La canción de Gabriel
Gabriel no le contó a nadie, ni siquiera a Emma, que nalmente había encontrado la canción.
La había buscado durante días, con la melodía metida en la cabeza como una astilla, convencido de que algún resultado aparecería tarde o temprano si insistía lo suciente con las palabras correctas.
No apareció ningún resultado, porque la canción, como había dicho en la reunión, no existía en ningún sitio.
Pero una noche, revolviendo cajas viejas en el trastero en busca de un cable que necesitaba para las cámaras, encontró una cinta de casete sin etiquetar, de las que su padre grababa cuando Gabriel era pequeño, con canciones improvisadas para dormirlo cuando era un bebé demasiado inquieto para conciliar el sueño sin ayuda.
La puso en un radiocasete viejo que también sacó del trastero, casi sin esperanza de que funcionara.
Funcionó. Y de los altavoces, entre crujidos y ruido de fondo, salió la voz de su padre muerto ya hacía diez años cantando, desanado y cariñoso, exactamente la misma melodía que Gabriel llevaba días tarareando sin saber de dónde la sacaba.
Se quedó sentado en el suelo del trastero durante casi una hora, escuchando la cinta una y otra vez, llorando sin hacer ruido, entendiendo lo que Kim había sospechado en voz alta en casa de Emma sin que él llegara a oírlo: que el Umbral no le estaba dando algo nuevo.
Le estaba devolviendo algo que él mismo había enterrado, sin saberlo, en algún lugar demasiado profundo para encontrarlo por su cuenta.
No le contó a nadie lo de la cinta. Pero a partir de esa noche, cada vez que alguien mencionaba los huecos que el Umbral estaba rellenando, Gabriel se tocaba el bolsillo donde ahora llevaba siempre, doblada, la única fotografía que tenía de su padre, como quien lleva un ancla pequeña contra una marea que ya sabe que no puede controlar del todo.