La llamada que Kim no hizo
Con el teléfono en la mano, ya en la cama, con la luz encendida y las sábanas subidas hasta la barbilla como si eso pudiera protegerla de algo que no tenía forma física con la que colarse por debajo de una puerta, Kim estuvo a punto de llamar a Lucas.
Marcó los primeros dígitos de su número tres veces, y las tres veces canceló la llamada antes de completarla, pensando en lo que él le había contado en aquel bar sin recuerdos, en el brillo hambriento que a veces le cruzaba los ojos cuando hablaba del Umbral.
Si lo que había visto en el solar era real, si la puerta de verdad la llamaba a ella especícamente, contárselo a Lucas el único que además de ella podía sentir algo parecido quizá fuera precisamente lo que necesitaba para acercarse más de la cuenta a esa misma valla.
Se quedó mirando el teléfono un largo rato, debatiéndose entre el miedo a estar sola con aquello y el miedo, todavía mayor, a arrastrar a Lucas más cerca del peligro del que ya estaba.
Al nal, guardó el teléfono en la mesilla, apagó la pantalla, y decidió, por esa noche, cargar sola con lo que había visto.
Fue una decisión que, mirando atrás mucho después, se preguntaría si había sido la correcta, o si contárselo antes a Lucas hubiera cambiado en algo el ritmo de todo lo que vino después.
Nunca llegaría a saberlo con certeza. Algunas decisiones, pensaría Kim años más tarde, se toman en la oscuridad de una habitación a las tantas de la madrugada, y solo el tiempo, con toda su crueldad tranquila, se encarga de mostrar si fueron sabias o no.