EPÍLOGO
EMERY
—Necesito hablar contigo.
Jack está de pie junto a la ventana de su despacho (nuestro despacho, me recuerdo, aunque todavía me cuesta pensar en Anderson & Brown como un sitio donde trabajo por elección y no por obligación contractual) con las manos en los bolsillos y esa expresión seria que podría significar cualquier cosa.
Desde «he revisado tus argumentos del caso Williams y tienen tres fallos» hasta «he pedido comida tailandesa para cenar».
Con Jack, nunca se sabe.
—¿Qué pasa? —pregunto mientras dejo el bolígrafo sobre el contrato que estaba revisando—. ¿He metido la pata en algo?
—No.
—¿Seguro? Porque tienes esa cara.
—¿Qué cara?
—La cara de «Emery, tenemos que hablar de tu interpretación de la cláusula 3.2».
Jack entrecierra los ojos pero hay un atisbo de sonrisa en la comisura de sus labios.
—No tengo esa cara.
—Sí la tienes.
—No la tengo.
—Jack…
—Ven aquí.
Tiene esa voz. La voz grave que hace que se me tense el estómago de golpe y que todas mis terminaciones nerviosas se pongan en alerta. La voz que significa que está a punto de besarme o de decirme algo importante.
O ambas cosas.
Me levanto. Rodeo el escritorio. Voy hasta donde está.
Y cuando llego a su lado, Jack me coge de la mano y me gira para que quede frente a él, con la espalda contra la ventana y Manhattan extendiéndose a nuestras espaldas como un recordatorio de todo lo que hemos construido.
Juntos.
Porque eso es lo que somos ahora. Un equipo. Después de meses de aprender a querernos, de discutir sobre cláusulas y sobre quién cocina (él, siempre él, porque yo soy un desastre en la cocina), de dormir enredados todas las noches y de despertarnos igual. De conocernos. De elegirnos cada día.
—¿Qué pasa? —pregunto otra vez, más suave esta vez.
Jack tarda un momento en contestar. Luego dice:
—Quiero hacerte una propuesta.
—¿Qué tipo de propuesta?
—Una propuesta profesional. —Hace una pausa—. Y otra que no lo es.
El corazón me da un vuelco.
—Te escucho.
Jack respira hondo. Como si estuviera preparándose para algo. Y entonces empieza a hablar con esa precisión que tiene para todo, incluso para esto.
—Sé que tu sueño siempre ha sido tener tu propio bufete. Montar algo con Clara. Tener tu nombre en una puerta. Y lo entiendo. Lo respeto. Si decides irte, si decides perseguir eso, haremos que funcione. A distancia, como sea. Te quiero y voy a apoyarte pase lo que pase.
Se me hace un nudo en la garganta.
—Jack...
—Pero. —Me aprieta la mano—. Eres la mejor abogada con la que he trabajado en mi vida. Mejor que yo. Mejor que Cole. Mejor que todos. Y quiero que te quedes. No como asistente. No como asociada. Como socia.
El mundo se detiene.
—¿Qué?
—Quiero que seas socia de Anderson & Brown. —Jack me mira de frente—. Quiero tu nombre en la puerta. Quiero que este bufete sea tuyo tanto como es mío. Quiero todo contigo.
Se me escapan las lágrimas antes de poder contenerlas.
Porque esto es todo lo que he querido desde que empecé en Derecho. Ser socia. Tener mi sitio.
Y Jack me lo está ofreciendo.
No porque sea su novia. No porque me quiera. Sino porque soy buena. Porque me lo he ganado. Porque lo merezco.
—¿Estás seguro? —consigo preguntar—. Porque Clara…
—Clara lo entenderá. Y si no me iré de aquí contigo y montaremos algo los tres.
—Jack me limpia las lágrimas con el pulgar—.
Cole también te quiere como socia. Llevamos semanas hablándolo.
Esto no es solo cosa mía, Emery. Los dos queremos que estés aquí.
Conmigo. Con nosotros. Construyendo esto juntos. ¿Quieres ser nuestra socia?
—Sí.
La respuesta me sale sin pensarla.
—¿Sí?
—Sí. Dios, sí. —Me río entre lágrimas—. Quiero ser vuestra socia. Quiero mi nombre en esa puerta. Quiero…
—¿Quieres todo? —Jack me interrumpe, y hay algo en su voz que hace que se me corte la respiración.
—Sí.
—Bien. —Se inclina hacia mí hasta que su boca está a un centímetro de la mía—. Porque yo también quiero todo. Y cuando se trata de ti, soy muy codicioso.
—¿Codicioso?
—Muchísimo. —Me besa. Suave. Dulce. Completamente diferente a cómo me besa cuando quiere llevarme a la cama—. Por eso tengo que preguntarte algo más.
