CAPÍTULO 11
Mia
Abro todas las puertas del pasillo, volviendo a buscar a Claire exactamente de la misma manera que hace unas horas, aunque esta vez algo más preocupada.
Dijo que buscaría ayuda para llamar a una ambulancia y no volvió. ¿Se lo agradezco? Sí, pero eso no quita que esté preocupada por ella y, aún más, con lo rara que se está poniendo la noche.
Unos gemidos suenan al fondo del pasillo y pongo los ojos en blanco.
«Me tienes que estar jodiendo, Claire».
Al acercarme y abrir la puerta, no me sorprende verla de nuevo saltando sobre la polla de alguien, sino más bien que ese alguien está cubierto de…
«¿Cera?».
—¡Mia! Mira qué bonito quedó nuestro nuevo muñeco.
—¿Nuestro qué?
Me ignora y sigue gimiendo sobre el chico, apretando su cuello, quitándole la poca respiración que le queda.
—Lo vas a matar —advierto, acercándome.
Toco su hombro buscando que pare, antes de que se arrepienta. Gira la cabeza hacia mí, me observa sin pestañear, sonriendo de una manera que me pone los pelos de punta. Suelta al chico y, sin aviso, coge mi cabello en un puño.
—¿Quieres ser mi nueva muñeca? —Su voz es como la de una niña pequeña, está completamente fuera de sí.
—Claire, soy yo… Me estás haciendo daño. Para.
No lo hace; al contrario, me tumba sobre el pecho del chico y sigue rebotando sobre su polla y gimiendo.
Sin poder moverme, grito. Grito sin descanso, hasta que alguien me escuche, porque mi amiga no va a parar hasta matar a alguien.
—Shhh… No grites. Las niñas buenas no lo hacen.
—Suéltame —pido, ya sollozando.
—Shhh… No te pasará nada, te lo prometo.
Escucho el sonido de un mechero al encenderse y grito aún más fuerte. «Me va a quemar».
—Claire, por favor —digo con la voz quebrada.
—Mira cómo llora. —Sube mi cabeza para poder observar la cara del chico, que no puede gritar porque tiene la boca bloqueada por la cantidad de cera.
Mi amiga acerca el encendedor al pecho de él. Las lágrimas brotan de sus ojos. Lo está quemando, le está doliendo y yo no puedo pararla.
—Claire, déjalo, por favor, déjanos.
—¿Por qué? ¿No quieres ser mi muñeca? —Comien-za a llorar desconsoladamente, aún sin soltarme—. Si no quieres ser mi muñeca, entonces no te quiero.
Acerca el mechero a mi cara y, antes de que el fuego toque mi piel, siento el dolor en el cuero cabelludo cuando tiran de mí hacia atrás. Es ella, que está siendo arrastrada por alguien más y aun así no me suelta.
—¡¿Qué cojones le hiciste a Will?!
Es Logan, reconozco su voz y está furioso.
—¿Pero qué mierda…?
La voz de otro chico irrumpe en la habitación.
—Llévatela de nuevo al bosque, y que no se te escape esta vez —le ordena Logan a su amigo, que inmediatamente coge la mano que tiene mi amiga sobre mí, abre sus dedos dejándome libre y la arrastra al pasillo, sujetándola por ambos brazos.
—¡No le hagan nada, no sé qué le pasa, está fuera de sí! —grito al chico, esperando que me escuche.
Logan se pone de rodillas frente a mí, me acaricia el cabello donde hace un momento estaba la mano de ella, se acerca y me regala un beso tierno.
—Eso de ser piadoso con tus amigas se acabó.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Lo que quieras entender. Esta vez no vas a volver a escapar, te quedarás tranquilita donde yo te diga, y vas a obedecer, porque si no, habrá consecuencias. ¿Entendido?
—¿Y tú quién mierda te crees para darme órdenes? Yo hago lo que me salga de los ovarios. ¿Entendido?
Sonríe de lado, su mano acaricia mi mejilla y tan solo dice:
—Entendido.
Lo último que siento es un golpe seco en mi cabeza antes de quedar inconsciente.