La llamada
Kim no volvió directamente a casa. Caminó sin rumbo durante casi una hora, con el frío de octubre calándole el abrigo, intentando poner en orden todo lo que había oído esa tarde: la llave de Arthur, la confesión de Lucas, los huecos que Emma y Gabriel habían empezado a notar en sus propias vidas.
Terminó, sin saber muy bien cómo, frente al solar donde antes había estado la casa.
La habían derribado meses atrás el ayuntamiento había alegado problemas estructurales que nadie se molestó en explicar del todo, y ahora solo quedaba un rectángulo de tierra removida, vallado, con un cartel medio caído que anunciaba una construcción que nunca empezaba.
Kim se quedó de pie frente a la valla, mirando el solar vacío, y fue entonces cuando lo sintió con más claridad que nunca: no un golpe, no un zumbido, sino algo parecido a que alguien, muy lejos, muy dentro, hubiera dicho su nombre en voz baja.
No con la boca. Con la cicatriz.El aire alrededor del solar tenía una calidad extraña, como si el sonido de la ciudad el tráco lejano, un perro ladrando en algún patio, la sirena distante de una ambulancia llegara desde muy lejos, amortiguado, como si el propio solar existiera en una burbuja apenas separada del resto del mundo.
Kim notó que su respiración se veía en el aire con más nitidez de la que debería a esa temperatura, como si el frío, justo allí, fuera unos grados más intenso que en el resto de la calle.Se llevó la mano al pecho sin darse cuenta de que lo estaba haciendo.
Bajo la tela del abrigo, la piel ardía con una intensidad que no había sentido ni siquiera la primera noche, y por un instante solo un instante, tan breve que después no sabría si de verdad había ocurrido o si se lo había imaginado del todo le pareció ver, en el centro exacto del solar vacío, una línea vertical de oscuridad más densa que la propia noche.
Una raja. Una puerta que no tenía marco, ni bisagras, ni nada que la sujetara al mundo, y que aun así estaba, de alguna forma, entreabierta.La línea no llamaba a la casa.
No llamaba a Arthur, ni a Lucas, ni a ninguno de los que habían estado allí la noche de las siete puertas.La llamaba a ella.
Solo a ella. Con la paciencia tranquila de quien sabe que, tarde o temprano, todo lo que le pertenece termina volviendo a su sitio.Kim dio un paso atrás, y la línea desapareció como si nunca hubiera estado allí.
El solar volvió a ser solo tierra removida y un cartel caído.
Pero el calor en el pecho no se fue, y esa noche, por primera vez en ocho meses, Kim durmió con la luz encendida, sabiendo ya, sin ninguna duda, que el Acto de ngir que aquello había terminado se había acabado para siempre.