EL UMBRAL (SAGA DE TERROR KOI FROIN nº 3) La llave del cajón
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La llave del cajón

Arthur tardó tres días en abrirle la puerta.

No era la primera vez que Kim tenía que insistir para verlo desde el libro de la Llave Negra, su abuelo se había vuelto más callado, más dado a desaparecer dentro de sí mismo durante horas, pero esta vez algo en su silencio le pareció distinto.

No era la evasiva cansada de siempre. Era la de alguien que llevaba días decidiendo qué contar y qué callar, y que aún no había terminado de decidirlo.

Cuando por n abrió, Arthur estaba más delgado que la última vez, con ojeras que parecían llevar semanas allí y una taza de café frío olvidada en la mano.

Abuelo. Kim entró sin esperar a que la invitara.

Llevo tres días llamándote.Lo sé.Lucas dice que hay una octava puerta. Dice que esa es

la de donde salió todo. Y yo llevo una semana con la cicatriz ardiendo por las noches, así que no me digas que no sabes de qué te hablo, porque te conozco, y esa cara no es la cara de alguien que se acaba de enterar.

Arthur no contestó enseguida. Se sentó despacio en la butaca de siempre, la de junto a la ventana, y por un momento pareció mucho más viejo de lo que era.

No es la cara de alguien que se acaba de enterar admitió al n. Es la cara de alguien que lleva setenta y tres años esperando este día y que, aun así, no está preparado.

Fue hasta el aparador, abrió el cajón que Kim nunca había visto abierto y sacó la llave envuelta en el paño viejo. La dejó sobre la mesa, entre los dos, como quien coloca una carta que ya no puede seguir escondiendo.

Esto no abre ninguna de las siete puertas que tú sellaste dijo. Esto abre la que hay detrás de todas ellas. Y en 1958, cuando yo era más joven de lo que tú eres ahora, estuve a un paso de usarla.

Kim miró la llave como si pudiera morder. Tenía el mismo óxido oscuro, casi negro, que la que ella había llevado colgada del cuello durante meses.

Alargó la mano, casi sin pensarlo, para tocarla, y Arthur la detuvo con un gesto rápido, casi instintivo.No la toques todavía dijo.

No hasta que sepas lo que hizo la última vez que alguien la usó sin estar preparado del todo.Kim retiró la mano, sintiendo el corazón latirle más rápido de lo que hubiera querido admitir.

¾Por qué no me hablaste nunca de esto?Porque esperaba que no hiciera falta dijo Arthur, y por primera vez en toda la conversación, la voz le tembló.

Porque cada puerta que sellabas era una prueba más de que quizá, esta vez, la octava se quedaría dormida para siempre.

Pero las puertas no se quedan dormidas, Kim.

Solo esperan a que alguien vuelva a acercarse lo suciente.

¾Y quién se ha acercado?Arthur la miró entonces con una expresión que Kim tardaría días en entender del todo: no era culpa, aunque se le pareciera.

Era el peso concreto y agotador de una respuesta que llevaba toda la vida temiendo dar.Tú, Kim.

Te acercaste tú. La noche que sellaste la séptima puerta con tu propia sangre, te convertiste en el corazón de todo el sistema.

Y un corazón, tarde o temprano, siempre termina escuchando lo que late más fuerte cerca de él.