabras, lo que ninguna de las dos quería decir en voz alta: que aquello no era solo un hueco más, uno de tantos que el Umbral llevaba semanas rellenando en las conversaciones ajenas.

Aquello era el principio de que Ana empezara a perder la capacidad de distinguir su propia vida de la que el Umbral estaba tejiendo por debajo, hilo a hilo, para ocupar el sitio.Esa noche, mientras Ana por n se quedaba dormida a fuerza de agotamiento, Kim se sentó en la cocina con Emma y dijo en voz alta, por primera vez, lo que llevaba días pensando sin atreverse a nombrarlo:Antes de que Emma pudiera contestar, Ana se removió en el sofá, hablando en sueños, con una voz que no sonaba del todo como la suya:El piso del tercero...

la ventana que no cerraba bien... Kim, ¾por qué dices que no existió, si yo todavía puedo oler las plantas del patio?

Emma y Kim se quedaron congeladas, mirándose la una a la otra sobre el cuerpo dormido de Ana, sin saber si despertarla o dejar que el sueño, fuera lo que fuera, siguiera su curso.

Al nal Ana se calmó sola, sin abrir los ojos, y volvió a respirar con la regularidad tranquila de quien duerme de verdad, aunque ninguna de las dos volvió a sentirse tranquila el resto de la noche.Se está extendiendo más deprisa de lo que creíamos.

Si a Ana le está pasando esto sin haber tocado nunca ninguna puerta, sin haber estado nunca cerca de nada de esto más que por conocerme a mí...

entonces no tenemos meses.¾Cuánto tenemos?

preguntó Emma, con un hilo de voz.Kim se llevó la mano al pecho, a la cicatriz que ya casi no se enfriaba nunca del todo, y no supo qué responder.Se quedaron las dos en silencio, escuchando la respiración tranquila de Ana desde el sofá, hasta que Emma, con la voz rota, dijo algo que Kim no esperaba:Si esto sigue así, voy a perderla igual que perdí a Diego.

Distinto, pero igual de denitivo. Y no sé si voy a poder soportarlo dos veces.Kim la abrazó entonces, con fuerza, sin decir nada, porque no había ninguna promesa honesta que pudiera hacerle en ese momento, ninguna garantía real de que Ana fuera a salir de todo aquello siendo la misma persona de siempre.

Se limitó a quedarse allí, sosteniendo a Emma en la cocina a oscuras, mientras las dos escuchaban, de fondo, el sonido tranquilo de una respiración que ya no sabían cuánto tiempo más seguiría siendo del todo humana.