—¿Qué?
Jack se aparta. Me mira en silencio. Y entonces dice, muy bajo:
—¿Te casarías conmigo?
El corazón se me detiene de golpe.
—¿Qué?
—He dicho que si te casarías conmigo. —Jack me sostiene la mirada sin parpadear—. Me has enseñado a querer. Me has enseñado que el mundo puede ser un lugar maravilloso. Y quiero pasar el resto de mi vida disfrutándolo contigo.
Me echo a reír.
No puedo evitarlo. Me río con lágrimas cayéndome por las mejillas porque esto es Jack. Mi Jack. Proponiéndome matrimonio como si estuviera cerrando un contrato.
—¿Te estás riendo? —pregunta, y por primera vez desde que lo conozco, parece inseguro.
—Sí. —Me limpio las lágrimas—. Porque pensaba que era broma.
—No es broma. —Jack frunce el ceño—. ¿Por qué iba a bromear con esto?
—Porque acabas de proponerme ser socia y ahora me propones matrimonio. Es mucho para una tarde.
—Lo sé. —Jack se pasa una mano por el pelo—. Esperaba que aceptaras al menos una de las dos cosas. Pero cuando se trata de ti soy muy codicioso. Ya te lo he dicho. Lo quiero todo.
Y entonces hace algo que no me espero.
Mete la mano en el bolsillo de la chaqueta.
Y saca una cajita de terciopelo negro.
Se me corta la respiración.
—Jack. Dios mío.
—Espera. —Se arrodilla—. Déjame hacer esto bien.
Jack Anderson, el hombre más orgulloso y controlado que he conocido en mi vida, se arrodilla delante de mí en medio de su despacho con una cajita en la mano y una expresión seria y vulnerable que hace que se me rompa el corazón.
Abre la cajita.
Y dentro hay un anillo.
No es ostentoso. No es excesivo. Es perfecto. Una piedra solitaria sobre un aro sencillo que atrapa la luz del sol que entra por la ventana y la devuelve en destellos que me ciegan.
—Emery Davis. —Su voz suena firme pero hay emoción debajo—. ¿Quieres casarte conmigo?
—Sí.
La palabra sale como un sollozo.
—¿De verdad?
—¡Sí! —Me agacho para quedar a su altura—. Te quiero. Y quiero todo contigo. Lo quiero absolutamente todo.
Jack saca el anillo de la cajita con manos que tiemblan, apenas, pero tiemblan, y me lo desliza por el dedo.
Me queda perfecto.
Por supuesto que me queda perfecto.
Y entonces me coge la cara entre las manos y me besa.
Me besa como si llevara esperando este momento toda su vida. Como si por fin pudiera respirar. Como si yo fuera su casa y por fin hubiera encontrado el camino de vuelta.
Y yo le devuelvo el beso con todo lo que tengo.
Con todo lo que soy.
Porque esto es lo que significa querer a alguien. No es elegir entre tu sueño y la persona. Es descubrir que puedes tener ambas cosas.
Cuando nos separamos, apoyo la frente contra la suya.
—¿Sabes qué? —digo entre lágrimas—. Creo que también soy muy codiciosa cuando se trata de ti.
Jack se ríe. Una risa baja, ronca, que me recorre entera.
—Bien. Porque no pienso compartirte con nadie.
—Maravilloso. Porque yo tampoco pienso compartirte.
Nos quedamos así, abrazados en medio del despacho, besándonos y riendo y llorando un poco. Como dos idiotas enamorados que por fin lo tienen todo.
—Espera. —Me aparto ligeramente para mirarlo—. ¿Cuándo has comprado el anillo?
—Hace dos semanas.
—¿Dos semanas? —Lo miro con los ojos entrecerrados—. ¿Y si hubiera dicho que no?
Jack me mira con esa seriedad absoluta que tiene.
—No ibas a decir que no.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque te conozco. —Me atrae hacia él—. Y porque cuando quieres algo, lo consigues. Y tú me quieres a mí.
No puedo discutir eso.
Porque tiene razón.
Lo quiero a él. Lo quiero todo con él. Y por primera vez en mi vida, no tengo miedo de admitirlo.
—Eres muy arrogante —digo.
—Soy preciso.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo.
Me río y lo beso otra vez.
Porque esto es lo que hacemos. Discutir sobre semántica mientras nos queremos con locura. Construir algo juntos que ninguno de los dos podría haber construido solo.
Y cuando salimos del despacho esa noche, con mi mano en la suya y el anillo en mi dedo, con Manhattan brillando a nuestro alrededor, lo único en lo que puedo pensar es en que he conseguido todo lo que quería.
Y más.
Mucho más.