La grieta se hace más ancha
Lucas dejó de contestar los mensajes un martes. El miércoles, Kim fue a buscarlo a su piso y lo encontró vacío, con la cama sin hacer y una taza de café mohoso olvidada en la mesa, como si hubiera salido a media tarea sin intención de volver pronto.
Lo encontró esa misma noche en el solar, de pie junto a la valla, exactamente en el punto donde Kim había visto la línea de oscuridad semanas atrás.
Lucas.
Él no se giró enseguida. Cuando lo hizo, tenía la cara pálida y los ojos brillantes de una forma que a Kim no le gustó nada, la misma clase de brillo hambriento que le había visto la primera vez que se sentaron a hablar en aquel bar sin recuerdos.
Está más cerca esta noche dijo Lucas, con una voz extrañamente serena. Más cerca que nunca. Puedo sentir el arco, Kim. Puedo sentir la piedra, aunque no esté ahí. Es como estar de pie frente a una puerta con los ojos cerrados y saber exactamente dónde está el pomo.
Aléjate de la valla.¾Por qué? Lucas sonrió, y no era del todo su sonrisa.
Tú también la sientes. La llevas dentro desde hace ocho meses.
Yo solo la llevo pegada a la piel desde que me tocó en la sexta puerta.
Pero los dos sabemos lo mismo, Kim: esto no va a parar hasta que alguien cruce, o hasta que alguien se convierta en la puerta él mismo.
Y yo llevo pensando en ello más de lo que debería.Lucas, esto no es lo que quieres.
Es lo que quiere ella.¾Y si es lo mismo?
La pregunta salió de él casi como una súplica.
¾Y si lo que yo quiero, desde que casi crucé, es exactamente lo que ella quiere que yo quiera?
Llevo ocho meses ngiendo que puedo distinguir entre las dos cosas, Kim, y cada noche me cuesta más.Dio un paso hacia la valla.
Kim lo agarró del brazo con más fuerza de la que pretendía, y en el instante en que sus manos se tocaron, sintió algo que la dejó sin aliento: un eco, breve pero nítido, del mismo zumbido que Lucas llevaba describiendo desde su regreso, como si por un segundo compartieran la misma frecuencia.No vas a cruzar dijo Kim, con una rmeza que no sentía del todo.
No esta noche. No mientras yo pueda impedirlo.Lucas se quedó mirándola un largo instante, con algo parecido a la vergüenza asomando por debajo del brillo hambriento de sus ojos.
Después, muy despacio, dio un paso atrás, alejándose de la valla, como si el esfuerzo de hacerlo le costara físicamente.Perdóname dijo, con la voz rota, ya casi la suya de nuevo.
No sé cuánto tiempo más voy a poder decir que no.Kim no contestó.
Se limitó a llevárselo de allí, lejos del solar, sintiendo bajo la mano el temblor de un hombre que acababa de librar, y perder un poco, una guerra que llevaba meses librando en silencio.Y sabiendo, con una certeza fría que se le instaló en el pecho junto a la cicatriz, que la próxima vez que Lucas se acercara a esa valla, quizá ella no llegara a tiempo de agarrarle el brazo.Lo dejó en su piso, con la promesa de llamarla si volvía a sentir el tirón, y volvió caminando sola a casa, en contra de todo el sentido común que le quedaba, solo porque necesitaba sentir el frío de la calle en la cara para convencerse de que seguía siendo ella misma la que caminaba, y no otra cosa que llevara su forma.
A mitad de camino, se detuvo bajo una farola y se miró las manos, buscando algún cambio, alguna señal, y no encontró nada más que sus propias manos de siempre, algo más frías de lo normal.Aun así, no pudo evitar preguntarse cuánto tiempo más podría arse de esa comprobación.