El camino de vuelta
Kim salió de casa de Arthur sin la llave él se había negado a dársela todavía, alegando que aún no estaba lista, algo que a Kim le sonó menos a excusa y más a la última forma de protegerla que le quedaba a un anciano que ya no podía protegerla de casi nada más, pero con la cabeza llena de preguntas que no sabía por dónde empezar a ordenar.
Caminó sin rumbo jo durante un rato, dejando que el frío de la tarde le despejara algo la cabeza, pasando frente a escaparates que apenas veía, frente a gente que cruzaba la calle sin saber que a pocos metros de ellos caminaba una mujer que llevaba en el pecho el corazón de un sistema que llevaba siglos esperando abrirse del todo.
Se detuvo frente a la puerta de una farmacia, atraída sin saber muy bien por qué por el escaparate iluminado, y se sorprendió a sí misma mirando jamente un termómetro digital idéntico al que guardaba en su mesilla, como si el objeto pudiera darle alguna respuesta que las palabras de Arthur no le habían dado.
No entró. Se quedó allí, de pie, un par de minutos, hasta que una señora mayor que salía con una bolsa de medicamentos le preguntó si se encontraba bien.
Sí mintió Kim, con una sonrisa que no le costó tanto ngir como debería.
Solo pensando.La mujer asintió, sin darle mayor importancia, y siguió su camino, ajena por completo a que acababa de cruzarse, en una calle cualquiera, con la única persona de la ciudad que llevaba ocho meses siendo, en secreto, la bisagra entre el mundo conocido y algo que ninguna farmacia del planeta podría curar jamás.