CAPÍTULO 14
EMERY
—¿Estás segura de que va a ir?
Grace está sentada en mi cama, observándome mientras me cambio de vestido por tercera vez en los últimos veinte minutos.
—No lo sé.
—¿Le has preguntado?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque me despidió, Grace. —Me quito el vestido negro y lo tiro sobre la silla—. Me despidió en medio del aeropuerto sin ni siquiera… sin ni siquiera…
No termino la frase.
Porque ¿qué voy a decir? ¿Sin ni siquiera decirme que significaba algo? ¿Sin ni siquiera mirarme como si le importara?
Han pasado cuatro días.
Cuatro días desde que Jack me despidió y se fue sin mirar atrás.
Cuatro días en los que no me ha llamado. No me ha escrito. No me ha buscado.
Nada.
Y yo he pasado cada uno de esos días intentando no pensar en él. Intentando convencerme de que estoy bien. De que esto era lo que quería. De que por fin soy libre para ser socia del bufete con Clara y conseguir todo lo que llevo años persiguiendo.
Pero lo único en lo que puedo pensar es en Jack.
En cómo me miraba en Hawái.
En cómo me tocaba.
En cómo me hizo el amor la última noche como si quisiera memorizar cada centímetro de mi piel.
Y en cómo me despidió como si no hubiera significado nada.
—Em. —Grace se levanta y viene hacia mí—. Respira.
—Estoy respirando.
—No. Estás hiperventilando.
Tiene razón. El pecho me sube y baja demasiado rápido.
—No sé si puedo hacer esto —digo—. No sé si puedo verlo y fingir que estoy bien.
—¿Quién dice que tienes que fingir?
—Yo. Mi orgullo. Mi dignidad.
—Tu orgullo y tu dignidad pueden irse a la mierda. —Grace me coge por los hombros—. Escúchame. Vas a ir a esa fiesta de despedida. Vas a estar preciosa. Y si Jack aparece, le vas a demostrar exactamente lo que se está perdiendo.
—Grace…
—Y si no aparece, te emborrachas y mañana nos olvidamos de que los hombres existen. ¿Trato?
No puedo evitar sonreír.
—Trato.
Grace me suelta y señala el armario.
—Ahora ponte el vestido rojo. Ese que hace que parezcas una diosa vengadora.
—¿Una diosa vengadora?
—Sí. De las que hacen que los hombres se arrepientan de todas las decisiones de su vida.
Me río. Me pongo el vestido rojo.
Y cuando me miro en el espejo, tengo que admitir que Grace tiene razón.
Parezco una diosa vengadora.
Solo espero que Jack aparezca para verlo.
La fiesta es en un restaurante italiano en el centro de Manhattan.
Uno de esos sitios elegantes con manteles blancos y velas en cada mesa y camareros que parecen salidos de una película. Cole lo ha organizado todo («tu despedida tiene que ser épica», me dijo cuando me llamó para confirmar), y cuando llego la sala privada ya está llena de gente.
Compañeros del bufete. Algunos clientes. Gente que he conocido durante estos dieciocho meses y que ahora me despiden con palmaditas en la espalda y deseos de buena suerte.
Pero Jack no está.
Miro la puerta cada treinta segundos. No puedo evitarlo.
Y cada vez que se abre y no es él, algo en mi pecho se encoge un poco más.
—Está de camino —dice Cole a mi lado.
Me giro hacia él.
—¿Qué?
—Jack. Me ha escrito hace diez minutos. Viene desde una reunión. Llegará tarde pero llegará.
No sé qué decir. El corazón se me acelera de golpe y tengo que obligarme a respirar con normalidad.
—No te preocupes por mí —consigo articular—. No necesito que venga.
Cole me mira con una expresión que dice claramente que no se cree ni una palabra.
—Claro que no.
Jack llega cuarenta minutos después.
Estoy en medio de una conversación con una chica de RRHH cuando la puerta se abre y él entra.
Y el resto de la sala desaparece.
Lleva traje. Por supuesto que lleva traje. Gris oscuro, camisa blanca, corbata negra. Tiene el pelo perfectamente peinado. La mandíbula tensa. Y cuando sus ojos recorren la sala y se detienen en mí, algo en mi pecho explota.
Y en ese mismo momento comprendo que estoy jodida.
Jack me sostiene la mirada un instante. Luego aparta la vista y se dirige hacia Cole.
Y yo me quedo clavada en el sitio, con el corazón latiéndome tan fuerte que me duele.
La cena es una tortura.
Jack está sentado tres sillas más allá, al otro lado de la mesa. Lo bastante cerca como para verlo. Lo bastante lejos como para no poder hablar con él.
