EL UMBRAL (SAGA DE TERROR KOI FROIN nº 3)
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Ocho meses de normalidad ngida
El trabajo de Kim era, en apariencia, lo más alejado que existía de puertas, llaves y sangre derramada sobre piedra tallada: pasaba las mañanas en una gestoría, introduciendo datos en hojas de cálculo, atendiendo llamadas de clientes que se quejaban de facturas mal calculadas, tomando café tibio en una sala de descanso con carteles motivacionales que a veces le arrancaban una sonrisa amarga por lo absurdos que le parecían después de todo lo que había vivido.
Le gustaba ese trabajo, precisamente por lo aburrido que era.
Cada cifra que cuadraba, cada error administrativo que corregía, era una prueba pequeña y silenciosa de que el mundo seguía funcionando con reglas normales, de que existían todavía problemas que se resolvían con una calculadora y un poco de paciencia, en lugar de con sangre y sellos y puertas que no deberían existir.
Sus compañeros de trabajo sabían, en líneas generales, que Kim había pasado por algo difícil el año anterior un incendio en la casa familiar, les había dicho, una versión editada y mucho más aburrida de la verdad y la trataban con la delicadeza supercial que se le da a alguien que ha sufrido una pérdida sin llegar a preguntar demasiado.
Kim se lo agradecía en silencio cada día.
Necesitaba ese trato distante, esa ignorancia amable, tanto como necesitaba las llamadas diarias de Ana o las visitas semanales a Arthur.
Aquella mañana, sin embargo, mientras rellenaba una hoja de cálculo con cifras que no signicaban nada importante, se sorprendió a sí misma escribiendo, sin darse cuenta, la palabra "Umbral" en una celda que debería haber contenido un número de factura.
La borró enseguida, con el corazón acelerado, mirando alrededor para comprobar que nadie la hubiera visto, y pasó el resto del día con la sensación exacta y desagradable de que su vida normal, la que llevaba ocho meses construyendo con tanto cuidado, empezaba a tener grietas por las que algo mucho más grande insistía en asomarse.