EL UMBRAL (SAGA DE TERROR KOI FROIN nº 3) Cosas que no pasaron
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Cosas que no pasaron

Ana llegó tarde a la cafetería, como siempre, con el abrigo mal abrochado y una disculpa ya preparada en la boca. Se sentó frente a Kim, pidió lo de siempre sin mirar la carta y, antes incluso de quitarse la bufanda, dijo algo que dejó a Kim con la taza a medio camino de los labios:

¾Te acuerdas de cuando fuimos las tres al lago, el verano antes de todo esto? Emma se cayó del embarcadero y tú la sacaste del agua muerta de risa.

Kim la miró un momento sin decir nada.Ana.

Nunca hemos ido a ningún lago.Claro que sí.

Ana lo dijo con una seguridad tranquila, casi aburrida, la de quien repite un dato de calendario.

El verano antes de lo de la casa. Fuimos las tres, y Gabriel nos llevó en su coche viejo, el que se calentaba en las cuestas.

Gabriel no tiene coche. Nunca lo ha tenido.

Ana parpadeó. Por un instante Kim lo vio, no se lo imaginó algo cruzó por su cara: la misma clase de desconcierto que se siente cuando uno intenta recordar el nombre de una calle que ha pisado mil veces y, de pronto, no sale. Después, tan rápido como había llegado, se le pasó.

Tienes razón dijo Ana, y se rió, un poco incómoda. No sé por qué he dicho eso. Debo de estar confundiéndolo con otra cosa.

Cambiaron de tema. Hablaron del trabajo, del frío que hacía para ser octubre, de si Emma seguía saliendo con el chico del gimnasio.

Pero Kim no pudo dejar de mirar a Ana de reojo el resto de la tarde, buscando en su cara algún rastro de aquel recuerdo que no existía, de aquel lago al que nunca habían ido, de aquel coche que Gabriel nunca había tenido y que, sin embargo, durante un segundo, Ana había visto con tanta claridad como si acabara de bajarse de él.

Esa noche, ya en casa, Kim se sentó frente al portátil y escribió, sin saber muy bien por qué le parecía importante hacerlo, la fecha de aquel día y una sola línea:

Ana recordó algo que no pasó. Se le pasó rápido.

Demasiado rápido.Se quedó mirando la pantalla un buen rato.

Después, casi sin pensarlo, se llevó la mano al pecho, al centro exacto de la primera cicatriz.Seguía caliente.Pensó en llamar a Ana esa misma noche, solo para comprobar cómo estaba, para ver si el desconcierto había vuelto o si de verdad había sido un despiste sin importancia, uno de esos que todo el mundo tiene alguna vez.

Marcó el número y lo dejó sonar tres veces antes de colgar sin decir nada.

No sabía cómo explicarle lo que había visto en su cara sin sonar como la Kim de hacía ocho meses, la que veía amenazas en cada sombra, la que necesitaba terapia y pastillas para dormir y una excusa nueva cada semana para justicar por qué no conaba en las ventanas.Se conocían desde la universidad, desde una clase de literatura que ninguna de las dos recordaba ya del todo bien, salvo por el hecho de haberse sentado juntas por casualidad el primer día y no haber vuelto a separarse desde entonces.

Ana había estado ahí durante lo peor de la casa, durante lo peor de la llave negra, sin preguntar nunca más de lo que Kim quería contarle, sin exigirle explicaciones que Kim no podía dar.

Era, de todas las personas de su vida, la única con la que Kim nunca había tenido que ngir del todo.Por eso, quizá, dolía más pensar que ahora podría ser también la primera en empezar a perderse.