CAPÍTULO 16
Mia
Una vez que me aseguro de que están todos en el salón, vuelvo a la cocina, sin hacer ruido; la observo, me deleito con su belleza. Aunque ahora mismo parece Harley Quinn y da un poco de miedo, pero sigue siendo lo más precioso que he visto nunca.
Voltea cuando siente mi presencia, pero no dice nada.
—No te tomes demasiado personal las risas, están borrachos —digo, aún apoyado en el marco de la puerta.
—Tú sí me crees, ¿verdad?
Me quedo en silencio unos segundos, pensando en mi respuesta; ella lo nota y vuelve a hablar, antes de yo poder decir nada.
—No me crees. Perfecto. Me voy de aquí. —Salta de la encimera y camina hacia la puerta de salida de la cocina a la calle.
—Mia, no es que no te cre…
—No necesito que me digas nada. Mátense si quieren, no me importa. —Lanza la puerta detrás de ella, dejándome con las palabras en la boca.
Respiro profundo y la sigo, abro la puerta y la encuentro ya a unos muchos pasos de distancia, en el césped, caminando hacia el bosque.
—¡Mia! ¿Puedes parar?
—¡Déjame en paz!
Troto para alcanzarla, le cojo la mano y consigo que voltee y me mire.
—Sí te creo, ¿vale? Pero tienes que admitir que es una situación demasiado extraña.
—No me jodas.
—¿Qué?
Señala detrás de mí y su rostro pálido me hace esperar cualquier cosa.
Me giro para ver qué está ocurriendo y me encuentro con una casa en llamas.
Las ventanas no se han roto y desde ellas se puede ver cómo el fuego ha consumido la parte interna del lugar, casi por completo.
Pasa por mi lado, dispuesta a correr directa a la entrada. Vuelvo a cogerla del brazo para detenerla.
—¡Hay que salvarlos! ¡suéltame!
No digo ni una palabra, sé que es demasiado tarde.
Tan solo la atraigo a mi pecho y la abrazo, manteniéndola conmigo, a salvo.
Al darse cuenta de que no podrá escaparse de mis brazos, se rinde. Las lágrimas comienzan a brotar de sus ojos, mojándome el disfraz.
—Vamos a la entrada principal, quizás estén todos allí —le digo, sin tener ninguna esperanza.
Asiente y me acompaña.
Caminamos lo más alejados de la casa, rodeándola para llegar al otro lado. Aún el fuego no ha traspasado los vidrios, lo cual es bastante extraño.
Giramos, dándonos de cara con un patio principal completamente vacío.
No hay nadie. Están todos dentro.
Corro sin poder controlarlo, buscando cómo entrar, cómo poder salvarlos, pero al estar cerca, una de las ventanas explota.
Mia está de rodillas, llorando las posibles muertes. Me niego a que sea así; me acerco a la puerta principal, toco el pomo con cuidado.
Está frio.
Abro la puerta con cuidado y tan solo veo fuego. No escucho gritos, no hay nadie en el salón, está todo consumido.
—Aquí no hay nadie —digo para mí mismo en voz alta, intentando entender lo que está pasando.
—Estaban todos en el salón, es imposible —añade Mia, que ya está detrás de mí, viendo exactamente lo que yo veo.
—La cocina. —Corro de nuevo hacia la entrada de la cocina, desde fuera.
Si Mia estaba en lo cierto e iba a pasar algo horrible en ese lugar, entonces tendría sentido que estuvieran allí y no en el salón.
Abro la puerta, la cual también tiene el pomo frío, y lo que me recibe me acompañará en mis pesadillas por el resto de mis días.
Frente a mis ojos ya no hay fuego. Tan solo hay cadáveres.
Unos encima de otros, apilados en pequeñas montañas en el suelo de la cocina, bañado por un río de sangre.
Estoy en completo estado de shock cuando Mia me aparta para poder ver.
—¡No! No, no, no.
Entra corriendo, consigue a sus amigas, que yacen muertas, abrazadas, en el medio del lugar.
Intenta reanimarlas, les hace respiración boca a boca, con ambas manos bombea sus corazones, pero no ocurre nada.
Están muertas.
«Están todos muertos».