CAPÍTULO 15
Mia
Abro los ojos y sigo en el mismo lugar, enterrada entre ramas, hojas y tierra, aunque lo suficientemente libre para poder salir de aquí sin dificultad.
Logan no está; el muy cabrón me dejó tirada en este sitio.
Me pongo en pie, sacudiendo todo rastro de suciedad de mi cuerpo magullado, maldiciendo por lo bajo.
Con ambas manos me inclino hacia arriba, consiguiendo de un salto escapar del hueco y vuelvo a sacudirme la tierra, intentando no rozar las heridas de mi cuerpo.
Me arde la espalda. Imagino que por el impacto cuando me empujó hacia atrás. Las piernas me pesan. Aun así, con la poca fuerza que me queda, camino hacia la casa. Necesito conseguirlo e insultarlo por haberme abandonado; sabrá Dios durante cuánto tiempo. Pude haber muerto y no se habría enterado.
Un momento. «¿Qué cojones?».
Hay música a todo volumen y proviene de la casa.
Me olvido de todo el dolor que pude haber sentido y corro a toda la velocidad que el cuerpo me permite en esta precaria situación.
Abro la puerta y no puedo creer lo que mis ojos ven.
«Tú me tienes que estar jodiendo». Pienso, observando la fiesta que tengo delante.
Logan está sentado en el sillón, justo como el momento en el que lo conocí, vestido exactamente igual, con el disfraz de esqueleto.
Giro a la cocina y ya sé exactamente lo que voy a encontrarme.
Y sí. Efectivamente, ahí están: mis amigas; la chica muerta no muerta; el chico muerto no muerto y todos los invitados, encantados y felices. Como si nada hubiese pasado, pero yo sé que sí pasó.
«No puede ser producto de mi cabeza».
Lo peor es que hay una parte de mí que sabe que va a volver a pasar.
—No, no, ¡no! —digo en voz alta, más para mí misma que para nadie más, pero Sara me escucha y ya la tengo enfrente, preocupada.
—¿Estás bien? —pregunta, cogiéndome la cara con ambas manos, moviéndola de un lado al otro—. ¿Qué coño te ha pasado?
—No importa. Necesito que me escuches. Lo que te voy a decir es demasiado importante.
Asiente, aún más preocupada con mis palabras.
—En unos minutos va a pasar algo terrible. Horrible. Espantoso. Necesito que salgas ya mismo de esta casa, por favor.
—¿Qué dices? —se ríe.
La muy zorra se ríe. No me cree.
—Sara, te lo pido como tu mejor amiga del mundo entero. Necesito que salgas de aquí ¡ya!
—Vaaale… Das un poco de miedo, pero de acuerdo, me iré fuera a darle unas caladas al porro; aún me queda un poco.
Asiento, pero se me ocurre otra idea aún mejor que intentar convencer a cada persona por separado.
—Antes necesito que me ayudes a conseguir que todos salgan de esta cocina.
—Mmmjum, digamos que los convencemos. ¿Cuál es el plan? ¿Irnos de paseo al bosque?
—No lo sé, solo necesito…
—¡Pero si aquí está mi angelito! —interrumpe Logan, abrazándome por la espalda.
—Creo que tu angelito tiene una crisis —dice Sara, alejándose.
Camina hacia la puerta de la entrada, justo como le pedí, pero se le olvidó ayudarme a convencer a los demás. «Me cago en la puta».
Me suelto del agarre de Logan, cojo un chupito de tequila abandonado en la encimera y lo tomo de un trago. Esto va a ser complicado.
Me subo a la encimera de un salto, me pongo en pie y carraspeo.
—Chicas, chicos, disculpen por interrumpir. Necesito que me escuchen.
Todos a mi alrededor hacen silencio y me observan. Incluso algunas personas que están en el salón se acercan a escuchar.
Cuando tengo la atención de la mayoría, digo:
—Esto va a ser raro, pero necesito que confíen en mí, aunque algunos ni me conozcan.
—Mia, todos te conocen. ¿Qué pasa? —dice el amigo de Logan, creo que se llama Nate.
«Todos me conocen, pero yo no a ellos, muy bien».
—¡Estás embarazada! —grita una chica que no había visto hasta ahora.
Todos hacen un sonidito de sorpresa al unísono.
—No, no estoy embarazada, muy impertinente por tu parte.
Nadie habla, así que aprovecho y continúo.
—En unos minutos algo horrible va a pasar en este lugar. Alguien va a morir. Así que necesito que todos los que están en esta cocina salgan ya mismo de aquí.
Se quedan observándome en silencio, hasta que una carcajada rompe la poca seriedad que había en el ambiente. Todos le siguen. Se burlan de mí.
—¡Estoy hablando en serio! ¡Necesito que salgan ya mismo de aquí!
Continúan las risas.
De la desesperación que me produce la situación, cojo una botella y, de un golpe seco contra la encimera, la rompo.
Las burlas cesan en un segundo y vuelven a mirarme, pero ahora con expresiones de terror.
—No voy a volver a repetirlo. Salgan. De. Aquí. ¡Ya! Finalmente, me hacen caso y dejan la cocina.
Tan solo queda una chica herida, vestida de ángel, con una botella rota en la mano y decidida.
«Esta vez no va a morir nadie».