El último Halloween CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Mia

Abro los ojos. Sigue oscuro fuera. Recuerdo el golpe.

Estoy enterrada.

Me ha hecho lo mismo que le hice yo a él, pero no estoy muerta. «Creo».

Uso la fuerza que me queda y saco un brazo rompiendo la capa de tierra que me cubre hasta la cara; me tapa la boca y me oprime el pecho.

«No puedo respirar».

Separo los codos para abrir espacio en la masa pesada que me atrapa los hombros, rasco hacia arriba y por fin rompo la superficie.

Saco el torso de la fosa y me pongo de pie, limpiándome como puedo la boca.

Estoy agotada, siento dolor en cada articulación.

Necesito una ducha, una cama. Necesito comida.

Quiero ir a mi casa, aunque en este estado no llegaría lejos, así que la única opción es volver a ese maldito lugar.

«No tengo otra opción».

Tardo lo que parecen horas en llegar a la entrada. Mi cuerpo protesta y la sangre cae de los cortes en mis muslos, dejando una línea en el camino.

Abro la puerta y vuelve a recibirme el salón abandonado.

No hay nadie aquí que pueda verme, así que me permito caer de rodillas. Gateo hacia el baño de invitados de la planta baja. La piel de mi rodilla se engancha en una astilla de la madera que me hace soltar un grito de dolor, pero continúo.

Con la ayuda del lavamanos, me pongo de pie. Abro el grifo y agradezco en silencio que salga agua limpia.

Uso ambas manos para quitar la tierra de mi cara, disfrutando de la sensación bajo el agua.

Subo la cara, aparto las gotas de mis ojos con los dedos. Veo el cristal del espejo y mi cuerpo se queda rígido.

Hay una figura parada detrás de mí.

Giro el cuello rápidamente, pero no hay nada.

Vuelvo la vista al espejo y encuentro un mensaje en el vidrio.

«Corre».

Camino de espaldas fuera del baño, manteniendo la vista en las letras rojas, y hago caso.

Corro hacia la salida para dejar la casa.

Llego al centro del jardín cuando una puntada me atraviesa el cráneo y me hace volver a caer de rodillas.

Aparecen imágenes en mi mente o no… Son recuerdos.

«El accidente».

—Tengo que llegar allí —susurro para mí misma.

Las malditas piernas no me responden, no logro ponerme de pie, así que me arrastro de nuevo.

—Vamos, Mia, tenemos que salir de aquí —digo en voz alta, dándome la fuerza que no tengo.

Las ramas se me clavan en el pecho. La fricción de la tierra contra mis heridas abiertas saca más sangre. El dolor en la cadera me corta la respiración, pero continúo metro a metro.

Hasta que llego al lugar del accidente y me levanto sobre las rodillas para mirar.

Frente a mí está el coche de Sara, pero no es lo único que veo.

Hay dos autos.

Y alrededor, están todos muertos.