EL UMBRAL (SAGA DE TERROR KOI FROIN nº 3) 1958
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Arthur tardó dos semanas más en contar el resto.

Lo hizo a su manera, sin que nadie se lo pidiera, una tarde de domingo en que Kim había ido solo a llevarle la compra y se lo encontró sentado en la butaca de la ventana con la llave vieja ya fuera del cajón, sobre la mesa, como si llevara días mirándola.

Tenía diecinueve años empezó, sin preámbulo, en cuanto Kim se sentó frente a él.

Me habían reclutado hacía apenas un mes.

La Orden, en aquella época, todavía creía que se podía razonar con lo que había al otro lado.

Éramos jóvenes y estúpidos, y pensábamos que entender algo era lo mismo que controlarlo.

Le contó que habían sido siete los elegidos aquella noche siempre siete, dijo, como si el número llevara arrastrándose desde mucho antes que las puertas de Kim.

Le habló de los otros, de pasada, con la voz de quien nombra a gente que lleva mucho tiempo muerta: Manuel, el mayor de todos, que había insistido en ir el primero a cualquier tarea peligrosa y que había muerto años después, ya viejo, sin volver a mencionar nunca la Orden.

Clara, la única otra mujer del grupo aparte de la bisabuela de Kim, que se había marchado del pueblo poco después de lo de Teodoro y a la que Arthur no había vuelto a ver jamás.

Y dos hermanos, Vicente y Ramón, de los que Arthur ya apenas recordaba las caras, solo el hecho de que uno de ellos había llorado sin parar la noche en que sellaron la puerta, y el otro no había derramado ni una sola lágrima.

Que habían llegado hasta el mismo lugar donde ahora se alzaba, y después se había derribado, la casa.

Que la octava puerta, entonces, no era una raja en un solar vacío, sino un arco de piedra tallada que llevaba allí, según los registros de la Orden, más tiempo del que cualquier construcción humana debería llevar en pie.

Uno de los siete cruzó dijo Arthur, y su voz se quebró apenas, lo justo para que Kim entendiera que aquello no era un dato, sino una herida.

Se llamaba Teodoro. Tenía veintidós años y una risa que se oía desde la otra punta del pueblo.

Cruzó porque alguien tenía que hacerlo, según decían los mayores de la Orden, para ver qué había y volver a contarlo.

¾Y volvió?Volvió. Arthur cerró los ojos un momento.

Pero no era él. O era él, pero con algo más dentro, algo que se había puesto encima de lo que Teodoro era, como un abrigo demasiado grande.

Tardamos tres días en darnos cuenta. Tres días en los que le dejamos hablar con nosotros, comer con nosotros, dormir en la misma casa que nosotros.

¾Qué pasó al nal?Lo que tenía que pasar.

Arthur abrió los ojos, y en ellos había algo que Kim no le había visto nunca, ni siquiera en los peores días de la Llave Negra: vergüenza pura, sin adornos.

Lo encerramos al otro lado de esa misma puerta, con la llave que tienes delante.

Y yo, que era el más joven, el que menos pintaba en todo aquello, fui el que se ofreció a hacerlo, porque Teodoro había sido mi amigo y pensé que se lo debía.

Estuve a un paso de cruzar yo también, solo para intentar traerlo de vuelta antes de cerrar.

Alguien me sujetó del brazo en el último momento.

¾Quién?Arthur tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó más pequeña que en toda la conversación.Tu bisabuela.