EL UMBRAL (SAGA DE TERROR KOI FROIN nº 3) Lo que se reeja
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Lo que se reeja

Kim empezó a quedar con Lucas casi a diario, siempre en sitios públicos, siempre con la excusa de "comparar notas" que ninguno de los dos se creía del todo.

Él le contaba lo que oía un zumbido que subía de intensidad cada tarde, hacia el atardecer, como si el Umbral tuviera su propio reloj; ella le contaba lo que sentía el calor de la cicatriz, cada vez más frecuente, cada vez menos dispuesto a apagarse del todo.

Fue un jueves, en el baño de un restaurante donde habían quedado a cenar, cuando ocurrió lo que después Kim no podría contarle a nadie sin que le temblara la voz.

Se había levantado de la mesa para lavarse las manos, nada más. El baño estaba vacío, con esa luz blanca y demasiado limpia de los sitios nuevos, y Kim se miró un momento al espejo mientras se secaba, sin pensar en nada en particular.

Su reejo tardó un segundo de más en levantar la vista.

No fue mucho. Un segundo, quizá menos. Pero fue suciente para que Kim viera, con una claridad que se le clavó en el estómago como un cuchillo de hielo, que la mujer del espejo la había estado mirando ya, esperando a que ella también mirara, antes de moverse al mismo tiempo que su cuerpo real.

Kim no gritó. No pudo. Se quedó paralizada frente al lavabo, con las manos todavía húmedas, mientras su reejo porque ya no estaba segura de que fuera su reejo inclinaba la cabeza muy despacio, como estudiándola, como si llevara ocho meses esperando ese momento exacto para presentarse.

Ya casi dijo el reejo, con su misma voz, aunque la boca de Kim no se había movido. Ya casi estás lista para volver a casa.

El uorescente parpadeó una vez. Cuando la luz volvió, el espejo devolvía exactamente lo que tenía que devolver: una mujer pálida, con los ojos muy abiertos, sola en un baño vacío.

Kim salió sin lavarse las manos otra vez, sin secárselas del todo, y se sentó frente a Lucas con una expresión que él reconoció al instante, porque la había llevado él mismo en la cara durante semanas.

Te ha hablado dijo, no como pregunta.

Kim solo pudo asentir. No conó en su propia voz para decir nada más, no todavía, no mientras siguiera sintiendo, bajo la ropa, que la cicatriz del pecho ardía con una intensidad nueva, distinta, casi satisfecha.

Como si algo, al otro lado, acabara de anotar un progreso.

Esa noche, ya en su piso, Kim se pasó casi una hora sin poder mirarse al espejo del baño, evitándolo de reojo cada vez que entraba, hasta que se dio cuenta de que evitarlo era exactamente el tipo de miedo que ya se había prometido a sí misma no volver a permitirse.

Se plantó delante, muy despacio, con las manos apoyadas a ambos lados del lavabo, y se sostuvo la mirada durante un minuto entero, contando los segundos en voz baja, hasta que su respiración se calmó y el reejo se comportó exactamente como debía: siguiéndola, sin retrasos, sin miradas propias.No vas a ganar así de fácil le dijo a su propio reejo,

en voz baja, sin saber muy bien a quién le estaba hablando de verdad.

El espejo, por supuesto, no contestó. Pero Kim durmió esa noche con la puerta del baño cerrada y una toalla tapando el espejo del pasillo, una costumbre nueva que no le contó a nadie, ni siquiera a Lucas.