El trato del Verano (Romances de Verano 1) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

JACK

Me despierto despacio.

Demasiado despacio.

Como si mi cerebro nadara en melaza, intentando encontrar la superficie. Tengo la boca seca. La cabeza me late con ese ritmo sordo que significa que bebí demasiado. Y hay algo cálido presionado contra mi pecho.

Abro los ojos.

No es mi techo.

No es mi habitación.

Las paredes son de otro color. Hay pósteres enmarcados que no reconozco. Una estantería llena de libros. Ropa colgada en una silla que definitivamente no es mía.

Y entonces lo huelo.

Vainilla.

Ese olor a vainilla que llevo dieciocho meses memorizando sin permiso. Que se me queda pegado a la ropa después de cada reunión. Que me persigue en sueños.

Bajo la vista.

Emery está dormida contra mi costado.

Tiene la cabeza apoyada en mi pecho, una mano sobre mi estómago, una pierna enredada con las mías. El pelo pelirrojo despeinado le cae por los hombros. Respira despacio, profundo, con los labios entreabiertos.

Y lleva puesta mi camisa. La que yo llevaba anoche.

No sé cómo ha acabado con ella puesta. No sé cómo he llegado aquí. Pero estoy en su cama. En la cama de Emery Davis. Con ella dormida encima de mí como si fuera lo más natural del mundo.

Estoy soñando.

Tengo que estar soñando.

He tenido este sueño antes. Cientos de veces. Miles. Emery en mi cama, en su cama, en cualquier sitio donde pueda tenerla cerca. He soñado con esto tantas veces que ya he perdido la cuenta.

Y si estoy soñando…

Si esto no es real…

Me permito volver a tocarla.

La aprieto más contra mí.

Hundo la nariz en su pelo e inhalo profundo. Vainilla y algo floral que no sé nombrar pero que se me graba en el cerebro como un dato crucial. Su piel está caliente contra la mía. Suave. Perfecta.

Mi cuerpo reacciona de inmediato.

Se me pone dura.

Y en lugar de apartarme, en lugar de contenerme como hago siempre, me permito sentirlo. Me permito frotarme ligeramente contra ella. Sentir su muslo presionado contra mi erección. Sentir cómo se mueve con cada respiración.

Joder.

Joder, joder, joder.

Es el mejor sueño que he tenido en mi vida.

Mi mano baja por su espalda. Despacio. Memorizando cada curva, cada centímetro de piel cubierto por mi camisa. Llego a su cintura. Más abajo. Hasta la curva de su cadera. Hasta…

Emery se mueve.

Un movimiento pequeño. Un suspiro suave. Su mano sobre mi estómago se tensa.

Y entonces dice, con la voz espesa de sueño:

—Jack.

Me quedo inmóvil.

Porque ese sonido…

Es real.

Esto es real.

Joder.

No estoy soñando.

El pánico me arrolla como un tren de mercancías.

Estoy en la cama de Emery. De verdad. No es un sueño. Estoy aquí, con una erección considerable, frotándome contra ella como un adolescente sin control.

Y entonces empiezan a llegarme los recuerdos.

La fiesta. El whisky. Uno, dos, tres vasos. El vestido rojo de Emery. Sus ojos mirándome desde el otro lado de la mesa. Cole diciendo algo. Yo pidiendo otra copa. La discoteca. Las luces. La música.

Emery acercándose a mí en la barra.

Y yo…

Oh, joder.

Le dije que la quería.

Borracho.

Como un puto cobarde borracho.

El estómago se me cierra de golpe. Las manos empiezan a sudarme. Necesito salir de aquí. Necesito…

—Jack —dice Emery otra vez.

Y esta vez abre los ojos.

Me mira.

Esos ojos verdes que me han perseguido durante dieciocho meses me miran de frente, a unos centímetros, con una claridad que me desarma por completo.

—Buenos días —dice.

—Buenos días.

Mi voz suena ronca. Rota.

Nos quedamos así, mirándonos, sin movernos.

Y entonces Emery dice:

—¿Te acuerdas de anoche?

Durante unos segundos me planteo la posibilidad de mentir. Pero luego la descarto. No quiero mentirle a Emery.

—Sí.

—¿Te acuerdas de lo que dijiste?

La garganta se me cierra.

—Emery…

—Porque yo sí me acuerdo. —Se incorpora ligeramente, apoyándose en un codo, sin apartar los ojos de mí—. Me dijiste que me querías. Me dijiste que llevas dieciocho meses enamorado de mí. Me dijiste que me dejaste ir porque pensabas que era lo mejor para mí.

Cada palabra es un puñetazo.

—Estaba borracho.

—Lo sé.

—No debería haber…

—¿Es verdad?

Me quedo callado.

Porque ¿qué se supone que debo decir? ¿Que sí? ¿Que cada palabra que salió de mi boca anoche era verdad? ¿Que llevo dieciocho meses enamorado de ella hasta el punto de la locura?

¿Que la quiero tanto que me duele respirar cuando no está cerca?

