CAPÍTULO 5
—¡Bebe! ¡Bebe! ¡Bebe!
Tengo el plástico del embudo entre los dientes, dejando que la cerveza baje de golpe, fría y amarga, obligándome a tragar rápido para no ahogarme.
En cuanto termino y aparto el tubo de la boca, las personas a mi alrededor saltan y gritan emocionados, como si nunca hubieran visto nada igual, lo que me dice que ya van bastante borrachos, al menos la gran mayoría.
Limpio mis labios con la manga del disfraz y doy un paso atrás, saliendo del centro de atención. De un salto caigo en el sillón individual del salón y observo el panorama.
El ser humano suele pensar que los jóvenes con alcohol somos peligrosos, que somos propensos a tomar malas decisiones. Yo lo único que veo es a un grupo de universitarios bailando, riéndose de cualquier tontería y buscando pasar el rato. Realmente, dudo que esto sea tomar malas decisiones.
Savanah me saca de mi reflexión sentándose en mi regazo, besándome el cuello de forma seductora.
No me muevo, ni le sigo el juego, tan solo dejo que sus manos busquen apoyo en mis hombros, mientras mantengo la mirada fija en el resto de la fiesta, por encima de su cabeza, buscando de cualquier manera evitar el olor a porro y perfume floral que me satura.
Aunque no soy de goma, también estoy disfrutando el sentir cómo frota su coño sobre mi pierna. El ambiente a nuestro alrededor ha cambiado en pocos minutos; los dos sofás de tres puestos están ya ocupados con parejas follando con la ropa puesta. Es cuestión de tiempo que terminen sin ropa.
La situación me la pone dura, pensar en metérsela aquí, frente a todos. Que puedan ver como grita de placer brincando sobre mi polla.
Se da cuenta de mi notoria excitación y con una sonrisa maliciosa se arrodilla entre mis piernas abiertas, pero la interrumpe el timbre de la entrada.
—¡Tu turno! —grita Nate sin molestarse en mirarme. Vuelve a la carga y le succiona un pezón a la chica que tiene acostada debajo de él.
Savanah entiende la situación, y con un suspiro de frustración, se pone de pie.
En pocos pasos ya estoy en la entrada.
Al abrir la puerta, el cuerpo se me congela; no sabría decir si por el clima de octubre o por las tres chicas que tengo enfrente.
—Wow. Esos disfraces sí que dan miedo —suelto sin poder evitarlo. Las heridas que llevan se ven demasiado reales.
Una de ellas, la morena, va de bruja; la pelirroja va de gatita y la rubia tiene un disfraz de ángel que me descoloca todos los sentidos. Me dan ganas de subirle el tutú y follármela aquí mismo antes de dejarla pasar.
—Nos lo hemos currado para ganar el premio al mejor disfraz. ¿Nos vas a dejar pasar o tenemos que congelarnos aquí fuera? —me dice la rubia que lidera el trío.
—No hay premio al mejor disfraz. Hay cerveza en la cocina. Si quieren algo más fuerte, busquen el cajón negro a la derecha. —Señalo a dónde tienen que dirigirse y regreso al sillón.
Vuelvo a acomodarme en el cuero desgastado, pero esta vez sin Savanah.
Ya está ocupada con Harris, contra el cristal de la ventana, comiéndose la boca.
Aquí las cosas funcionan así. Algunas veces me he cuestionado si otros grupos de amigos tienen la misma confianza que nosotros.
El poder compartirnos a las chicas, follar frente al otro sin juzgarnos y sentirnos libres de hacer una orgía si nos apetece.
Mis ojos se dirigen a la cocina, siguiendo el movimiento de las tres chicas que acaban de llegar. Desde mi posición tengo el ángulo perfecto. La pelirroja ya está abriendo el cajón negro y sacando la botella de tequila; la rubia se echa agua en la cara en el lavaplatos, frotándose con fuerza.
Me llama la atención que el maquillaje de las heridas no se le cae ni se corre lo más mínimo; sigue intacto.
Mientras tanto, la morena coge cuatro vasos de chupitos del estante.
Se mueven con una soltura extraña para ser desconocidas.
