CAPÍTULO 2
—¿Todo listo para esta noche? —pregunta Nate tras abrir la puerta de la pick-up y subirse de copiloto a mi lado.
El motor de su coche se ha dañado esta semana y, como vive a apenas cinco minutos de mi casa, paso a recogerlo cada mañana.
—Todo listo. ¿La trajiste?
Asiente, abrochándose el cinturón. Abre la cremallera del bolso de lona que lleva sobre las piernas y se inclina ligeramente hacia mí para enseñármela.
Una Glock 19, sobria y fría, brilla bajo la luz de la mañana durante unos segundos, antes de volver a guardarla en el fondo del tejido.
Asiento en respuesta y subo el volumen de la radio, dejando que los primeros acordes de In the End de Linkin Park llenen la pick-up a todo volumen mientras meto la marcha.
Al poco tiempo de arrancar, entramos en el denso bosque, rodeados de pinos que tapan casi por completo el cielo. La lluvia cae suave, la niebla baja se cuela entre los troncos, flotando a pocos centímetros del suelo en una capa de humo.
Es mi último año de carrera; en solo unos meses me gradúo en Diseño Gráfico.
Tengo cada detalle de mi futuro perfectamente planificado: viviré con mi novia en el anexo que construyeron mis padres para mí, al lado de la propiedad.
Trabajaré en la empresa de mi familia y me aseguraré de que ella pueda cumplir sus sueños, sin preocuparse por nada.
Viviremos una vida tranquila, juntos, para siempre.
No soy un hombre de ciudad; soy más de bosque, de árboles altos, de humedad y soledad.
Así somos los que hemos crecido por esta zona.
Quien no nos conozca puede pensar que somos gente aburrida, pero yo no opino lo mismo.
Nos divertimos como cualquier otra persona, solo que nuestra idea de entretenimiento no incluye discotecas, ni coger el metro a medianoche, o pedir un taxi para poder llegar a casa.
A mitad del camino, a unos veinte minutos desde que salimos, el paisaje empieza a cambiar.
Los árboles ceden paso a un horizonte más abierto a medida que nos aproximamos a la entrada de Portland.
La masa verde y tupida se va diluyendo entre carteles publicitarios descoloridos y naves industriales.
El tráfico aumenta de golpe; el silencio del bosque se disuelve entre el sonido de los coches, las bocinas y los semáforos.
Entrar a la ciudad siempre me produce la misma sensación de rechazo.
Avanzamos entre los coches hasta desviarnos hacia el edificio, donde decenas de estudiantes cruzan la calle con sus abrigos empapados y paraguas abiertos.
Reduzco la velocidad al entrar en el aparcamiento, cojo el papel que suelta la máquina, que me desea un feliz día en varios idiomas, y continúo.
—Envíale un mensaje, por favor, dile que mañana sobre las seis de la tarde pasaré a buscarla —le pido a Nate, sacando el móvil del bolsillo para dárselo ya desbloqueado antes de apagar el motor.
Nate coge el teléfono sin decir nada. Sus dedos se mueven rápidos sobre la pantalla escribiendo las palabras exactas, sigue mis instrucciones al pie de la letra y lo bloquea de inmediato antes de dejarlo en el posavasos entre los dos.
No espera respuesta, sabe de sobra que el mensaje de vuelta puede tardar horas en llegar, y sabe también que yo esperaré el tiempo que haga falta.
«Responda o no, mañana voy a por ti».