CAPÍTULO 19
Mia
Soy consciente de lo que acabo de hacer. Mis manos aún tienen tierra entre las uñas.
Lo he enterrado vivo y no pienso arrepentirme.
De regreso a la casa, espero encontrar la fiesta, la música sonando y una nueva oportunidad de salvarlas, de salvarnos a todos.
Pero frente a mí ya no está la construcción que dejé antes de dormirme.
Esta estructura está abandonada. Las ventanas de la planta baja y del piso superior están rotas, con cristales pegados a los marcos de madera podrida.
El césped alrededor del camino ha crecido como si llevara años sin recibir mantenimiento.
—Me tienes que estar jodiendo —digo en voz alta.
Avanzo trotando hacia la entrada principal. Apoyo la palma de la mano en la madera de la puerta y la empujo. No me sorprende encontrar la vivienda completamente vacía.
El recibidor abre paso a un salón en ruinas. El polvo acumulado en el aire me hace toser. Los muebles están cubiertos por mantas sucias. Hay moho negro extendido por el techo y por los zócalos de las paredes. El olor a putrefacción es intenso, penetra por mi nariz y se queda en mi garganta.
Camino hacia la cocina para comprobar si los cuerpos continúan en el mismo lugar.
No hay nada. Los cadáveres no están. El suelo de baldosas rojas solo contiene escombros y capas de polvo.
Salgo de la cocina. Vuelvo al salón y me detengo en la base de la escalera de madera que sube al primer piso.
—¿Hola? —pregunto hacia la parte superior.
Nadie responde. El silencio en el interior del inmueble es absoluto. Pongo el pie derecho en el primer peldaño y comienzo a subir. Escalón por escalón. Cada pisada hace que las tablas viejas emitan un crujido seco.
Llego al pasillo del primer piso. La penumbra es casi total porque las persianas de las habitaciones están caídas.
Abro la primera puerta a mi derecha. Nadie.
Paso a la siguiente puerta, ubicada a la izquierda. Nadie.
El armario de madera tiene las puertas abiertas y no hay ropa adentro.
Camino hacia la habitación de Logan, pidiendo en mi mente no encontrarlo ahí dentro.
Pongo la mano en el pomo. Está frío. Empujo la puerta hacia dentro.
Nadie.
Es otra habitación llena de polvo y telarañas en las esquinas. La cama sigue deshecha; las sábanas tienen manchas oscuras de humedad reciente sobre el colchón.
Giro el cuerpo noventa grados para salir de nuevo al pasillo, pero un punto de color en la pared opuesta capta mi atención.
Hay un espejo con marco de madera y sobre la superficie del cristal hay letras escritas con un líquido rojo que parece sangre.
«No podrás escapar».
La parálisis en mis piernas me impide dar un paso. El ritmo de mis latidos cardíacos aumenta de golpe y la respiración se me corta en el pecho. La visión se me nubla por las lágrimas que empiezan a juntarse en mis ojos.
Tomo aire por la boca de manera profunda y constante. Busco controlar la reacción de pánico de mi cuerpo para no perder el conocimiento. Salgo al pasillo dando pasos cortos hacia atrás.
—No hay nadie. Aquí no hay nadie. Estoy bien — pronuncio cada frase en voz alta para escuchar mi propia voz.
Comienzo a bajar la escalera de madera. Apoyo la mano izquierda en la barandilla para no perder el equilibrio.
Necesito salir de esta propiedad. Necesito caminar hasta mi propia casa, buscar a mi familia, entrar en mi habitación y cerrar la puerta con llave.
Es la única opción racional que tengo para estar a salvo.
Llego al piso inferior. La luz exterior entra por el marco de la puerta principal y sobre la madera de la puerta hay un mensaje escrito con el mismo tono de rojo.
«Nos mataste».
Extiendo las manos hacia la cerradura. El temblor en mis dedos me dificulta moverla, pero consigo girar la manivela, tiro de la puerta hacia mí y salgo a la calle.
Corro por el camino de tierra sin girar la cabeza hacia atrás. El sudor frío me corre por el cuello y la frente. El único pensamiento en mi cabeza es que dejé bajo tierra a la única persona que conocía la situación real de esta casa.
Sigo corriendo entre los árboles hasta llegar al punto exacto del bosque donde está la fosa.
No hay nadie. Logan no está.
El sonido de una rama al ser pisada suena a centímetros detrás de mí. Giro la cabeza hacia la izquierda, pero no me da tiempo a completar el movimiento.
Algo impacta con fuerza en mi cabeza. La vista se me apaga por completo y caigo de espaldas sobre la tierra húmeda.