Y apenas me mira.
Habla con Cole. Con otros compañeros. Con todo el mundo menos conmigo.
Y cada vez que nuestras miradas se cruzan por accidente, aparta la vista tan rápido que casi parece que le duele mirarme.
Maravilloso.
Esto es exactamente lo que necesitaba.
Empiezo a contar los minutos para que termine la cena y poder irme. Para poder volver a casa y derrumbarme en privado. Para poder llorar sin que nadie me vea.
Pero cuando terminamos los postres y la gente empieza a levantarse, Cole anuncia:
—¡Siguiente parada: copas! Hay una discoteca a dos manzanas. El que quiera venir, está invitado.
Y para mi sorpresa absoluta, Jack se levanta.
—Voy.
Me quedo mirándolo con la boca abierta.
Jack Anderson no va a discotecas. Jack Anderson se va a casa a las diez de la noche y se acuesta con una carpeta llena de contratos. Jack Anderson no se va de copas. Jack Anderson no…
Pero está aquí.
De pie.
Mirándome por primera vez en toda la noche con una expresión que no sé leer.
—¿Vienes? —pregunta Cole.
—Sí —digo antes de poder pensarlo—. Voy.
La discoteca es uno de esos sitios modernos con luces de neón y música tan alta que te vibra en el pecho. Cole consigue una mesa en la zona VIP, por supuesto que la consigue, y todos nos acomodamos con bebidas que cuestan un riñón.
Jack se sienta al otro lado de la mesa.
Y pide un whisky.
Y luego otro.
Y luego otro.
Y cada vez que le lanzo una mirada, lo encuentro mirándome.
No con indiferencia. No con frialdad.
Con algo que parece… dolor.
—¿Está bien? —le pregunto a Cole en voz baja.
—¿Jack? —Cole mira hacia donde está su socio—. No tengo ni idea. Lleva toda la semana insoportable. Más que de costumbre.
—¿Más que de costumbre?
—Sí. Como si le hubieran dado una patada en el alma.
Se me encoge el pecho.
—Sea lo que sea lo que pasó en Hawái —dice Cole sin apartar la vista—, lo ha destrozado. Nunca lo había visto así.
No sé qué contestar a eso.
No entiendo nada.
Porque ¿cómo le explico que Jack me despidió antes de tiempo como si quisiera deshacerse de mí? ¿Cómo le explico que pasamos el mejor fin de semana de mi vida y luego él actuó como si hubiera sido solo un trato?
Me levanto. Voy a la barra. Pido otro cóctel.
Y cuando me giro, Jack está ahí.
De pie. A escasos centímetros. Con un vaso de whisky en la mano y los ojos más oscuros de lo que los he visto nunca.
—Emery.
—Jack.
Nos miramos. La música retumba a nuestro alrededor pero lo único que oigo es el corazón latiéndome en los oídos.
—Estás… —Jack se calla. Bebe un sorbo—. Estás preciosa.
El corazón me da un vuelco.
—Gracias.
—El vestido es… es…
—¿Rojo?
—Peligroso.
Se me corta la respiración.
—Jack.
—¿Estás bien? —pregunta, y su voz suena más ronca de lo normal—. ¿Con todo? ¿Con el bufete nuevo?
—Sí. Todo bien.
No le digo que no he tenido el valor de llamar a Clara.
—Bien.
—Bien.
Silencio.
Jack bebe otro sorbo. Luego dice:
—Clara es buena abogada, la he investigado. Vas a ser feliz trabajando con ella.
—Eso espero.
—Lo serás. Eres… —Se calla. Aprieta el vaso con tanta fuerza que casi parece que va a romperlo—. Eres la mejor, Emery. La mejor abogada que he conocido. Mejor que yo. Mejor que Cole. Mejor que todos.
—Jack…
—Y vas a ser increíble. En tu propio bufete. Todo lo que querías.
Las palabras me duelen de una forma que no me esperaba.
Porque sí. Es lo que quería.
Pero ya no es lo único que quiero.
—Jack, ¿por qué has venido? —pregunto al fin.
—Porque… —Bebe otro sorbo. El vaso ya está vacío. Sus palabras suenan atropelladas. Ha bebido más de la cuenta—. Porque necesitaba verte. Una vez más. Antes de que te vayas del todo.
—No me voy a ningún sitio. Sigo viviendo en Queens.
—Ya sabes a qué me refiero.
Y lo sé.
Me refiero a que ya no voy a entrar cada mañana en su despacho. A que ya no voy a discutir con él sobre cláusulas. A que ya no voy a verlo todos los días.
A que esto es el final.
Jack deja el vaso en la barra. Se pasa una mano por el pelo.