—Jack. —Emery me pone una mano en la mejilla—. Mírame.

La miro.

—¿Es verdad? —repite.

Y no puedo mentirle.

No puedo.

—Sí.

Emery cierra los ojos. Respira hondo. Y cuando los vuelve a abrir, están brillantes.

—Bien —dice—. Porque yo también te quiero.

El mundo se detiene.

Completamente.

No puedo haber oído bien. No es posible. Porque Emery no puede quererme. No a mí. No cuando es ella y yo soy…

—No —digo.

Emery parpadea.

—¿Qué?

—No me quieres.

—Jack.

—No puedes quererme. No tiene sentido. Tú eres brillante y cálida y viva.

Y yo soy… —Me paso una mano por la cara—.

Yo soy frío. No sé conectar. No sé querer.

Mi propia familia me lo dijo durante treinta y dos años.

Y tienen razón. Lo que toco, lo enfrío. Por eso te dejé ir.

Porque pensé que si me quedaba solo conseguiría hacerte daño.

—Jack, para.

—Es la verdad.

—No lo es. —Emery se incorpora del todo, se sienta con las piernas cruzadas frente a mí—. ¿Quieres saber la verdad? La verdad es que llevo enamorada de ti desde el día en que nos conocimos.

Me quedo sin palabras.

—Desde la entrevista —sigue—. Desde que me miraste por encima de esas malditas gafas y me preguntaste por qué quería trabajar ahí.

—Emery…

—Y he pasado nueve meses intentando huir.

Nueve meses con la Operación Despido. Pero no era por el dinero, Jack.

No era por el bufete con Clara. Era porque cada día a tu lado me enamoraba un poco más y me aterraba.

Me aterraba depender de alguien. Me aterraba quererte tanto.

Me aterraba pensar que, si me permitía quererte, perdería todo lo que he construido sola.

—Y lo harías —digo, y mi voz sale apenas como un susurro—. Mereces tu bufete. Tu nombre en una puerta. Todo lo que has trabajado para conseguir. Y yo no voy a ser el egoísta que te quite eso.

—¿Y si no quiero elegir? —Emery me coge la cara entre las manos—. ¿Y si quiero las dos cosas? ¿Y si quiero mi bufete y quererte a ti?

—No puedo darte lo que quieres.

—¿Por qué no?

—Porque… porque…

No tengo respuesta.

Porque durante dieciocho meses me he convencido de que esto era imposible. De que Emery y yo no podíamos funcionar. De que tenía que elegir entre su felicidad y mi egoísmo.

Pero ella está aquí.

Diciéndome que me quiere.

Diciéndome que me ha querido todo este tiempo.

Y yo…

—No sé querer —digo al fin, y mi voz se rompe—. No sé cómo se hace. Nadie me enseñó. Mi familia… ellos no… —Me callo. Respiro hondo—. Tendrías que enseñarme. Y no sé si puedo aprender. No sé si…

—Jack. —Emery me interrumpe con un beso.

Un beso suave. Dulce. Que me roba todo el aire de los pulmones.

Y cuando se aparta, tiene lágrimas cayéndole por las mejillas.

—No tienes que saber —dice—. Solo tienes que intentarlo. Conmigo. Vamos a intentarlo juntos.

—¿Y si lo arruino?

—Lo arruinarás. Y yo también. Y nos perdonaremos y lo intentaremos otra vez.

—¿Y si no soy suficiente?

—Eres más que suficiente. —Me besa otra vez—. Eres todo lo que yo quiero.

Y algo dentro de mí se rompe.

Completamente.

La agarro por la cintura y la atraigo hacia mí. La beso como llevo dieciocho meses queriendo besarla: sin contenerme, sin esconderme, sin fingir que no la necesito como necesito el aire.

Y ella me devuelve el beso con la misma intensidad.

Nos besamos hasta que no podemos respirar. Hasta que las lágrimas se mezclan entre nuestras bocas. Hasta que lo único que existe somos nosotros.

Cuando nos separamos, apoyo la frente contra la suya.

—Te quiero —digo, y esta vez mi voz sale firme—. Te quiero desde el primer día. Desde que entraste en esa sala de entrevistas y me dijiste que eras la mejor. Y lo eras. Lo eres. Eres la mejor persona que he conocido en mi vida.

Emery se ríe entre lágrimas.

—Eso ha sonado a informe legal.

—Es lo único que sé hacer.

—Pues me vale. —Me besa otra vez—. Me vale completamente.

—No te voy a dejar ir —digo contra sus labios—. Nunca más. Aunque tengas tu bufete. Aunque estés al otro lado del país. No te voy a dejar ir.

—Bien. Porque yo tampoco me voy a ir. —Emery me mira con esos ojos verdes brillantes—. Te quiero, Jack Anderson. Y vamos a conseguir que esto funcione. No sé cómo, pero lo haremos.

—Lo haremos —repito.

Y por primera vez en dieciocho meses, lo creo.

La beso otra vez. Despacio. Memorizando cada segundo.

Porque esto es real.

Emery es real.

Y es mía.

Por fin.