Sirven el alcohol hasta el borde en todos los vasos; la rubia coge uno en cada mano, me clava la mirada y se dirige directa a mí…
«Bingo».
—Supongo que eres el dueño de la casa —indaga.
Me pasa el chupito rozando los dedos con los míos y se acomoda en el reposabrazos, justo a mi derecha. Me llega de golpe un olor a bosque y lluvia.
—Mis padres son los dueños de la casa, pero nunca están en esta época —respondo.
No sé por qué cojones le suelto eso a una desconocida a la primera de cambio, pero esta chica no me genera ninguna desconfianza.
—¿Entonces podríamos estar aquí hasta la hora que queramos? —pregunta recorriendo el salón con la mirada.
—Curiosa pregunta, pero sí. Siempre y cuando te estés divirtiendo, mi casa es tu casa.
Asiente despacio y se le escapa una pequeña sonrisa tímida.
—¿Cómo te llamas? —le pregunto antes de bautizarla mentalmente como «ángel».
Ese es el disfraz que lleva: unas alas blancas algo gastadas que contrastan con las heridas falsas de su cuello, un corsé que le marca las curvas y una pequeña falda de tutú. Va toda de blanco, lo que la hace tener una extraña combinación entre la inocencia y la malicia.
—Mia, me llamo Mia, ¿y tú?
«Mia…». El nombre me resuena en la cabeza.
«Definitivamente vas a ser mía».
—Soy Logan, encantado. —Acerco mi vaso y choco el cristal contra el suyo. Nos tomamos el chupito completo, de un solo trago. El tequila raspa su garganta; veo cómo arruga un poco el entrecejo y aprieta los labios. Se recompone y me clava los ojos de nuevo.
—Bueno, Logan. ¿Me enseñas tu casa?
—Al precipicio y sin cuerda. Me gusta —admito riéndome y me pongo de pie sin pensarlo ni medio segundo.
—No hay tiempo que perder —dice ella, sosteniéndome la mirada—. Si solo tendremos una noche, hay que disfrutarla.
Me quedo de piedra. Esta chica definitivamente va a por todas, pero antes de que pueda procesarlo, suelta una carcajada y me saca de mi breve estado de estupefacción.
—Soy virgen, no pienses cosas que no son, solo estoy bromeando.
«¿Virgen?».
La respuesta me descoloca por completo. Ahora mismo no tengo ni la más puñetera idea de qué decir, y mi silencio me delata. Ella lo nota enseguida, disfruta de mi desconcierto y, antes de esperar a que yo suelte alguna estupidez para recuperar el control, se baja del reposabrazos.
—Voy con mis amigas —añade, dándose la vuelta—. Ha sido un placer ponértela dura, Logan.
La observo caminar de vuelta a la cocina, contoneando las caderas, dejándome ver el borde de sus nalgas que asoman bajo la falda.
«Esta noche se va a poner interesante».
Necesito follarme a esta chica ya mismo, pero eso de que sea virgen no me va a ayudar en nada.
No va a querer tener su primera vez con un desconocido, así que no hay de otra. No hay otra chica disponible ahora mismo en la casa con quien poder saciar el deseo que inunda cada parte de mí ahora mismo.
Subo las escaleras y entro en el primer baño del pasillo; mi habitación está al fondo, pero no llego.
«Necesito hacer esto ya mismo o reviento».
Cierro la puerta y, sin poner el pestillo, me bajo la bragueta del disfraz, libero mi polla necesitada y comienzo a meneármela a un ritmo desesperado.
Cuando estoy a punto, subo la mirada al espejo y ahí está ella, de pie, detrás de mí.
Me pega un susto de muerte, mi cuerpo tiembla, pero no puedo parar de mover la mano, con los ojos fijos en ella, sin pronunciar ni una palabra.
Mi liberación cae a chorros desordenados en el espejo.
Antes de yo hacer nada, se coloca a mi lado e, inclinándose, pasa la lengua sobre una de las manchas de semen.
Sonríe, limpiándose con un dedo la comisura de la boca, y se marcha, dejándome solo, sin poder dejar de mirar ese lugar en el que su saliva y mi esperma se han unido.
«Vas a ser mía, angelito… Cueste lo que cueste».