CAPÍTULO 17
Mia
No me separo de sus cadáveres durante lo que parecen horas.
Logan tampoco se ha movido de donde está; sigue sentado con la espalda pegada a la base de la encimera, en silencio, contemplando los cuerpos de sus amigos.
El fuego ya se ha extinguido y yo sigo intentando entender el motivo de sus muertes. ¿Por qué no están quemados? ¿Qué ocurrió?
Cada una de las personas a mi alrededor presenta heridas abiertas en el cuello, el pecho o el abdomen.
¿Cómo pudo pasar esto en cuestión de minutos?
—Creo que deberíamos irnos de aquí —propone Logan, sacándome de mis pensamientos.
Se pone de pie y se acerca a mí para tenderme una mano. La acepto y asiento sin pronunciar palabra. Me ayuda a esquivar los cuerpos hasta llegar a la puerta.
Salimos de la casa sin saber qué hacer a continuación, manchados de sangre de pies a cabeza y envueltos en un silencio abrumador.
Nos alejamos poco a poco, a paso lento y cogidos de la mano, en dirección al bosque. Llegamos al lugar que me mostró antes, ese que, según él, solíamos visitar. Al mirar la tumba de tierra, se me ocurre una idea absurda, aunque a estas alturas nada de lo ocurrido tiene sentido.
—Hay que dormir. —De un salto, me introduzco en el hueco de la tierra.
—No creo que pueda dormir ahora mismo —responde, mirándome desconcertado.
—No me importa si puedes o no. Tenemos que dormir; al despertar, nada de esto habrá pasado.
Me acuesto de lado, dejándole espacio e invitándolo a acompañarme. Él asiente y, de un salto, se coloca a mi lado. Se acuesta boca arriba, pasa un brazo por mi espalda y me acomodo contra su pecho.
Pasamos unos minutos en esa posición: él acariciándome el hombro con el pulgar; yo trazando círculos en su pecho con la yema del índice. El deseo no tarda en apoderarse de nuestros cuerpos.
Veo cómo su miembro se endurece bajo la ropa: es la respuesta que necesitaba.
Sigo acariciando su pecho y desciendo poco a poco hacia su ombligo. Su respiración se altera.
—Esto es lo que necesitamos —le murmuro cuando mi mano alcanza su erección.
Subo de nuevo la mano, sujeto la cremallera y la bajo con brusquedad. Saco su miembro del bóxer, me llevo la mano a la boca para escupir en ella y vuelvo a la acción, deleitándome con los sonidos de placer que se le escapan mientras lo masajeo de arriba abajo.
—Vas a hacer que me corra rápido —gime.
—Eso es lo que quiero. Córrete en mi mano —le susurro con la boca pegada a su cuello.
Acelero el ritmo. Sus dedos se clavan en mi hombro, su cuerpo se tensa y, en pocos segundos, suelta un gemido ahogado mientras empapa mi mano de semen.
Sonrío, victoriosa. Con un movimiento ágil nos reacomodamos: él se gira de lado y yo me quedo boca ar-riba.
—Esto va a ser rápido —dice con una sonrisa de medio lado.
Su mano viaja directa a mi centro e introduce dos dedos sin previo aviso.
—Qué mojadita estás para mí.
Un gemido se me escapa al escucharlo y abro las piernas para recibir todo lo que quiera darme. Mantiene los dedos dentro mientras masajea suavemente mi clítoris con el pulgar, provocándome pequeños espasmos.
Cuando lo siente lo suficientemente hinchado, saca la mano y la vuelve a introducir, esta vez con tres dedos. Uno de ellos busca mi punto G y me retuerzo de placer.
—Logan… —susurro.
—Déjate llevar —murmura sobre mis labios sin detener el movimiento.
Las piernas me tiemblan y pongo los ojos en blanco. El placer me inunda por completo, dejándome inmóvil unos segundos mientras me abandono al orgasmo que sabía que necesitaba.
Saca los dedos y se los lleva a la boca para probarme. Luego acerca sus labios a los míos, aún impregnados de mi fluido, y me besa.
Al separarnos, volvemos a la postura inicial: él boca arriba y yo de lado, con la cabeza apoyada en su pecho.
Ya relajados, dejamos que el cansancio nos venza.