—Lo siento —dice al fin.
—¿El qué?
—Por cómo terminó todo. En el aeropuerto.
Yo no sabía cómo… —Se calla. Respira hondo—.
Quería que fueras feliz. Eso es lo único que quería.
Y pensé que si te dejaba ir, si te despedía en ese momento, podrías…
podrías conseguir lo que querías sin… sin que yo me interpusiera —termina arrastrando las palabras.
Se me llenan los ojos de lágrimas de golpe.
—Jack…
—Porque te mereces ser feliz, Emery. Mereces tener tu bufete y tu nombre en la puerta y todo lo que has trabajado para conseguir.
Y yo no sé cómo… —Aprieta la mandíbula—.
No sé querer. No sé cómo se hace. Y pensé que si intentaba retenerte, solo conseguiría hacerte daño.
Porque eso es lo que hago. Lo que toco, lo enfrío. Siempre ha sido así.
—Eso no es verdad.
—Sí lo es. —Me mira con esos ojos grises que están rojos—.
Mi familia me lo dijo toda la vida. Que soy frío.
Que no sé conectar. Que no sé querer. Y tenían razón.
Porque te miré en Hawái y supe que te quería, y en lugar de decírtelo te despedí.
Porque soy un cobarde. Porque pensé que era mejor dejarte ir que arriesgarme a que me conocieras de verdad y te dieras cuenta de que no hay nada. De que estoy… vacío.
Se me escapa un sollozo.
—Jack, para.
—Es la verdad.
—No lo es. —Me acerco a él. Le pongo las manos en el pecho—. Jack, mírame.
No me mira.
—Jack. Por favor.
Baja la vista. Y hay tanto dolor en su expresión que me parte el pecho.
—No estás vacío —digo—. No eres frío. Eres la persona más generosa que conozco. Y lo que pasó en Hawái fue maravilloso. Para mí significó todo.
Jack se queda callado un momento. Luego dice, muy bajo:
—¿Por qué?
—¿Cómo que por qué?
—Yo solo te toqué. Te follé. No sé hacer más.
—Jack…
—Y tú mereces más. Mereces a alguien que sepa decirte lo que siente. Que sepa cuidarte. Que sepa…
—Para. —Le pongo un dedo en los labios—. Respira.
Respira. Tembloroso. Roto.
Y entonces dice:
—Te quiero. Llevo dieciocho meses enamorado de ti y no sé cómo decírtelo sin que suene a informe legal. Pero te quiero. Y por eso te dejé ir. Porque pensé que era lo correcto. Porque pensé que tú no… que tú no podías quererme. No así. No a mí.
Se me rompe el corazón.
Completamente.
Porque Jack Anderson, el hombre más brillante, más fuerte, más increíble que he conocido, acaba de confesarme que me quiere mientras piensa que no es suficiente.
Y no puedo soportarlo.
—Nos vamos —digo.
—¿Qué?
—Nos vamos. Ahora. —Lo cojo de la mano—. Vienes conmigo.
—Emery.
—Vas a venir conmigo a casa y vas a dormir la mona. Y mañana, cuando estés sobrio, vamos a hablar de esto. De todo. ¿Entendido?
Jack me mira durante un segundo. Luego asiente.
—Entendido.
El trayecto en taxi es silencioso.
Jack apoya la cabeza contra la ventanilla. Yo le sostengo la mano. Y cuando llegamos a mi piso en Queens, lo guío escaleras arriba con cuidado de que no se caiga.
Grace está dormida. Gracias a Dios.
Meto a Jack en mi habitación. Lo siento en el borde de la cama. Le quito la chaqueta. La corbata. Los zapatos.
—Túmbate —digo.
—Emery…
—Túmbate, Jack.
Se tumba. Cierra los ojos con fuerza, como si le doliera.
Le tapo con la manta. Me quedo mirándolo, sintiendo cómo el corazón se me parte en dos.
—Te quiero —dice otra vez, con los ojos cerrados—. Por si no te ha quedado claro. Te quiero desde el primer día. Desde que entraste en esa sala de entrevistas y me dijiste que eras la mejor. Y lo eras. Lo eres.
Se me escapan las lágrimas.
—Duerme —susurro—. Mañana hablamos.
Jack asiente. Y en menos de un minuto, está dormido.
Y yo me quedo ahí, sentada en el borde de la cama, llorando en silencio.
Porque Jack me quiere.
Y yo lo quiero a él.
Y hemos pasado una semana entera sufriendo porque ninguno de los dos ha sido capaz de decirlo.
Pero mañana todo va a cambiar.
Mañana vamos a arreglarlo.
Mañana.