CAPÍTULO 4
Tengo que salir de este lugar. La cabeza me da vueltas, el sabor a tequila mezclado con vómito me quema la garganta. El chico más desagradable de mi clase ha intentado meterme la lengua en la boca mientras bailábamos y le he vomitado en la cara.
Este es, sin duda, el peor Halloween. Ni siquiera son las seis de la tarde y ya estoy borracha, por lo que hay que admitir la derrota, saber cuándo es momento de retirarse, y yo hoy me doy por vencida.
Encuentro pasta de dientes en uno de los cajones del baño. Pongo un poco en el dedo índice y me enjuago la boca para quitarme el olor y el sabor. También para evitar tener que volver a inclinarme sobre el retrete y estar en este bucle más rato.
Confirmo frente al espejo que estoy más o menos decente, salgo del baño y camino por el pasillo buscando a mis amigas.
Sigo el sonido de unos gemidos hasta una de las puertas del fondo. Al abrirla, encuentro a la primera: Claire. Saltando sobre la polla de un chico que no conozco de nada; sus rizos pelirrojos rebotan con cada movimiento.
No puedo evitar sentir un poco de celos; ya me gustaría estar follando esta noche y no deseando escapar de este lugar y acostarme a llorar en mi cama.
Carraspeo y toco la puerta con los nudillos; él dirige su mirada hacia mi dirección con cara de absoluto pánico por haber sido pillado, pero mi amiga tan solo sonríe al verme.
—¿Te quieres unir? La tiene como nos gusta; te la mostraría, pero la tengo muy, muy adentro. —El chico, que sigue debajo de ella con la cara roja como un tomate, me mira como si quisiera que la tierra se lo tragara.
He follado con mis amigas alguna vez, así que la invitación no se me hace extraña. Así era como terminaban las noches de Halloween en casa de mi exnovio.
En una orgía.
—Creo que esta noche paso —respondo, apoyándome en el marco de la puerta. El suelo vuelve a inclinarse bajo mis pies—. Perdón por interrumpir, de verdad, pero me quiero ir a casa, no me siento bien.
Preocupada, separa su cuerpo del chico y se pone de pie, bajándose sin disimulo el vestido para tapar sus partes.
—¿Qué pasa? —me pregunta en voz baja, ignorando por completo los quejidos del chico, que se tapa con las sábanas—. Estás pálida, ¿todo bien?
—Sí… Bueno, no. He vomitado y no se me pasa el mareo.
—Vale. No se diga más, nos vamos —responde al instante, pasándome un brazo por encima de los hombros y salimos de la habitación.
—¿No te vas a despedir de él? —Le señalo al chico que sigue tumbado en la cama sin entender nada, con la polla aún erecta.
Claire se da la vuelta, le lanza un beso dramático con la mano y me susurra al oído:
—La verdad es que no sé ni cómo se llama.
No puedo evitar soltar una carcajada en medio del pasillo, antes de que un fuerte golpe y un grito desgarrador nos frenen en seco.
La risa se me congela en los labios. Agudizo el oído y me doy cuenta de que el sonido viene de la planta de arriba.
Una mirada basta como señal.
Corremos, siguiendo el ruido. Al llegar a la terraza que hay en la última planta de la casa, vemos a nuestra amiga, tirada en el suelo, llorando. De espaldas está él, el innombrable exnovio.
Su relación terminó por maltrato e infidelidad. Desde entonces, con toda su caradura, no ha dejado de acosarla.
—¡¿Qué coño le has hecho?! —grita Claire al tiempo que nos ponemos de rodillas junto a nuestra amiga.
Él no habla. Sigue dándonos la espalda y lo único que se ve es el humo del cigarro que se está fumando.
—Nos vamos —anuncio en voz alta.
La ayudamos a levantarse sin preguntar nada. Sencillamente, no es el momento, no con él aquí.
—Más bien deberíais preguntarle a ella qué fue lo que hizo y no a mí —dice, pasando por nuestro lado y lanzando la colilla justo al lado de Sara—.
No está bien juzgar antes de conocer toda la historia…
¿Sabíais que vuestra amiga fue la primera en ser infiel en nuestra relación y lo hizo con mi mejor amigo, que ahora mismo está a muchos metros bajo tierra?
Curioso que lo hayan asesinado exactamente esa misma semana y que ahora me estén buscando a mí, ¿no?
—¡Te voy a matar, hijo de puta! —le responde ella, pero él ni se inmuta y desaparece por las escaleras, tambaleándose y quejándose por cada paso que da.
—Vaaale, es momento de marcharnos. —Limpio las lágrimas de su cara con el pulgar y bajamos a paso lento las escaleras, hasta llegar a la planta baja.
Caminamos en medio de la multitud de personas que bailan, la mayoría ya bastante pasados de copas. Algunos están aquí desde ayer por la noche.
Nosotras llegamos hoy a eso de las cuatro de la tarde y nos recibieron con demasiados chupitos de tequila, consiguiendo así tener rápidamente el mismo nivel de alcohol en nuestro organismo que el resto de los invitados.
Logramos escapar del lugar, salimos al patio delantero de la casa, donde, a unos pocos pasos, está el coche de Sara aparcado, cosa que agradezco; no podría soportar caminar mucho más con estos tacones.
