Los que quedan
Los reunió a todos en casa de Gabriel, porque era la única casa del grupo que no guardaba recuerdos directos de ninguna de las siete puertas.
Emma llegó la primera, más callada de lo habitual; Evelyn, la última, con el abrigo empapado por una lluvia que no había llegado a caer del todo en el resto de la ciudad algo que nadie comentó, aunque todos lo notaron.
Kim les contó lo de Arthur, lo de la llave, lo de la octava puerta que no era una prisión sino un origen. Les contó lo de Ana en la cafetería, el lago que nunca existió, el coche que Gabriel nunca había tenido.
Yo también he tenido algo parecido dijo Emma, cuando Kim terminó.
Hace unos días, en el trabajo, una compañera me preguntó cómo estaba mi hermano.
Yo no tengo hermano. Pero durante un segundo, os juro que casi le contesto.
Como si el nombre estuviera ahí, en la punta de la lengua, esperando a que lo usara.
A mí me pasó con una canción añadió Gabriel. La tarareaba sin darme cuenta, todo el día, convencido de que la había escuchado toda la vida. Cuando intenté buscarla para ponerla, no existe. No hay ningún resultado. Nadie la ha grabado nunca.
Evelyn no dijo nada durante un rato. Cuando por n habló, lo hizo mirando jamente su propio abrigo mojado.
Creo que el Umbral no solo está soltando cosas dijo despacio. Creo que está empezando a rellenar los huecos. Como si el mundo tuviera sitios vacíos que nunca supimos que estaban vacíos, y algo, ahí detrás, tuviera prisa por llenarlos con lo que sea.
Se quedaron en silencio un momento. Fuera, en la calle, alguien silbaba una melodía que ninguno de ellos reconocía y que, sin embargo, a todos les pareció, por un instante, terriblemente familiar.
Yo no he sentido nada raro dijo Gabriel, casi a la defensiva, como si necesitara dejar constancia de ello. Aparte de la canción, quiero decir. Duermo bien. Como bien. No tengo ninguna cicatriz que arda.
Eso no signica que estés a salvo dijo Evelyn, sin acritud, solo con la calma de quien ha pasado la tarde leyendo sobre cosas que preferiría no tener que creer.
Puede que a ti todavía no te haya tocado nada.
O puede que ya lo haya hecho y no lo hayas notado.
Los huecos, según lo que Kim describe, no siempre se sienten como huecos.
A veces se sienten exactamente como recuerdos normales.
Gabriel no contestó a eso. Se quedó mirando su propia taza de café, y por un instante, algo en su expresión una sombra rápida, casi imperceptible hizo que Kim se preguntara si de verdad estaba tan a salvo como decía, o si simplemente todavía no había encontrado el hueco que le tocaba a él.
Entonces no es solo Kim dijo Ana, con la voz más pequeña de lo que pretendía.
Nos está tocando a todos.No igual contestó Kim.
A mí me quema. A Lucas le habla. A vosotros os rellena huecos que ni sabíais que teníais.
Se llevó, sin darse cuenta, la mano al pecho.
Yo creo que estamos viendo la misma grieta desde ángulos distintos.
Y creo que, si no hacemos nada, esa grieta va a dejar de ser una grieta.Nadie preguntó qué sería entonces. Todos, de alguna forma, ya lo sabían.