La sexta puerta, otra vez
Esa misma noche, ya de vuelta en su piso, Lucas no consiguió dormir. Se quedó tumbado en la cama, mirando el techo, dejando que el recuerdo de la sexta puerta volviera con la nitidez de algo que había ocurrido esa misma tarde, en lugar de ocho meses atrás.
Recordaba el frío de la piedra bajo las manos, el sonido de la respiración de Kim, entrecortada por el esfuerzo, mientras trazaba el sello con su propia sangre.
Recordaba haber sentido, en ese instante, una atracción que no tenía ninguna lógica: la sexta puerta no le había gritado ni amenazado.
Le había susurrado, con una voz que parecía conocerlo desde antes de nacer, que al otro lado no había dolor, solo la clase de descanso que llevaba buscando toda su vida sin saberlo.
Había dado un paso hacia la puerta antes de poder controlarlo del todo.
Kim lo había agarrado del brazo con la misma fuerza exacta que había usado esa misma noche en el solar, meses después, como si el gesto de sujetarlo formara ya parte de algún patrón antiguo entre los dos que ninguno había elegido del todo.
La puerta lo había tocado en ese instante de contacto, un segundo, quizá menos, suciente para dejarle una marca que ningún médico había sabido explicar: una mancha pálida, casi invisible, en la palma de la mano derecha, con la forma vaga de algo que Lucas nunca se había atrevido a describir en voz alta porque sonaba a locura, pero que él sabía, con una certeza que no necesitaba pruebas, que era la misma forma del arco de piedra que ahora se alzaba en el solar.
Se llevó la mano a la cara en la oscuridad de su habitación, y por primera vez desde que todo aquello había pasado, se permitió llorar sin que nadie lo viera, no de miedo, sino de un cansancio profundo, el cansancio de llevar meses ngiendo una fortaleza que en realidad nunca había tenido del todo.
No quiero irme susurró a la habitación vacía, sin saber muy bien si le hablaba a sí mismo, a Kim, o a la marca de su mano. Pero tampoco sé ya cuánto de lo que siento es mío.
Nadie le contestó, porque no había nadie más en la habitación. Pero esa noche, por primera vez, la marca de su palma le pareció, durante un instante fugaz, un poco más cálida de lo normal, como si algo, muy lejos, hubiera escuchado la confesión y hubiera decidido, por ahora, no responder.