—Ahora mismo no puedo. —Me lanza las llaves porque, para mi desgracia, soy la única que puede sacarla del apuro. Claire no se ha sacado el carnet de conducir.
—¿Estás segura? Aún no se me ha pasado del todo el mareo y no sé si deberíamos…
—Confío en ti —dice, finalizando la conversación, y se acomoda en el asiento de copiloto.
Respiro profundo, buscando que el universo me dé la lucidez necesaria para poder conducir los cuarenta minutos que nos separan de su casa.
Allí dormiremos las tres, hasta que sea de día y podamos regresar cada una a nuestras camas. Siempre lo hacemos así, no nos gusta dejarla sola cuando salimos de fiesta, por seguridad.
Cuando me siento capaz, abro la puerta y me acomodo en el asiento del conductor. Enciendo el motor, el techo se abre dejando el coche descapotable y arranco.
En pocos minutos, dejamos atrás la urbanización de casas.
Ante mí, se abre una carretera oscura, rodeada únicamente por árboles.
Si no fuera la ciudad en la que he vivido toda mi vida, me daría bastante respeto, e incluso miedo, pero la verdad es que es muy fácil pillarle el gustillo; siempre me ha parecido divertido sentir que en cualquier momento va a aparecer Edward Cullen de entre los árboles o Jacob en mitad de la carretera.
Lo único malo de este lugar es que el turismo por las pelis y los libros es insoportable. Vayas a donde vayas, hay carteles, tiendas de recuerdos y cualquier cosa que tenga que ver con los personajes. El fandom se vuelve completamente loco y, para los que vivimos por aquí, es desesperante.
Giro en una pequeña curva, los faros iluminan el suelo mojado; mis ojos se distraen mirando el reloj. En el momento en el que el aparato marca las seis y siete de la tarde, una persona cruza la carretera, justo enfrente de nosotras.
El corazón se me dispara, reacciono por puro instinto y piso el freno a fondo.
«Error».
El coche patina sobre el suelo mojado, perdiendo el control por completo. El volante vibra en mis manos y, al levantar la vista, unos faros cegadores aparecen de la nada.
Otro coche viene directo hacia nosotras a toda velocidad.
El pitido del claxon es ensordecedor.
Cierro los ojos con fuerza, hundo la cabeza entre los hombros y aprieto los dientes, esperando el golpe, el dolor o la muerte.
Pero el impacto nunca llega.
Hay un silencio absoluto que dura apenas un suspiro, y luego, un crujido metálico.
Lo primero que siento al abrir los ojos es el olor a humo y el frío del aire. El vidrio delantero está completamente roto.
Mi cabeza intenta reconstruir los últimos tres segundos, pero nada cuadra. ¿Dónde está el otro coche? No recuerdo que nos tocara. No hubo ruido de dos vehículos chocando.
Es como si hubiésemos esquivado un fantasma, para terminar con el coche destrozado.
El pánico me espabila de golpe y miro a mi lado. Sara está viendo fijamente al frente, con lágrimas en los ojos, y en el asiento de atrás se encuentra Claire, más pálida de lo normal y temblando. Se palpan los brazos y las piernas, intentando convencerse a sí mismas de que siguen enteras.
—Lo siento. No sé qué ocurrió, Sara. Te lo juro, no lo sé, yo… —Mi voz tiembla, busco la manera de no echarme a llorar y ser fuerte por ellas.
—Mia, respira. Estamos vivas, es lo único que me importa —me corta Sara, poniendo su mano sobre la mía.
Busco a ciegas el botón del cinturón que está cortándome la respiración por lo ajustado que está. Cuando consigo quitármelo, con el cuerpo pesado y adolorido, abro la puerta y salgo.
Claire y Sara hacen lo mismo. Es un milagro que no se hayan roto el cuello; no llevaban el cinturón puesto en el momento del accidente.
A un lado de la carretera, observo a mi alrededor, confundida, intentando asimilar de nuevo la escena. El coche se ha estrellado de frente contra un árbol grueso. El capó está doblado y el lateral derecho está destrozado, aplastado.
«No entiendo nada».
—¿Y ahora qué hacemos? Estamos en medio del bosque —pregunto aterrorizada. Nos faltarían todavía unos treinta minutos en coche para llegar a la civilización.
—¿Pedimos autostop? —propone Claire, cruzando los brazos sobre el pecho para protegerse del viento.
—Ni loca, prefiero dormir en el bosque a irme con algún loco borracho que termine matándonos —responde Sara.
Y sí, tiene toda la razón. Después del susto que acabamos de pasar, meternos en el vehículo de un extraño es lo último que necesitamos.
Claire emite un suspiro de desespero que se convierte en vaho y comienza a caminar hacia los árboles, alejándose de la carretera.
No tenemos otra opción si queremos protegernos del viento helado, así que la seguimos de cerca.
Tras un par de minutos avanzando a ciegas, se detiene en seco.
—Allí… —susurra, señalando hacia el frente.
Al fondo, entre los troncos, se ve el resplandor de unas luces, y si agudizas un poco el oído, consigues escuchar el retumbar sordo de lo que parece ser música. Definitivamente hay una casa por ahí, y están de fiesta.
Hoy es Halloween, la celebración favorita en Estados Unidos, así que es completamente normal que la ciudad entera esté festejando.
Nos miramos sin decir una palabra.
Es nuestra señal para ir hacia la luz.